La chica del semáforo y el hombre del coche. David Orange.
Editorial Planeta. 380 págs. 19,90 euros.

No crece la vida sin la presencia constante de la destrucción, como posibilidad y como hecho consumado.

La verdad es siempre terrible. Conocerla, un riesgo difícil de asumir.

Hace poco escribí que el futuro nos había alcanzado gracias a las cada vez más nuevas tecnologías. Es difícil construir una distopía, pues contamos con medios suficientes como para hacerla creíble e inmediata, en el escalón en el que estamos a punto de poner el pie. Ya no hay dudas sobre la verosimilitud del resultado, ya que el concepto también ha cambiado. La ficción ha sufrido un lavado de cara y, con buen criterio, se mezcla con realidades pasadas y presentes. La imaginación busca nuevos registros en los avances de la ciencia: el cajón de las verdades demostrables.

La verdad es siempre terrible; lo dice uno de los personajes de La chica del semáforo y el hombre del coche. Descubrirla, peligroso para el que la busca desesperadamente. El protagonista transporta una especie de chip en el cerebro que le recita constantemente lo que debe hacer. A eso me refiero cuando hablo de la tecnología que mueve los hilos. Ya no sirve con pensar en la conciencia o en esa voz que escuchan algunos psicópatas y que les induce a cometer los más atroces asesinatos. En este caso, la esquizofrenia es inducida por la tecnología y lo curioso es que es verosímil. Nos lo creemos; lo mismo que la invención de un corazón sofisticadísimo que busca a alguien para ser trasplantado y empezar una nueva vida: el proyecto Vida, del que habla el buen protagonista.

Porque hay un mal protagonista; el señor de la destrucción, el que va a fabricar una bomba para hacer pagar a millares de norteamericanos una afrenta que en el pasado sufrió por parte de un grupo de muchachos ricos. La venganza es el mejor complemento de la maldad. De ella surge el suspense (que David Orange maneja con destreza) y de él una trama policial en la que dos investigadores (ella y él) al principio antagónicos, poco a poco más cercanos y, al final, lo típico, derribadas las defensas, se enfrentan a un caso demasiado raro y entretejido como para sacar conclusiones precipitadas.

Nada es lo que parece cuando la muerte acecha. El asesinato en serie se produce también por venganza. La figura del padre violador siempre presente en la mente descolocada y resentida. Buenas razones, así mismo, para el mal y la destrucción. Esas son las vigas que sostienen la trama, pues el proyecto Vida es la entelequia de un superdotado para los números que no tiene visos de hacerse realidad hasta el final de la novela, cuando chico salva a chica y chica salva a chico, una vez a este le hayan extraído el chip y la voz se traslada a otro cerebro.

Como digo, la ciencia habilita a la imaginación y la palabra discurre por un remanso lleno de abruptas sorpresas que no dejan que la atención decaiga. Todo es creíble, dije, gracias a las nuevas tecnologías con las que convivimos. David Orange no descubre nada; pero no es esa su intención, sino, quizá, narrar con detalle cómo la conciencia esa voz, ha sido sustituida por la tecnología, ese chip. Así lo veo yo, al menos; aunque puedo estar equivocado.

Sólo le pongo un pero al buen hacer de Orange (valenciano el autor): quizá demasiadas explicaciones con el propósito de que el lector no se pierda. Loable intención, pero lo deseable es que el lector se pierda y pueda salir sin ayuda del laberinto. Eso le hará disfrutar más de la lectura, descubrir caminos nuevos, intuir por dónde va a ir la trama. Veremos, además, que no todos saldrán por la misma puerta del laberinto.

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