La maldición de la casa grande. Juan Ramón Lucas.
Espasa. 472 págs. 19,90.

Si Dante hubiera conocido la mina su representación del infierno sería otra.

Es difícil describir el mundo de la mina, su paisaje, el subsuelo indiferente a todo lo que sucede en el exterior.

Quizá por eso hay tan pocas expresiones literarias al respecto y estimo que no debe de ser por falta de atractivos: ¿a quién no le atrae reescribir el infierno?

Por casualidad, el laureado periodista madrileño, Juan Ramón de Lucas, se dio cuenta de ese vacío y decidió enfrentarse a un reto –convertir la purulenta realidad en literatura- del que se suele salir trasquilado. Lucas sale airoso del empeño.

La leyenda surge por un nombre. La circunstancia el cante de minas; flamenco, al que el autor es un gran aficionado. El motivo, una vez más, la leyenda, ese duende que cabalga a lomos de la memoria, la historia y la imaginación. Un personaje que no necesita nombre de guerra. Su apodo es más que elocuente: el Tío Lobo y su aquél ser el dueño de la sierra minera de Cartagena a finales del siglo XIX. Casi nada.

Casi todas las minas de la comarca de La Unión le pertenecían y sobre ellas y sus menesterosos trabajadores reposaba su razón de ser y ejercía todas sus dotes de crueldad, simplemente, porque ese era su destino y el de sus súbditos, sobre los que ejercía los derechos más arcaicos que se pueda imaginar a estas alturas de los siglos.

La época, el cambio de siglo, la gran guerra en el horizonte, el 98, la incertidumbre generacional, la represión, el miedo, el cólera, la miseria, el sueño socialista, envuelven la historia de realidad incuestionable; pero dan lugar a la leyenda, sobre todo si se escribe desde la distancia que proporciona la investigación y se requiere de la inventiva, como ha hecho, con buen criterio, el periodista.

Éste tira del hilo de la historia y bordeando el pozo de la mina se instala en la Casa Grande, residencia del hacendado, Miguel Zapata, y desde donde este maneja los hilos de su imperio minero que también planta sus huellas en la política del momento. El poder de El Lobo –sobrenombre impuesto después de una refriega con lobos- se extiende desde la casa grande hasta la sierra donde no deja de buscar nuevos yacimientos, hasta el mar a donde los arrieros bajan el material, plata y plomo, para que los barcos, algunos, propiedad del propio lobo, lo distribuyan en el extranjero.

Juan Ramón Lucas evita quedarse en el infierno de la mina, aunque cuando se interna en ella da fidedigna cuenta de que existe y de que su oscuridad es casi bíblica; de haber permanecido allí, la novela sería mucho más cruenta, a tenor de los muchos cadáveres que se desangran en su interior.

La sangre y los desafueros están también en el exterior; en las cantinas, en los caminos y en las alcobas. Cuesta respirar el polvo de azufre, el olor que envuelve el paisaje, la persistente niebla que impide ver la ácida realidad en la que viven los habitantes de La Unión. Un paisaje agónico, que Lucas describe con gran plasticidad y altura literaria. En muchos momentos da la impresión de que el autor vivió en aquel lugar y en aquella época.

La crueldad es la tónica; aunque, como no podía ser de otra forma, también hay motivo para la esperanza y el amor. Difícil en una sociedad viciada, presidida por un hombre sin escrúpulos; pero luchada hasta la extenuación por algunos personajes, casi todos mujeres, que, a pesar de su sometimiento al capricho de los demás, sobre todo del gran jefe, ya sean de la baja o la alta sociedad, cobran un perfil definitivo en el desarrollo de la trama. Si no fuera por el poderío del personaje central, el tío Lobo, sería, como ha deslizado el autor, una historia de mujeres. No obstante, ahí queda la problemática femenina en una época en la que la miseria las equiparaba a los seres más bajos de la comunidad, si bien con mayor invisibilidad y más arrestos.

Los aciertos de esta novela, empezando por su escritura, se cuentan por decenas: la elección del momento, tras la revolución industrial, el trabajo de los niños en la mina, la orfandad, el infierno que se extiende dentro y fuera de la mina o la crueldad como alimento cotidiano…

La maldición, urdida por brujas insatisfechas, es la muerte, pero sobre todo el maleficio de sobrevivir a ella. Lobo murió cuando estalló la Primera Guerra Mundial y un nuevo mundo estaba a punto de surgir. Quizá pensó en el último momento que ya había cumplido con lo suyo y que no tenía cabida en ese nuevo mundo.

Olvidado muy pronto por la historia, quizá ahora pueda tener un hueco en la leyenda negra de la minería de su tiempo.

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