Fue un etnógrafo, en 1978, a la vuelta de Siberia, quien le relató grosso modo la situación de los Lykovi, aislados completamente del mundo desde hacía más de 40 años. 

Lo que le contó suscito y azuzó la curiosidad de Peskov, a tal punto que emprendió viaje, mucho tiempo después del hallazgo, hasta aquel lugar perdido.

En cuanto cierro, conmovido, Los viejos creyentes de Vasili Peskov, vuelvo a mirar con detenimiento las cinco fotos incluidas en la edición de Afagia Lykova, que vive sola en una destartalada isba, sin nadie a más de doscientos kilómetros a la redonda, que se dice pronto, rodeada de la interminable y hosca taiga y es como si se me representase, con esa misma inocencia silvestre, de otro tiempo, la Romana de Valdenegrillos, fotografiada por Navia allá en las Tierras Altas de Soria, al abrigo de la Alcarama, guardiana de su pueblo desde la muerte de su marido Zacarías, como dice su paisano Abel Hernández, en una de sus evocaciones, «con su burro, su huerto, su lumbre y sus gallinas». No sé si seguirá por allí, seguramente, de sobrevivir, nonagenaria, sin burro, aunque con un gato que le regalaron para que le hiciese compañía, tal vez sin poder cultivar ya el huerto. Me ha venido a las mientes a seguido, claro, Julio Llamazares, con ese aire montaraz pese a llevar tantos años en la capital del reino, oteando junto a Avelino Hernández el despoblado de Sarnago, cerca de Valdenegrillos, y al poco los dos, como pastores extraviados, de la vida, camino a Vea en paralelo a los meandros del Linares, mientras va cuajando en su caletre narrativo La lluvia amarilla, que luego situaría en Ainielle, una aldea pirenaica también abandonada.

He estado un buen rato así, da gusto tener en las manos cualquier libro de Impedimenta, qué hermosura de edición, recapitulando lo leído. El autor de este fabuloso reportaje narrativo fue también un personaje de cuidado, siempre interesado por cuanto tuviese relación con la naturaleza. Sin duda Peskov, aparte de su olfato periodístico, es un narrador magnífico, la larga crónica que constituye el libro está muy bien ensamblada y escrita con una prosa limpia y amena.

Fue un etnógrafo, en 1978, a la vuelta de Siberia, quien le relató grosso modo la situación de los Lykovy, aislados completamente del mundo desde hacía más de cuarenta años, en dos cabañas, en «la Jakosia montañosa, en la lejana y poco accesible región de Saián Occidental» y localizados de casualidad por un piloto que sobrevolaba aquellas tierras inhóspitas con fines geológicos y le pareció vislumbrar un huerto dividido en bancales. La familia, compuesta por un anciano y sus cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, vivía en sus chozas sin pan ni sal siquiera, descalzos, vestidos con andrajos remendados «de arpillera casera hecha con cáñamo», con la lengua casi perdida. Un modo de existencia al margen de la humanidad «mezcla de los tiempos anteriores a Pedro I y de la Edad de Piedra».

Al parecer la causa del anacoretismo de estos voluntarios robinsones contemporáneos «es una forma extrema de fanatismo religioso», pertenecen al grupo de «los viejos creyentes», de ahí el título, o «los de los viejos ritos», secta procedente de los «beguny» o errantes, cuya vida diaria, bajo la consigna «la amistad con el mundo es la enemistad con Dios, ¡hay que huir y ocultarse!» era «extremadamente básica: oraciones, lecturas de libros litúrgicos y una auténtica lucha por subsistir en condiciones casi primitivas».

Lo que le contó suscitó y azuzó la curiosidad de Peskov, a tal punto que emprendió viaje, mucho tiempo después del hallazgo, hasta aquel lugar perdido y casi inaccesible, hasta los eremitorios en la parte alta del río Abakán, el escondrijo, «la madriguera taiguestre» de quienes habían abjurado del mundo y sus tentaciones, para intentar desvelar el misterio de su huida, así como de su increíble capacidad de supervivencia en un medio tan hostil, virgen e inexplorado, cubierto por la nieve de setiembre a mayo y con temperaturas de cincuenta bajo cero en invierno, aspectos que aborda con meticulosidad mientras convive unos días con ellos compartiendo sus rutinas y forma de subsistencia, impresionante, pues sobrevivieron básicamente gracias a las patatas y los piñones de cedro, más raíces, hierbas, hojas de serbal, setas y corteza y savia de abedul. Cuando llegó ya sólo vivían el patriarca, Karp Lykov, y la mentada Afagia, su hija pequeña, los otros tres hermanos habían muerto repentinamente en otoño, no se sabe si de un virus a consecuencia del contacto humano o por otras causas.

Peskov, a veces instado por los lectores fieles a las andanzas de los Lykovy pero sobre todo por el instinto protector, que compartía con el grupo de geólogos, cursó una o dos visitas anuales a la pareja, que fue cambiando de isba a modo de guarida, durante los seis años siguientes. Retrata a fondo a todos los miembros del clan, incluida la madre,  Akulina, que murió de hambre, no discute jamás «su fe cerrada y fanática, traída por los senderos de la taiga desde tiempos lejanos y nebulosos», desde el cisma cuando el zar Alejo, nada menos, antes bien apoya materialmente en la medida de lo posible, con respeto, sin perturbar sus convicciones, sin torcer su voluntad de la «vía sin retorno», «en secreto», su búsqueda del equilibrio espiritual frente a la agitación mundanal en la que nos solemos perder. De su mano seguimos con expectación la evolución de ambos tras entrar en contacto con el exterior, las mudanzas, los encuentros con osos y lobos, el trato con la gente…

Según avanza el libro, y desde luego tras la muerte de su padre, «en su soledad espantosa, inconcebible» a pesar de sus salidas a visitar parientes y un monasterio, a pesar de los intentos de emparejarla, Afagia Lykova, como una auténtica madre del yermo, va cobrando un protagonismo que después de la publicación en 1992 del libro no ha dejado de crecer, hasta aparecer en Youtube. Vuelvo a mirar las fotos de esta mujer «cocinera, carpintera, zapatera, sastre, mozo de carga, hortelana, taladora y trepadora de árboles», entre otras labores, su expresión conserva ese aire de niña cándida, pero tozuda, algo traviesa pero rigurosa en sus principios. Me la imagino allí aislada, como la Romana de Valdenegrillos, «no me da miedo, he nacido aquí. Y no me da miedo morir…». Tras el confinamiento domiciliario de primavera y, todo parece indicar que, en vísperas de repetirlo, cómo no acordarse de estas dos mujeres, solitarias, libres, en medio de la naturaleza y ajenas por completo a cuanto sucede en la sociedad y en el planeta.

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