“Cuando abrí los ojos, no había rastro del pez”.

Tomé el vaso entre mis manos, tan delicadamente como una madre sujetaría a su bebé.  Me asomé al límite del cristal y volví la vista a su interior. Entonces, un reflejo forastero sobre el agua me devolvió la mirada. Sentí que esa cara, que parecía tener mis mismas facciones, ya no era mía y su respuesta ante mi perturbación evidente, fue una sonrisa burlona en blanco y negro. 

El líquido, transparente y cristalino, sin olor, ni color, pero con deseos inconfesables, empezó a revolverse sin que yo pudiera hacer nada más que quedarme pasmada mirándola. El blanco y el negro empezaron a juntarse y una paleta de grises surgió en el fondo del vaso. Tenía tanta sed que no pensé en que aquella agua salpicada de colores fuera peligrosa y levanté el vaso lentamente hasta acercármelo a la comisura de los labios.

La ausencia de espacios vacíos en el vaso provocó que el agua empezara a desbordarse, saltando ferozmente, como cuando una presa se abre después de una gran tormenta, encharcando todo el suelo de la cocina.

Limpié con un trapo el agua que se había derramado, atrapando con las fibras de algodón los charcos y ríos que se habían formado en el suelo. Y, mientras escurría en el fregadero lo sobrante, sentí como aquella agua había cambiado. Y no sólo porque al contacto con el suelo y con el trapo, hubiera cogido polvo y suciedad. El agua era diferente porque el movimiento la había transformado.

Me acerqué de nuevo al vaso. La interminable espera me provocó una sensación de sed incontrolable. Recogí el vaso que, durante la riada, había apoyado sobre la encimera de la cocina. Al hacerlo, descubrí un pez removiéndose en su interior. Intenté atraparlo haciendo una pinza con los dedos. Pero su piel resbaladiza se escurrió fácilmente entre mi índice y mi pulgar. El pequeño pececillo, consciente de mi intención de pescarlo, empezó a moverse mucho más rápido. En ese instante fui consciente de que me sería imposible cogerlo con las manos. Moví el vaso de un lado al otro, como intentando marearlo; pero nada.

– ¿Y si me trago el agua, dejando solo al pez en el vaso?      -pensé en voz alta.

Me acerqué el filo del cristal a la boca, entreabrí los labios y una fina hebra de agua empezó a entrar lentamente a través de mi garganta. Cerré los ojos. El pez cada vez se agitaba con más fuerza, luchado contra la trágica ley de la gravedad. Y yo, mientras, tragaba y tragaba, y mi labio superior se iba transformando en dos peces rosados que se fusionaban en un beso eterno. Abrí los ojos y solo vi a través del cristal translúcido la estancia de mi cocina, no había rastro del pez.

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