Adela es gris y tranquila como la superficie de un lago, y como al agua, es difícil calcular su edad y profundidad.

La gente se mueve a su alrededor mientras ella permanece inalterable.

Su presencia pasa desapercibida de tan escueta y cotidiana, pero todos se adentran en sus aguas cuando la necesitan, y hoy es uno de esos días que todos recurren a la portera para satisfacer su curiosidad. Pero Adela, sobre todo, sabe callar. 

Pocos vecinos saben su nombre, ni desde cuándo anida en esa jaula acristalada. Su llegada fue circunstancial, como esas hojas que arrastra el viento por la acera y de repente aparecen en otro lugar. Limpia el edificio de la calle La Luz Nº 6 desde hace muchos años, pero casi nadie repara en quien friega los suelos, abrillanta buzones y barandillas, barre sus colillas y borra los labios de carmín del espejo del ascensor. De la portería se ocupaba Esteban, su esposo,  pero el día que un infarto le pilló desprevenido el presidente de la comunidad desbordado, y con pocas ganas de hacer gestiones, le ofreció ocupar su puesto. La mujer no respondió, estaba acostumbrada a frenar las palabras, de hecho algunas llevaban ocultas desde décadas. Entró en el cuartucho, ahuecó el cojín multicolor que ella misma había tejido, se sentó en su silla, y encendió el transistor sin mover el dial que emitía fútbol a todas horas, a ella ni le gustaba ni lo entendía, pero lo escuchaba por fidelidad al oído fallecido, o tal vez para darse el gusto de escuchar lo que él ya no podía oír. Bajo la silla dormitaban unas alpargatas de cuadros del número 42, Adela se descalzó, colocó en una esquina los zapatos con señales de juanetes apuntando a este y oeste y hundió sus diminutos pies del 36 en las huellas de Esteban, en su inmenso recuerdo, y decidió quedarse dentro de las sabias chancletas que conocían los pasos y rutinas de la portería y los secretos de su matrimonio. Ahora obedecerían sus pasos. 

Modificó su horario, hurtó dos horas al sueño para hacer la limpieza antes de ejercer de sombra tras el cristal, ocupando la silla, cojín, calzado y funciones del marido que ojalá nunca descanse en paz. No supo si los vecinos percibieron el cambio, lo cierto es que sólo el señor Lucas, del segundo B presentó sus condolencias. 

El señor Lucas vivía lento, tal vez porque veía cercana la meta y no tenía prisa por llegar. Sus camisas y su memoria se habían debilitado con los años y tenían agujeros, pero recordaba a Esteban, y Adela disfrutaba escuchando los comentarios sobre su marido, no por lo que dijera del difunto sino porque hablaba de él en pasado. El anciano se detenía ante la portería en sus entradas y salidas, golpeaba el cristal con el bastón, ofreciendo una sonrisa y un caramelo mentolado a la portera, ella le preguntaba por su salud y se regalaban un poco de conversación. En los últimos meses, el hombre salía del ascensor precedido por un andador y seguido por los tacones y caderas, todo ello excesivo, de una mujer de piel y acento lejanos. La mulata no saludaba, ni se detenía y le apremiaba para que avanzara como si arrease al ganado, el señor Lucas dirigía una mirada hambrienta de afecto hacia Adela, antes de encaminar su andador rumbo al parque. Hasta que una mañana la portera echó en falta los pasos vacilantes y las nutritivas palabras del anciano. Seguramente estará ingresado, pensó. No volvió a verle, ni a él ni a la mulata. Nadie puso esquela en el tablón de anuncios por lo que le imaginaba en una residencia, rodeado de vidas terminales, aunque la intuición le situaba en una caja de madera tapizada en satén blanco, como la de su Esteban. Un escalofrío recorrió la portería. Aquella noche el sueño no visitó su cama, quizá no cabía, porque el desánimo ocupaba todo el dormitorio, el pecho y la vida de la mujer. Y volvió a ver al fantasma que tantas noches había ahuyentado el sueño, con sábana roja unos días, morada otros…

Cuando amanece, el día la encuentra fregando suelos y penas, después coloca bata y pelo gris, acomoda su espalda dolorida y los juanetes en la portería, antes de mimetizarse con el mobiliario del portal, como un aplique, un macetero o una nota en el tablón de anuncios que nadie lee. Desde ese puesto observa y analiza a los vecinos, les conoce a la perfección observando sus pasos, si en algo es doctora es en vivir sin ser vista. Responder sin palabras. Pasar desapercibida. Lo ha practicado desde… desde el día siguiente de su boda, cuando sufrió la primera caída involuntaria. No le interesan los nombres de los vecinos, porque para ella son un piso, una letra y un calzado que delata su manera de pisar el día, de bailar la noche, de taconear la vida. Una vez sentada en el cubículo acristalado, los ascensores quedan elevados a la altura de sus ojos, siete escalones por un lado y una rampa de acceso para discapacitados por el otro. El campo de visión es el rodapié, el talón de quien espera para subir y la puntera de los pies que bajan. A medida que descienden los siete escalones les van creciendo rodillas, muslos, tronco y nuca. No ve sus caras porque cuando las cabezas entran en su campo de visión ya están de espaldas, girados hacia la calle, Adela observa, y por sus zapatos sabe su estado de ánimo, si van al trabajo o de fiesta, sus prisas y sus calmas

Las primeras horas de la mañana son de gran trasiego, el ascensor sube y baja sin cesar, vomitando y engullendo gente. La enfermera del segundo A anuncia el día al son de zuecos blancos, lentos y somnolientos que llegan de la calle, regresan a casa tras una noche de trabajo. Cuando salieron la tarde anterior acompañaban a un vestido floreado que a la vuelta se esconde bajo la bata blanca que pide a gritos agua, plancha y descanso. El eco de los zuecos lo amortiguan los zapatos del primero B, en dirección contraria, ejecutivos brillantes, acompañados por un maletín e impecable raya en el pantalón. Les siguen las botas del mecánico del tercero C asomando bajo el mono de trabajo que los lunes es azul esposa y llegado el viernes ronda el negro, negro aceitoso, negro cansancio. Bajan remolonas las babuchas de andar por casa adosadas a un perrito caniche, a veces cuesta distinguir donde empieza el perro y acaba la zapatilla, ambos vuelven a dormitar tras el paseo. Sobre las nueve el bullicio se apodera del portal. Prisas, sueño, cómodo calzado materno rodeado de inquietos zapatos infantiles, a veces desabrochados y no siempre en el pie correcto, suelas, mochilas y pereza rumbo al colegio. Los viernes playeras y chándal de gimnasia, los domingos zapatitos nuevos y puntillas. 

Sobre las 10 aparece el enigmático vecino del segundo B. Edad, intermitente. Ni casado, ni soltero. Posiblemente en paro o tal vez prejubilado. Luce una marca en el anular y le envuelve una mezcla de misterio y tristeza. Transmite desamparo, aunque intenta encubrirlo con moderna ropa deportiva y fingida euforia, pero sus vistosas playeras no consiguen ocultar la inseguridad y desorientación de sus pasos. De su vida. Se refugia en el gimnasio donde consume horas y esteroides en busca de músculo y compañía, hasta que un buen día aparece con paso rejuvenecido, ligero, acompañado por un par de zapatos masculinos con cordones que se sueltan enseguida, porque sus relaciones son efímeras, no las abrocha bien. Cuando los cordones se rompen del todo, se le afloja el cuerpo y le crecen años y bolsas bajo los ojos. Su pisada se vuelve lenta, agotada, como si arrastrara el peso de una enorme arruga, entonces se recluye en casa tres días. El cuarto día reaparecen las playeras con los colores suavizados por haber sufrido un lavado a muchos grados y la suela muestra una raja nueva a medio cicatrizar. Baja los siete peldaños y como un pavo real en decadencia, camina desganado en busca de otro número 44 con traje hecho a medida. Adela le observa compasiva y aunque le cueste admitirlo, le enternece ver renacer de sus cenizas al hombre del segundo B. Una y otra vez. Al mediodía, mientras come un bocadillo y dos piezas de fruta, contempla cómo el ascensor traslada a la misma gente caminando en sentido contrario rumbo al plato, a la confidencia y al beso. Todo eso imagina Adela que ocurriría en las casas, porque ella nunca lo vivió. Un locutor gritando el último fichaje de cualquier equipo, enmascara el suspiro

Sobre las siete tiene lugar la bipolar aparición de la mujer del cuarto B. Adela espera intrigada a la dama y sus zapatos, interminables en altura, cantidad y colorido siempre a juego con el vestido y el estado de sus nervios. Punteras agresivas y tacones de aguja dirección a la noche, a la caza, deseosa de clavar un hombre en su cama y en su vida. Casi siempre lo consigue. Su indumentaria varía en función del satélite de turno, pero con un denominador común: prohibida la discreción. Sus presas van desde jóvenes mocasines de ante, náuticos, zapatos clásicos de cordones, botines… todos acompañan orgullosos a las hermosas y bronceadas piernas que a medida que bajan los  siete escalones muestran el resto de mujer en toda la extensión de la palabra. Su modo de caminar desde el ascensor hasta la calle, frenar con mesura y elegancia hasta que el acompañante de turno abra la puerta y ceda el paso con gesto y sonrisa seductora. La diosa, con un leve movimiento de cabeza voltea la melena en el aire cegando al pretendiente, al tiempo que sale con el mismo glamur que pisaría una alfombra roja. Adela observa entre fascinada y horrorizada estas escenas. 

En cambio, cuando los pies de la dama caminan solitarios todo cambia. El portal por un momento es un carrusel de sensaciones, gritos dirigidos a un móvil posiblemente sin oyente, perfume intenso, mezcla de jazmín, incienso y desesperación. Punzantes tacones metálicos maltratan el terrazo y los oídos, exagerados gestos malabares rebuscan algo en un bolso sin fondo del que por fin extrae unas llaves. Abre el buzón, recoge la publicidad y la tira al suelo haciendo aspavientos como si le quemara en las manos, y todo ello lo consigue a pesar de las interminables uñas de porcelana y sin soltar el dichoso móvil. Adela se pregunta por qué se empeña esa mujer en ponerse obstáculos en los pies, en los dedos y en la vida, y de nuevo siente una compasión que la incómoda, como de madre.

El mejor momento llega con la rendición del día, cuando la gente regresa en busca del descanso, de la sopa humeante, del amante, del roce de sábanas recién mudadas. Punteras infantiles manchadas de patio y balón, trenzas deshechas, pies adultos sedientos de baño y bocas hambrientas de cena y beso, dedos tiznados de harina, tinta, mercromina o carburante. Adela contempla la tierna fatiga que desprenden los talones agrietados de las madres esperando al ascensor, sujetando el peso de un niño adormilado recién recogido en casa de la abuela, o en la guardería. Otra punzada. Otro vacío. Otra noche poblada de ausencias. 

Durante sus años de portera solo dos personas han provocado su curiosidad, aprendió sus nombres y buscó sus ojos en un intento de descifrar qué escondían: El señor Lucas del segundo B, y Lucía. Se encariñó con la chica desde el primer momento, incluso despertó en Adela un dolor amortiguado al imaginar a la hija que casi tuvo, pero nunca estrenó los patucos tejidos en noches insomnes. Lucía entró en su vida y en su portal colgada de los brazos de un hombre, de eso hacía seis años. Era septiembre. Temprano, aún no había llegado la enfermera del segundo A que estrenaba la puerta cada mañana. Adela fregaba el suelo del portal cuando voces alegres rompieron el silencio y el sueño que habita el edificio a esas horas. Al levantar la vista vio un revoltijo de tules, risas y volantes blancos, sobados de haber recorrido suelos de iglesia y haber bailando valses. Intuyó al joven del que solo veía los zapatos relucientes y media pernera del esmoquin negro, porque el resto de su cuerpo lo tapaba la chica que llevaba en brazos. Ella, intentaba abrir la puerta con la mano derecha, con el brazo izquierdo se aferraba al cuello del hombre, de la mano izquierda colgaban unos zapatos blancos cuyos tacones rozaban la oreja del chico. Se besaban. Reían. Volvía a intentar abrir la puerta con la mano libre. El velo caía en cascada por su espalda. Parecían las figuritas de una tarta de tres pisos a punto de desmoronarse. La portera reconoció la típica imagen de película en la que el marido atraviesa la puerta de la nueva casa con su mujer en brazos. 

Soltó la fregona, se acercó y les abrió la puerta. Los pies descalzos de la novia rodeados de volantes quedaron frente a su cara. Número 37 calculó Adela. Pedicura perfecta. Uñas rojas. Rojo pasión. Pasión de matrimonio intacto, risas frescas y un futuro sin estrenar, como el día. Una vez dentro del portal la novia se puso en pie de un brinco, estiró tules y ajustó el corpiño a su minúscula cintura. Descalza sobre el suelo recién fregado respiró aliviada al sentir el frío del terrazo en las plantas doloridas. Mientras su marido subía los siete escalones arrastrando los incómodos y relucientes zapatos de boda, la muchacha se giró hacia Adela y le regaló una sonrisa que aún permanece intacta, pinchada en el alma de la portera. Al día siguiente la chica bajó a poner una pegatina con sus nombres en el buzón: Lucía y Jaime. Tercero A. Iba  enfundada en unos vaqueros rotos que marcaban las caderas recién casadas. Se acercó a la portera y se presentó al tiempo que le entregaba un puro y un joyero de cristal con dos alianzas pintadas. Adela se lo agradeció con mirada mansa y húmeda, porque le costaba rebuscar palabras entre tantos silencios. Cuando quedó sola, se cobijó en las alpargatas seis números más grandes que sus pies y rememoró el día de su boda con Esteban mientras apretaba el puro y el joyero contra el pecho. Balanceando recuerdos.

A los tacones blancos de Lucía pronto les sustituyeron unas botas de agua, los mocasines de marzo dieron paso a las sandalias veraniegas que mostraban unos tobillos tan hinchados como su vientre. Adela recuerda el día que salieron del ascensor aquellos pies inflamados y tan separados que bien cabría un niño entre ellos. Dos chanclas  nerviosas acompañaban a Lucía, sujetando su cintura por detrás e impulsando su cuerpo hacia un coche con las puertas abiertas de par en par, que esperaba en la entrada del edificio. Adela les acompañó hasta el coche. Muda, aterrada, feliz. La siguiente vez que vio a la pareja les precedían cuatro ruedas que se frenaron ante la rampa de acceso al ascensor. Los jóvenes que acababan de estrenar hijo, cochecito y tobillos deshinchados, frenaron ante la pendiente como dudando si serían capaces de remontarla. Metáfora de la paternidad, pensó Adela, antes de salir de la portería y ayudarles con su calma habitual. Fue testigo de los primeros zapatitos año y medio después, del peso de la mochila del colegio y de cómo poco a poco se alejaba el calzado masculino, mientras Lucía consumía días, noches y suelas solitarias. Adela reconocía ese andar cansado, ese peso en las suelas y en el alma. La portera vigilaba con desvelo sus pasos, inquietos algunos días, doloridos a menudo, agotados siempre. Limpiaba y relimpiaba los suelos y barandillas del tercer piso esperando la salida de la chica, se hacía la encontradiza en el pasillo para observar sus ojos de frente buscando un desahogo, una confidencia. La joven callaba.

Ese silencio también era viejo amigo de Adela, a veces se ofrecía para cuidar al niño mientras Lucía hacía las compras, iba a la farmacia ante una fiebre inesperada, intentando ganar su confianza. Lucía se dejaba ayudar pero seguía callando.

Pasaron muchos meses hasta que volvió a lucir tacones, sus rodillas renacieron bajo una minifalda y su paso recobró firmeza. El día que escuchó una voz masculina tras la puerta del tercero A, Adela suspiró aliviada. Hasta que le vio. El mismo hombre que un día la trajo en brazos, los mismos brazos que amorataron su cuerpo y talaron su alegría, volvían fuertes, peligrosos. Y el ciclo se repitió: Lucía descendió de los tacones al infierno, sustituyó la barra de carmín por maquillaje compacto y gafas de sol que la protegiesen de miradas y preguntas. Pero no de él. Adela le vio salir muchas noches a deshora, nervioso, y enfurecido, a veces regresaba, otras no. La portera acechaba cada mañana esperando ver salir a Lucía rumbo al colegio con el niño colgando de una mano y la derrota en la espalda. Un martes de mayo el niño no fue al colegio. Adela esperó una hora antes de coger el ascensor rumbo al tercero. Llamó. Nadie abrió. El niño lloraba. Llamó al presidente de la comunidad y a la policía. Volvió a su guarida acristalada hasta que la llamaran para prestar declaración. Tras el desfile de familiares, curiosos, policía científica y forense asomó por la escalera una camilla, una sábana blanca cubría su cuerpo y los preciosos pies desnudos del número 37 quedaron a la altura de sus ojos otra vez. Como el primer día, pero hoy sin tules ni besos, sin tarta ni pedicura. Al igual que hacía seis años, sus pies lucía manchas rojas, rojo mortal

Adela ya no duerme porque un fantasma con velo de novia y los labios rotos le gritan al oído: “Cómplice, espectadora cobarde. Lo viste y seguiste mirando al suelo. Vives escondida tras un cristal oyendo fútbol para no escuchar mis gritos. Huyes del contacto, del sudor, del abrazo, yo esperaba tu abrazo, lo necesitaba. Caminas dentro de unas zapatillas muertas que te quedan grandes, la vida te queda grande, alguien tomó mal tus medidas. Juzgas a los demás sin levantar la vista, sin mirar su cara por si te hablan o sonríen. Ellos viven, a su manera, pero viven. Estás sola. Sin hombre. Sin hijos. Sin consuelo. Sin alas, viviendo a ras de suelo. Las playeras del segundo hoy duermen acompañadas bajo la cama. Los tacones del cuarto complementan a un picardías. Las botas del tercero descansan abrazadas a una espalda. Mis pies cicatrizan bajo tierra, pero tus zapatos con juanetes no caminan. Ni respiran, los abandonaste para vivir en la horma de un muerto. Vives porque no sabes morir…”. Adela se ahoga. Se levanta y coge los zapatos negros que vegetan en el armario, aprietan. Una hora después, un transistor y unas chancletas desgastadas coronan el cubo que recoge el camión de la basura. El amanecer la encuentra inmóvil en la portería. Alerta. Le gusta sentir la palpitación del juanete. Se siente viva aunque duela, y llora. Hace tantos años que no llora que le parece un síntoma de vida, de que por fin tiene libertad para hacerlo, para quejarse y defenderse de los golpes del alma, aún abiertos, los del cuerpo ya cicatrizaron. Un pinchazo en la espalda le recuerda aquella mala caída que lesionó la vértebra. Que duela, pero a ninguna Lucía más le dolerán mis golpes. Los zuecos blancos abren la puerta, sale de la portería y mira a la joven enfermera, de frente: “Buenos días”. “Buenos días, señora Adela” responde la chica. Sabe mi nombre, piensa. Y se emociona. Y de nuevo empujan las lágrimas retenidas. 

Adela es gris y tranquila como la superficie de un lago, y como al agua, es difícil calcular su edad y la profundidad de su tristeza, porque le duelen todas las Lucías que no sujetó cuando sabía que se tambaleaban. Volvió a su portería a vigilar vidas. Ni un moratón más. Ni uno más.

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