Un profesor de Educación Física solo tiene que canalizar la energía de sus alumnos, no contrarrestarla.

El primer reto de la clase es reunir a los alumnos y ponerlos en marcha.

Desde la Biblia hasta nuestros días, la imagen de un guía de cualquier tipo encaja muy bien en la metáfora de un pastor que conduce a su rebaño. Y me temo que aplicada a la Educación Física es más congruente que en otras materias en las que el profesor más bien acude al encuentro de sus alumnos, que le esperan en su aula de referencia o que se desplazan al aula de la especialidad. Antes que ser pastor, el profesor de otras asignaturas ha de imponerse a la naturaleza inquieta de los alumnos que, encalabrinados por la edad, suelen estar dispuestos a tirar al monte, aunque sea el monte metafórico de su inquietud. Hablamos de la educación convencional, claro, esa que debería evolucionar más temprano que tarde.

En cambio, un profesor de Educación Física solo tiene que canalizar la energía de los alumnos, no contrarrestarla. Su función es acompañarlos para que se muevan y ejerciten, es decir para que pasten en la pradera de la actividad física. Aunque se trata de un plan mucho más coherente con la naturaleza, no deja de plantear dificultades. ¿Qué rebaño no las plantea? Desde tiempos inmemoriales, las ovejas se han descarriado y han sufrido las acometidas de las alimañas. Para eso tiene el pastor unos perros que le ayudan y un silbo del que se vale para advertir a los carneros díscolos de por dónde deben tirar.

El primer reto de la clase es reunir a los alumnos y ponerlos en marcha. Para este menester sirve de gran ayuda haber convertido el principio de la clase en una ceremonia en la que los componentes del grupo forman un círculo por orden de lista y estiran en el suelo y en silencio durante cinco minutos. Ya hemos explicado en artículos anteriores cómo forjar este hábito en pocas clases. Sin embargo, conviene aclarar que a cada nueva sesión los alumnos van llegando procedentes de otras aulas, desde disciplinas distintas, han recorrido un trecho de escaleras y pasillos, tal vez han cursado una visita al inodoro, o vienen de un examen y necesitan comentarlo, o han pasado varias horas sentados y se desbordan en la sala de deportes completamente desbocados. Son distintas formas de la entropía, que cambia según los cursos, las edades y las fases del curso.

Cualquier observador externo diría que es imposible poner orden en este caos sin recurrir a silbatos, gritos y hasta aullidos. Y sin embargo hay una fórmula mágica que funciona casi el 100% de las veces: iniciar una cuenta atrás desde diez hasta cero. Simplemente. Todavía me sigue fascinando el efecto que surte sobre los alumnos. Guardo en la memoria imágenes de pequeñajos que están subidos unos en otros, debatiéndose como gladiadores o como cachorros que son, absortos en el juego, ensimismados, y que, al oír la cuenta atrás, de pronto se detienen con las miradas en el aire, como intentando captar la melodía, y poco a poco se van bajando y separando de la montaña que han formado, para buscar y encontrar el lugar que, alfabéticamente, por su primer apellido, les corresponde en el círculo. A veces pienso que el verdadero flautista de Hamelín no tocaba una melodía, sino una sencilla cuenta atrás, tal es el efecto fascinador de este conjuro.

Por supuesto que una sesión de clase contiene otros muchos momentos en los que es necesario convocar al grupo, y que ya no podemos volver a usar la cuenta atrás porque no funciona igual y tampoco podemos abusar de la magia. Cuando empecé mi carrera de profesor, tenía que desplazarme todos los días media hora en coche. Ya sé que es poco tiempo, no en vano soy veterano y de la provincia de Albacete. Cuando iba solo y no con la ronda de compañeros, me dio por aprender a silbar como los pastores. Como tenía el volante entre las manos y no podía formar con los dedos esas variopintas posiciones que facilitan el silbo, tuve que adiestrar mi lengua para que formara junto con los dientes la ranura sonora. Tardé unos meses, supongo. No es que me hubiera propuesto aprender para las clases. Me dio por ahí. Sin embargo, enseguida me di cuenta de que el silbo natural funcionaba. Los silbatos de árbitro antiguos tenían un sonido irritante. Además, había que llevarlos encima y a veces se te olvidaban, dejándote huérfano de decibelios. El silbo es más humano. Nadie va por el mundo con un silbato. En cambio, el silbo de los pastores no solo se usa con el ganado. A veces, vemos un amigo por la calle, allí a lo lejos, y silbamos para despertar su atención. Los gomeros incluso desarrollaron un sistema de silbidos para comunicarse entre los valles y los barrancos de su abrupta isla.

Una vez más es un sistema del que no conviene abusar. Sirve para sustituir al silbato arbitral: sancionar el comienzo y el final de los partidos, indicar las faltas, detener el juego si hay que hacer alguna observación. La experiencia también me ha enseñado que no hay que detener demasiadas veces una actividad. Conviene dejar que se desarrolle en la medida en que los propios chavales la autorregulan. Cuando una actividad falla o se agota, no hace falta pararla. Ellos mismos bajan los brazos o protestan tanto que ya no tiene sentido prolongarla. Pero si hay que introducir pequeños cambios, indicaciones parciales para enriquecerla, es preferible ir administrándolos en grupos pequeños, con soplos de viento, mejor que invocar al gran grupo, que siempre reacciona con la lentitud de una ballena.

Cuando incluso esta opción se resiste, entonces lo mejor es llamar a unos pocos alumnos que tienen ascendente sobre el resto, dos o tres líderes, uno de cada equipo, darles a ellos las explicaciones pertinentes, convencerlos de que con los cambios se va a incrementar su disfrute, o bien la justicia del juego, un concepto al que son muy sensibles. Cuando se incorporan de nuevo, si hemos elegido bien a los heraldos y los heraldos están verdaderamente convencidos, nuestras instrucciones se difundirán de manera propicia con el menor esfuerzo por nuestra parte. Y el rebaño se irá humanizando y adquiriendo su propia autonomía, con cada uno en su papel, y el pastor se quedará un poco apartado, observando su obra y disfrutando con ella. Y, claro, dejándose ver, porque el ojo del amo engorda al caballo y no hay paz que cien años dure.

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