El Covid19 nos impone distancias y mascarillas y, con ellas, una forma nueva de comunicarnos.

Solo hay una manera de aprender a hacerlo, el ensayo-error, y un método que nunca falla, el teatro.

El Covid19 no solo ha venido a poner contra las cuerdas la salud del mundo. También nos impone otro reto global: cómo relacionarnos con la mascarilla puesta. De repente, buena parte de nuestra identidad, de la imagen que nos define ante los demás, permanece oculta bajo una tela. Y ese cambio, que parece tan simple, supone una revolución a la que estamos todavía adaptándonos. El 55% de nuestra comunicación es no verbal, y una parte importante de ese porcentaje se remite a un triángulo que conforman la boca y los ojos. Los ojos por sí solos resultan insuficientes para salvar la misma calidad y cantidad de información. Lo comprobamos con impotencia cada vez que queremos compartir nuestra sonrisa y sentimos que no lo estamos logrando. El tacto, tan valioso, en especial para nosotros los latinos, pertenece más a la afectividad; en la comunicación, subraya, más que transmite datos. También nos vemos desposeídos de él y encima estamos obligados a mantener una distancia de seguridad que nos dificulta el fijarnos en detalles tan sutiles como la dilatación de las pupilas, que de forma subliminal nos indica si nuestro interlocutor está alegre y cercano (dilatadas) o tiene miedo o está enfadado (contraídas).

Por supuesto tendremos que adaptarnos y sin duda lo conseguiremos. Nuestro cerebro es muy plástico y está preparado para los cambios. De hecho, ya hay fenómenos culturales que han obligado a congéneres nuestros a afrontar retos parecidos. Qué les pasa, si no, a las mujeres de Oriente Medio que han de vivir cubiertas por la niqab. Han aprendido. Instintivamente ya estamos aumentando nuestra gestualidad, el movimiento de las manos, la postura. Y también estamos cuidando la entonación, para que añada los matices que la expresión corporal no puede reforzar. Incluso somos más precisos con el lenguaje. Son maneras de sobreactuar para compensar lo perdido. En cuanto a la sonrisa, ponemos en nuestros ojos toda la intensidad que nos falta al no poder mostrar la boca. Los guiñamos y acentuamos el efecto con una ligera inclinación de la cabeza.

Los ojos asumen de pronto un papel inmenso, inesperado. Quién no se ha dado cuenta en estas semanas del hambre con que nos miran y miramos, buscando información en los ojos de los enmascarados que se cruzan con nosotros. Primero, por si los conocemos, ahora que resulta más difícil identificar a nadie. Y luego, en prospección de datos que solo los ojos pueden proporcionarnos. Empieza a instalarse este fenómeno nuevo cuando aún siguen vivas funciones muy elocuentes del mirar. Por ejemplo, el papel que juegan unos ojos en el cortejo amoroso. O lo agresiva que puede resultar una mirada si se mantiene fija unos instantes en un ascensor, por ejemplo, o en un transporte público. Hasta conversando miramos solo al interlocutor entre el 30% y el 60% del tiempo que dura nuestro diálogo. Y no obstante, están creciendo las ventas de rimmel y de kohl en detrimento del lápiz de labios, lo que quiere decir que vamos tomando conciencia. Y los que siempre usan gafas de sol estarán pensando cómo salir de su inexistencia.

¿Cómo trasladar a la educación toda esta vorágine sin riendas? La asignatura de Educación Física, cuyas herramientas son el cuerpo y el movimiento (y eso incluye la voz), es la que tiene que plantearse este reto. Dentro de los contenidos de la Expresión Corporal, yo he venido incorporando el teatro como un procedimiento para que los alumnos tomaran conciencia de que la voz es solo una parte de lo que comunican, y no la más sustanciosa. Para que aprendieran a usar el cuerpo para construir personajes y las onomatopeyas para complementar su expresividad. Ahora, no tengo más remedio, tendré que cambiar los ingredientes. Introducir las máscaras y las distancias. Recuperar la voz. Y emplear el método más utilizado por los científicos y por los políticos desde que se desató la pandemia, el método con que los humanos hemos llegado a ser lo que somos: el ensayo-error.

La neuroeducación nos ha enseñado que, más que enterrarlos en una montaña de datos, tenemos que activar en los adolescentes las funciones ejecutivas de su cerebro. Y que el teatro es un medio excelente para ejercitarlas en un contexto social. Esperar a que les toque su momento de intervenir es una buena manera de que aprendan a inhibir sus impulsos. Recordar el papel y los movimientos que han de realizar les mejora la memoria de trabajo. Y reaccionar a los cambios sutiles de sus compañeros, o incluso reparar sobre la marcha sus equivocaciones, estimula su flexibilidad cognitiva.

Además, como le he leído comentar a la actriz Blanca Portillo, el teatro es el mejor instrumento para aprender a comunicarse y sobre todo para relacionarse con los otros de manera sincera. Parece un contrasentido hablar de sinceridad. Y sin embargo, gracias a que se trata de un juego, pueden compartir emociones como el miedo o el sentido del ridículo, incluso la alegría, sabiendo que son ellos, pero sin la responsabilidad de ser ellos mismos. Así pueden adquirir herramientas, que nos faltan a todos en esta situación de cambio que atravesamos. Pueden investigar con libertad buscando la mejor manera de transmitir, equivocándose cuando haga falta y rectificando sin jugarse la vida, porque solo es teatro.

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