El confinamiento prolongado nos obliga a replantearnos una vez más qué les conviene a los alumnos aprender.

Hay que guiarse por la máxima que adelantó Séneca hace dos mil años y pico: no enseñamos para la escuela, sino para la vida.

Todas las materias sufren una merma si el profesor no está presente con su cuerpo y su palabra. Hablamos de la enseñanza primaria y secundaria. Un profesor es más que unos conocimientos, incluso más que una manera de transmitirlos. Es un comportamiento, un talante, un ritmo, un ejemplo, que los alumnos asimilan mucho más que lo que dice. Pero de todas las asignaturas, la que más pierde con la ausencia es la Educación Física, porque además de perder la presencia del profesor pierde su naturaleza, que es la relación, el juego, la colaboración entre los componentes de la clase; una interacción que resulta igualadora: tanto da el nivel intelectual o el sexo como la complexión que tengan, todos pueden compartir objetivos y resultados durante el tiempo que dura la clase.

Sin embargo, igual que el resto de profesores, tenemos la obligación de reciclarnos y hacer de la necesidad virtud. Lo primero es tomar conciencia de las limitaciones. Como solo impartimos dos clases semanales, acumulamos muchos grupos y muchos alumnos. Doscientos en mi caso. La comunicación solo podrá ser digital durante el encierro y tendrá que abarcar a todos los alumnos del mismo nivel. Enviaremos un mismo mensaje a chavales que, ahora más que nunca, nos reciben de maneras muy diferentes, cuando nos reciben. Algunos no tienen acceso a internet, ni siquiera a dispositivos adecuados. La mayoría de las administraciones regionales están intentando paliar este problema. En Castilla-La Mancha han surtido de tarjetas de datos a quienes las necesitaban. Otros alumnos viven en casas donde hay un solo ordenador para toda la familia y sus padres desarrollan teletrabajo y tienen que repartir los tiempos. Pero además de la brecha digital, está el espacio del que disponen en su confinamiento, y las condiciones en las que pueden moverse en ese espacio.

Los profesores tampoco es que estemos mucho mejor. Nadie pensó que esto podía suceder. La mayoría tenemos un ordenador y una conexión a internet, adquirida para atender nuestros asuntos personales. La administración nunca se ha preocupado de facilitarnos los medios, no ya digitales, sino muchas veces tan simples como una carpeta o un bolígrafo, o el chándal con que damos las clases. Somos profesores de la enseñanza pública, pero tenemos que ser nosotros los que aportamos el material con el que desempeñamos nuestro trabajo. Nuestros EPIs (es una metáfora) didácticos los pagamos de nuestro bolsillo. Y también tenemos que buscarnos la vida en lo que respecta a las aplicaciones que usamos para comunicarnos digitalmente con los alumnos. El austericidio desmanteló los centros de formación y los fue diluyendo hasta casi extinguirlos. Ahora les han entrado prisas para facilitarnos herramientas que habían olvidado que necesitábamos. Tampoco es tan misterioso: yo por ejemplo me apaño con Google Drive, Classroom y Blogger, porque por suerte tenemos en nuestro instituto un compañero muy competente en asuntos informáticos que abrió cuentas en Gmail a todos los alumnos. No quiero ni pensar las odiseas que han podido vivir o estarán viviendo en otros centros.

En cuanto al sistema, lo adelantamos en un capítulo anterior (Crear un hábito sin estar presente). Entonces queríamos que los chavales se ejercitaran fuera del instituto. Ahora ampliamos el espectro a todas las actividades que puedan servirles para sacar el máximo provecho de su reclusión, siempre atendiendo a su salud (7 sugerencias para crecer en el confinamiento). Les proponemos tareas enfocadas a la práctica, al movimiento. No tareas nuevas, sino recordatorios de las que ya conocen. Buscamos que tomen conciencia, que las apliquen en su cotidianidad y las incorporen como rutinas. Es una oportunidad para entrar en su casa a mejorar conductas. No obstante, hay que tener en cuenta que somos nueve o diez profesores proponiéndoles tareas, cada cual de su materia, y juntos acumulamos una exigencia muy grande. Hay que ir a lo sencillo: pedir una fotografía, una constatación de que al menos se han puesto, probablemente con la cercanía o con la supervisión de sus padres, que participan de esa toma de conciencia.

¿Pero conciencia de qué? Lo primero de que tienen que organizarse, que crear una rutina donde quepan y encajen las tareas principales:

  1. Conviene que sepan qué es mejor comer y cuándo hacerlo. Que eviten, o que sepan al menos, que no les conviene abusar de las golosinas, la bollería industrial y demás nutrientes tóxicos. También que sepan que hay que huir del picoteo y repartir la ingesta en tres tomas diarias.
  2. Deben tomar conciencia de que han de dormir cada jornada las horas adecuadas. Y que, para descansar bien, primero hay que haberse cansado un poco, fijar los horarios de acostarse y levantarse, separarse de las pantallas en el momento adecuado y también tener una idea, aunque sea vaga, de dónde está el sol en cada momento del día.
  3. Por supuesto, tendrán que ejercitarse, que agitar la maquinaria de sus cuerpos. Para hacer tendrán que crearse un espacio suficiente y también elegir unas horas fijas, para que se convierta en una obligación y no quede al albur de que a uno le apetezca. Conviene que abran la ventana mientras practican. Yo prefiero que dividan el trabajo en un rato por la mañana y otro por la tarde, más un menudeo entre horas de ir al baño o beber agua. Tienen a su disposición ejercicios para todos los gustos, desde vídeos en Youtube hasta aplicaciones de móvil, pasando por juegos de Nintendo, rutinas que les han enviado sus entrenadores, o subir y bajar escaleras, quien tenga escaleras. Si no hay nada de esto, basta ponerse música y dejarse llevar durante al menos veinte minutos. Conviene distinguir qué cualidades físicas estamos trabajando y con qué partes del cuerpo, para ir variando y no repetir dos días seguidos la misma actividad ni las mismas zonas de trabajo. Así no caeremos en la monotonía ni nos machacaremos sin necesidad.
  4. Hay que estirar. Al estar encerrados, tendemos a cerrar también nuestro cuerpo. Es un efecto psicológico: vamos encogidos por la casa y nos extendemos al salir a cielo abierto. Como no nos es posible salir en estas semanas, hay que expandir nuestros límites corporales, provocarse el desperezo realizando ejercicios de flexibilidad, de la forma que también adelantamos en un artículo anterior (Conservar la amplitud).
  5. El encierro nos obliga a permanecer muchas horas pasivos en posturas que nos anquilosan. No solo hay que estirar para compensarlo, también hay que procurar que esas posturas no vayan minando nuestra salud estructural. Conviene cerciorarse de que nos sentamos de una forma sana, sobre todo cuando estamos trabajando. Que nuestra cadera y nuestras rodillas formen ángulos rectos, que la pantalla del ordenador esté a la altura de los ojos y el teclado nos permita mantener los brazos semiflexionados. La relación entre estos dos últimos factores es la que más repercute en nuestra espalda. También hay que procurar que, cuando alcemos objetos, flexionemos las rodillas, y que sepamos incorporarnos sin hacernos daño desde la posición de tendidos.
  6. Con hacer ejercicio y estirar no basta. Cuando pasamos el día encerrados es como si viviéramos en medio de una atmósfera enrarecida por la nube de nuestras propias ideas, preocupaciones, manías. Vamos y venimos, las atravesamos y volvemos a absorberlas. Hay que airear la mente y para hacerlo necesitamos practicar actividades que conecten la mente y el cuerpo a través del control de la respiración. Valen el yoga, el mindfulnes, la meditación, el tai-chi, cualquiera de ellas. Aunque es preciso distinguirlas del ejercicio de resistencia y de fuerza, que son también imprescindibles, sobre todo el primero.
  7. Por último, también hay que proponerles a los chavales, e incluso provocarles, que se relacionen. Por ejemplo, compartiendo algún tipo de tarea. Digital o telefónica. Es lo que toca. De ese modo evitamos que se encierren en su mundo, sobre todo en los casos de alumnos más tímidos y reconcentrados, un perfil frecuente en la adolescencia. El mero hecho de conversar es abrir una ventana. Si no se puede abrazar con el cuerpo, hay que abrazar aunque sea con la palabra.

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