Estamos encerrados, no atados: hay que moverse, y no solo para hacer ejercicio, que también.

Mantener una rutina elemental, comer y dormir siempre a las mismas horas. Es más fácil de decir que de hacer. Pero hay que hacerlo.

No es la primera ni será la última vez que los humanos tengan que apañárselas sin salir de casa. Así que, como en tantas cosas, está todo inventado. Lo primero, recordar que dependemos de un cuerpo que se realiza moviéndose. Por supuesto hay que darle de comer y concederle unas horas de sueño para resetearlo. Como además pasaremos mucho tiempo sentados, tenemos que evitar fastidiarnos la espalda por una mala postura. Seguro que estaremos oyendo noticias preocupantes que en el encierro resultarán aún más terribles; el mejor modo de mantener cierta serenidad es practicar alguna técnica de relajación. Y somos animales sociales: necesitamos de los demás sí o sí; si hay alguien cerca, hay que abrazarlo; y si no, hay que buscar el sucedáneo de la conversación, que para eso están las tecnologías.

Pero vamos por partes. Esto va para largo y no podemos abandonar nuestro cuerpo. Tenemos que activarlo. Quita trastos de en medio, hazte un hueco de un par de metros cuadrados. Dispones de una oferta inabarcable de apps con ejercicios que puedes descargarte en el móvil o en el ordenador, posiblemente guardes juegos de consola que no han dejado de ser estimulantes y Youtube ofrece tutoriales de todos los bailes y zumbas que puedas imaginar. Alcanzar poco a poco una hora de ejercicio diaria sería ideal, pero yo aconsejo dividirla en dos sesiones, una de mañana y otra de tarde, para evitar el aplatanamiento de muchas horas quieto. Estirar antes te ayudará a cuidar la elasticidad de tus músculos. Una ducha al terminar te asegura que también mantienes el hábito del aseo, que los expertos dicen que corre el peligro de abandonarse en periodos largos de cautiverio.

Pero no basta con sudar. Además, hay que mantener una vida activa. ¿Difícil, eh, con esas cuatro paredes cercándote? Los escritores y la gente de silla y pantalla sabemos que, cuando te sientas, empieza a formarse una tela de araña invisible que te atrapa y que se hace más fuerte con las horas. Una vez más se hace necesaria la disciplina, esta vez para levantarse cada sesenta minutos. Yo programo el temporizador del móvil con una alarma ruidosa para que me sacuda y lo pongo lejos para no tener más remedio que levantarme para apagarla. En esa parada se pueden hacer varias cosas: ir al baño, beber un vaso de agua, comprobar que el puchero sigue bullendo… Yo además busco la luz.

Quiero decir que subo a la terraza y dejo que la luz que reina en esos momentos llene mis retinas. Cinco minutos, el tiempo de un cigarro. De hecho, yo que no he fumado nunca, lo llamo la luz de un cigarro. Si no te asomas a la luz real, le pierdes la pista al día entre lámparas artificiales y pantallas azules. Y lo peor no es que te la pierdas tú, lo peor es que se desorienten tus biorritmos circadianos, cuya referencia es la luz. Corres el riesgo de dormir mal. Si te ocurre varias noches seguidas, te desestabilizas. Por eso tomo la luz de un cigarro varias veces a lo largo del día. Si no hay terraza, una persiana vale. Mirar al cielo, parar, a veces me ha provisto de las soluciones que no vislumbraba estando sentado. Y además es un tiempo de observación de la gente que pasa, de las nubes que nos sobrevuelan, de detalles que hasta ahora nos habían pasado desapercibidos. Si no fuera porque el tabaco mata, salir a fumar sería sano.

Para dormir bien, además de la luz, hay que acostarse y levantarse siempre a la misma hora, más o menos. Y conviene acostarse cansado, con algún ritual previo que no provenga de cualquiera de las pantallas a las que somos adictos. Y la última comida del día, mejor que quede lejos. A hora y media de distancia, como mínimo. Comer es otro de los grandes peligros del cautiverio. Cuando uno se aburre y tiene el frigorífico cerca, el picoteo nos llama con voces de sirena. Una vez más hay que mantener una disciplina. Hasta hace poco, el paradigma era hacer cinco comidas. Ahora la ciencia nos lo ha cambiado. Institutos como el Einstein, que estudian la salud por la alimentación, están avisando de que es mejor hacer tres comidas: desayuno, almuerzo y cena, que cinco. Que para que las células tengan tiempo de reciclarse hay que darles tiempo. Nadie se arrepiente de comer en función de lo que gasta y evitar el azúcar refinado y el alcohol.

En cuanto a la postura, es muy complicado estar pendiente de cómo me coloco mientras estoy concentrado en otra cosa. Solo que para la higiene postural conviene saber que la espalda ha de estar recta sin esfuerzo, no trazando una curvatura forzada por sofás que nos engañan con su apariencia de comodidad u ordenadores que nos quedan demasiado bajos o demasiado altos. La precaución hay que tomarla antes de sentarse: ver si la silla es de nuestra talla, comprobar que la pantalla está a la altura de los ojos, y tener en cuenta que normalmente no necesitamos tensar los hombros ni el pescuezo para realizar nuestro trabajo. Si los tensamos, necesitaremos una ración extra de estiramientos al terminar.

Ya lo dije en otro artículo: a mí me gusta devolver los estiramientos al yoga de donde los tomó Bob Anderson. Quiero decir que me gusta cerrar los ojos e intentar mantener la atención en la zona muscular que estoy estirando. Eso significa que lo demás no importa en ese momento. Solo el presente de esas sensaciones. Es otra manera de enfocar el mindfulness. El propio yoga o cualquiera de los sistemas de meditación pueden servir, si uno les dedica entre doce y veinte minutos. Están probados científicamente los efectos físicos de esta disciplina: crece el hipocampo y con él el control sobre nuestras respuestas. No nos convertimos en dioses, no. Seguimos siendo personas, aunque de algún modo controlamos mejor el magma de agitación que nos rodea, un control más necesario en estos días.

Por último, no olvidemos nunca que somos animales sociales, que necesitamos a los demás. No nos engañemos. Repito: necesitamos a los demás. Si los tenemos cerca, hay que abrazarlos. Si están con el coronavirus, no, claro. Hay que tomar precauciones. Pero, siendo muy gratificante, no es imprescindible el roce. Vale hablar, intercambiar impresiones, gestos, sonrisas, risas y miedos. Y eso se puede hacer también por teléfono o a través de Skype o de Wathsapp, lo que tengamos a mano. No de una manera desordenada. Pero sí de una manera cotidiana.

Cuántas disciplinas, ¿verdad? Mejor no agobiarse. Lo suyo es ir poco a poco, no proponerse varias de golpe, sino ir de una en una. No incorporar una nueva hasta que no tengamos bien definida la anterior. ¿Un par de semanas? Y tendremos todo el kit preparado para aguantar el tiempo que haga falta.

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