Hace ya la friolera de ochenta años, mentira parece, se suicidó en Portbou Walter Benjamín, uno de los grandes pensadores del siglo XX.

Como la de Simone Weil, fallecida poco después y otro de los grandes «espíritus de nuestro tiempo», en expresión de Albert Camus, autor no menos decisivo, su inclasificable escritura me atrae sobremanera, me entusiasma en cuanto vuelvo a ella, pero también, a veces, cuando me interno en exceso en su detallismo puntilloso o en sus hondones repentinos, me empieza a desazonar, me impacienta, hasta que noto exasperación y cierto atragantamiento.  

En cualquier caso, hay que pasar por la obra de este flȃneur del mundo contemporáneo, vagabundo temático por sus recovecos gracias al fragmentarismo («las obras acabadas tienen para los grandes menos peso que aquellos fragmentos por cuyo hilo el trabajo discurre durante toda su vida»), al cultivo continuado de la digresión, de la disertación súbita o de la parábola, de ascendencia judía. La mirada miope de Benjamin —en Calle de sentido único, libro de 1928 que comentamos, lo analiza en Stéphane Mallarmé, además de al socaire de la irrupción estética del cine y la publicidad— percibió tal vez como nadie, la grieta de la modernidad en su apogeo de principios del siglo pasado, de ahí que nos transmita sin paliativos, a bocajarro, la grandeza y la miseria de nuestra época, de la vida urbana triunfante, diseccionada con clarividencia.

Calle de sentido único. Walter Benjamin. Períférica. Precio: 11 €.
Calle de sentido único. Walter Benjamin.
Períférica. Precio: 11 €.

Benjamin es capaz de trascender, con apreciaciones muy agudas, cualquier nimiedad, de sublimar, por caso, los momentos previos al desayuno en los que aún persiste en nosotros el sabor de lo onírico, a guardar en la vigilia como «esfera mágica» en vez de aburrir al prójimo dando cuenta de los sueños recordados, como ocurre en el segundo texto. O, pongamos el primero, la gasolinera con la que inicia su paseo temático de esta manera: «La construcción de la vida está en este momento mucho más dominada por el poder de los hechos que de las convicciones», aspecto, como casi todos, que no ha hecho sino empeorar un siglo después.

Esta incursión inicial constituye una poética en toda regla, guarda una estrecha relación con lo expuesto hasta aquí. Nos encontramos ante una reflexión vertiginosa sobre el sentido y efectividad de la labor literaria y el influjo de la opinión en la sociedad. Podríamos comentar cualquiera a tal efecto. Sólo por su semblanza en apenas dos páginas de Karl Kraus, otro que tal, bajo el título «Monumento al combatiente», acaso bastase con su inmejorable arranque: «Nada más desolador que sus adeptos, nada más desamparado que sus adversarios», merece echarse con calma un vistazo a esta galería comercial benjaminiana, repleta de atractivos e inauditos escaparates.

Benjamin es también, claro, de los avisadores de la que se avecinaba («la chusma está poseída por un odio frenético a la vida espiritual»), aunque pese a su intuición anticipatoria el nazismo acabaría por llevárselo por delante. En el libro se desglosan el aire cargado con malos presagios, los signos del desplome y las derivas sociales durante la república de Weimar en trance de descomposición, «penuria y codicia»: terrible decadencia intelectual, confluencia del interés privado y el instinto de la masa, preeminencia absoluta del dinero, ausencia de diálogo, prensa convertida en gallinero opinante…, que resume así: «Todas las cosas pierden la expresión de su esencia y lo ambiguo ocupa el lugar de lo auténtico». ¿A que les suena en presente?

Pero cualquier fleco de su pensamiento, cuanto nos entrega este catalogador y coleccionista como bisutería fina, es un prodigio, con batidas metafísicas como relámpagos iluminadores. Nada le es ajeno: de las variedades del amor a las de las antigüedades, de la técnica del crítico a la del escritor en trece tesis a modo de consejos, del curioso retrato del prototipo conservador al del anarcosocialista, de las casetas de tiro de las ferias a los sellos de las cartas, de la novela policiaca a partir de Poe a los interiores burgueses, de las chinerías al hombre nórdico, de los libros, en fin, a las fulanas. Y todo ello pautado por aforismos. Espigo algunos al azar: «¡Qué fácil es querer a quien se despide!», «el genio es celo», «la mirada es el poso del ser humano», «ser feliz significa poder tomar conciencia de uno mismo sin llevarse un susto», «es en la improvisación donde radica la fuerza», «convencer es estéril».

Como decíamos al comienzo de esta recensión, es mejor no atracarse con los escritos de Benjamin ni internarse de golpe hasta quedarse sin aliento en sus obras completas, cuya traducción, tarea hercúlea, ha emprendido en español Abada, sino hacerlo en pequeñas dosis. Creo que es un acierto, en este sentido, la iniciativa de Periférica, pues en la misma colección, Menor sólo como marchamo, inaugurada hace poco con la pequeña gran obra maestra de Friedrich Dürrenmatt La avería, ha recuperado, igualmente en traducción de Richard Gross, Infancia berlinesa hacia mil novecientos —en Calle de sentido único se incluyen algunas escenas de la niñez—, otra joya de un autor que conviene frecuentar para que no nos pase desapercibido lo más significativo del tiempo en el que nos ha tocado vivir.

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