El reciente estreno de la película de Alejandro Amenábar, Mientras dure la guerra, nos coloca ante uno de los mejores y más reputados intelectuales de finales del XIX y principios del XX.

El hallazgo del Quijote en Unamuno fue un bálsamo para su desconsuelo, pues lo consideró un libro hecho de carne y alma.

En septiembre de 2019 se estrenó en la gran pantalla la película dirigida por Alejandro Amenábar, Mientras dure la guerra. El documento, importante por abordar una cuestión harto delicada pero no impracticable, podría haberle restado al academicismo lo que le arrebató a la oportunidad de constituirse en memorial cinematográfico. Y haber elevado el ejercicio de la narrativa histórica a la más objetiva tensión dramática, para entender el estado convulso previo a la España democrática de entonces, golpeada por las fuerzas militares fascistas; aquella en la que aún se respetaba a algunos de los mejores y más reputados intelectuales del siglo XIX y principios del siglo XX, como efectivamente fue Miguel de Unamuno. Aunque no fue el único. La vida interior del escritor bilbaíno, reflejada a lo largo de toda su obra, en la que la duda empezó a asaltarle a partir de cierto momento, y no pocas certidumbres políticas que le arrastraron a menudo al conflicto interior y exterior (como el hecho de que se ha hablado mucho acerca de la posición ambigua que adoptó respecto a la sublevación, aunque luego denunciara el fascismo militar), no restaron de su ideario docente y social nada que pudiera llevarle a sucumbir al laxo y lleno de vaciedades de sentido que para los tiránicos y corruptos poderes emergentes de aquella época (y de la presente) podría tener la Cultura como arma del pensamiento, de la voluntad constructiva de vivir, y de la Libertad, condición ésta que desde tiempos inmemoriales se ha defendido no solo desde tribunas académicas sino también y, sobre todo, a cielo raso, en campos de batallas de conciencia de clase y de solidaridad con los pueblos. Se ha hecho hasta en cárceles y calabozos. En los tiempos que corren, la Cultura no sólo es amigo común de todos, a veces es su salvación; ni la lectura de los libros las únicas armas que podemos esgrimir como resistencia común. También la Memoria vital de todos es consuelo y esperanza activa de los pueblos que crecieron juntos, porque por ella y por ellos resucitamos continuamente la Vida.

Luego de la lectura que hizo Miguel de Unamuno de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha se declara, ante todo, quijotista, y reniega del papel importantísimo que Miguel de Cervantes, como creador del mito y de la novela moderna, ha tenido a lo largo de los siglos. En 1905 sale a la luz su ensayo Vida de Don Quijote y Sancho, donde se ve la interpretación personalísima que allí presenta sobre el caballero andante en tanto que modelo ideal humano, el cual tomará como ejemplo ante un destino que −tras siete años desde que se produjera el asumido como Desastre del 98−, seguía viéndose oscuro e incierto.

El escritor vasco no valora la preocupación artística del autor, sino que más bien no quiere percatarse de ella, dejando para los “cervantófilos” la inutilidad del trabajo. Inútil como respetable, pues si no hay otra cosa que más defendió Cervantes, fue la libertad en sus múltiples y variadas formas, incluida la de la interpretación de su propio legado literario; libertad a la que como hombre perseguido y encarcelado que fue ya nunca quiso sustraerse; deseo las más de las veces insatisfecho que hizo de un hombre ser plenamente consciente del rumbo que su vida, en todas sus manifestaciones, había de seguir. Por ello, no sólo sabía lo que quería, sino que se veía en la convicción de su capacidad para llevarlo a cabo, aunque fuera a través de la escritura, herramienta que rompe las barreras del tiempo, de su tiempo.

No obstante Unamuno, este excitador hispaniae, como lo denominó el filólogo Erns Robert Curtius, tiene en el fondo muy en cuenta aspectos relativos a la técnica y a la estructura novelescas que el Manco de Lepanto dejó ver en lo que, andando el tiempo, se constituiría en la primera novela moderna hasta entonces escrita dentro de la historia de la Literatura Española, y la proyección universal que entraña dicha creación.

Esto es así hasta tal punto que el rector de la Universidad de Salamanca, en lo que se refiere a la crítica literaria de su tiempo y de los siglos precedentes, es quien quizá mejor entiende a Cervantes, y lo manifestará en su nivola Niebla, respecto a las relaciones que se mantienen entre el personaje-protagonista (Augusto Pérez-su creador), es decir, respecto a las relaciones existentes entre vida y novela o vida y literatura, presentes también en la obra inmortal. Asimismo, también Unamuno hará acopio de la técnica novelesca cervantina en Cómo se hace una novela, donde se comprueba dicho reflejo no en lo que dice sino en cómo lo hace, dejando al lector que entienda sin decirle de qué manera hay que leer, y asimilando, de esta forma, las pautas artísticas de Cervantes.

 

Déjame, escritor, crearme a mí mismo

San Manuel Bueno, mártir (1931), es obra de madurez de Unamuno, y ha sido considerada como “la realización más lograda de su credo artístico, es decir, la realización de su concepción del arte y de la novela” (Fernández Turienzo, editor, op. cit, Madrid, Alhambra, 985, p. 3). Don Manuel, párroco de Valverde de Lucerna, ha descubierto que el hombre no tiene trascendencia alguna tras la muerte, pero no quiere que los demás lo sepan, de tal manera que trata de conciliar la ausencia de fe y la necesidad de una fe que ayude al olvido. Lázaro Carballino le ayudará en su porfía, y la hermana de éste, Ángela, le comprenderá en mitad de sus dudas. Así, Don Manuel, en un suicidio continuo por convencer a los demás de aquello en lo que no cree, guarda su secreto hasta el final con tal de hacer felices a sus feligreses mientras siguen creyendo en su perduración. Razón y corazón serán opuestos que se agigantan alternativamente en la lucha permanente que alberga la conciencia de Don Manuel. Para el autor, el protagonista es un personaje excepcionalmente realista, a diferencia de otros mostrados en tantos pliegos de escritores que dicen llamarse realistas por el modo en que presentan a los actores de su historia. Unamuno rechaza, ante todo, la novela realista pues dice que ésta sólo trata de la realidad “externa, apariencial, cortical y anecdótica”, en el sentido de que los personajes realistas “suelen ser maniquíes vestidos, que se mueven con cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera” (OC, IX, Madrid, Escelicer, 1966, p. 415). No son, entonces, personajes que actúan por sí mismos, esto es, que actúan de acuerdo con su voluntad. La realidad ha de ser, por consiguiente, una realidad íntima que descubra el sentido y ser de las cosas, como a Ángela le enseña Don Manuel:

Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo, de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas. (San Manuel Bueno, mártir, Madrid, Castalia, 1988).

En definitiva, la realidad para él es lo que nos expresa con estas palabras:

Quedamos, pues −digo, me parece que hemos quedado en ello…− en que el hombre más real, realis, más res, más cosa, es decir, más causa −sólo existe lo que obra−, es el que quiere ser o el que quiere no ser, el creador. Sólo este hombre que podríamos llamar, al modo kantiano, numénico, este hombre volitivo e ideal −de idea, voluntad y fuerza− tiene que vivir en un mundo de los llamados realistas. Y tiene que soñar la vida que es sueño. Y de aquí, el choque de estos hombres reales, de unos contra otros, surge la tragedia y la comedia y la novela y la nivola. Pero la realidad no la constituyen las bambalinas, ni las decoraciones, ni el paisaje, ni el mobiliario, ni las acotaciones, ni… (OC., II, op. cit., p. 100).

Unamuno encuentra el realismo corto de miras para mostrar al hombre integral, que no es otra cosa que lo que éste va haciendo, lo que es. El hombre es acción, es lo que hace o deja de hacer: desaprueba la pura descripción de las novelas realistas, la simple acumulación de detalles y, para evitar esto, para mostrar al hombre en toda su dimensión, hay que excitarle y quererle y esperar a que muestre su verdad, lo que quiere ser, como un día tuvo que hacer Don Manuel.

De la misma manera que rechazaba la novela realista, evitaba también el naturalismo y el determinismo, cuyo fondo era el realismo. En relación con ello, el crítico Fernández Turienzo nos dice que, para este escritor, en contra de los presupuestos de Zola:

…es un vano sueño el intento de prever, es decir, determinar previamente toda la conducta que va a seguir un individuo a lo largo de una semana, no digamos de toda una vida entera… La psicología que de verdad experimenta y predice, se refiere, por tanto, en sus cálculos no a un individuo concreto, real, sino inevitablemente a tipos medios, es decir, a entes ideales, o como dice Unamuno, a entes de razón (Fernández Turienzo, 1985, p. 6).

El hombre que buscará el autor de San Manuel Bueno, mártir, será el “hombre de carne y hueso”, único individuo existente y, ese hombre, en nuestro caso, es el párroco Don Manuel, personaje que se va haciendo en la novela y en la vida, pues aquella no es menos real que ésta, según Unamuno.

Y aquí es posible advertir que nuestro escritor se coloca a la altura de su tocayo (Miguel de Cervantes) como artista que ejercita el acto libre de la voluntad pues, éste, cuando no quiere acordarse de en qué lugar de la Mancha vivía el hidalgo Alonso Quijano, y no se detiene a mostrarnos sus antecedentes de sangre, familia y tradiciones; cuando evita todo dato de tipo biográfico dejando a su personaje “frente a sus circunstancias, no en estado de sumisión…, sino en esgrima y duelo dialécticos” (J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley, en Suma Cervantina, p. 48), ¿no está, como Unamuno, evitando cualquier tipo de determinismo que, en su caso, era el método propio de la novela picaresca? Y también se colocará a la altura del protagonista, pues es él quien se bautiza a sí mismo con el nombre de Don Quijote de la Mancha, y crea su particular mundo, incluso a personajes como Dulcinea, quien le va a dar la propia razón de su existir, llevando a cabo, de tal forma, su propia autorrealización en un puro acto de voluntad, haciendo de su vida, como expresa el hispanista Avalle-Arce, una verdadera “obra de arte” (ibid., p. 53). ¿No se parece esto a lo que el rector de la Universidad de Salamanca dijo de la vida, que contarla no era, acaso, un modo “más intenso de vivirla”? (Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir y Cómo se hace una novela, Madrid, Alianza Editorial, 11ª ed., 1981, p. 195). ¿No vive la vida Don Quijote como una o muchas novelas?, ¿o no se coloca Cervantes, al igual que Unamuno, a la altura de su personaje, al menos cuando decide ejercitar su voluntad? Y, además, ¿no hace una obra de arte sobre la vida de un personaje que vive y crea o recrea el mundo de los libros de caballería, obras artísticas también? En definitiva, ¿no vive Don Manuel la vida dentro de una novela que es igualmente la historia vital de un hombre de carne y hueso? Ciertamente, la mezcla de ambos planos, el de la realidad y el de la ficción o la imaginación, que se lleva a cabo por parte del autor alcalaíno, supo captarla el autor vasco, pero mientras éste quiso dar a entender que vida y literatura, o vida y novela, pueden confundirse porque son lo mismo, aquel (Cervantes) quiso mostrar que una forma parte de la otra, pero no son la misma cosa; que todo depende del ángulo desde el cual el autor mire una y otra. Lo que sucede es que, para Unamuno, la novela es una forma, la mejor, de interpretar la realidad y, por tanto, se constituye en recreación de uno mismo y este “mismo” es el escritor. Ahí radica la sutil diferencia, pero sin contradecir en nada el cervantismo unamuniano del que estamos hablando.

El Cristo español

Este bilbaíno, nacido en 1864, a quien le vino a saludar una España, o dos, perplejas por las vicisitudes históricas, políticas y sociales, y en donde no encontró apenas remanso de paz donde calmar sus no pocas inquietudes, pensaba en el hombre, en su realidad, en su incierto destino, en los preceptos católicos, en la fe y en la razón, en la función del hombre en el mundo, en la vida como tragedia, en la verdad y la mentira, en la literatura como vida y viceversa, y en todo lo que ello hace al caso en relación con la España a la que pertenecía, la de la mitad del siglo XIX y de principios del XX. Como hombre de la llamada generación del 98, compartió las mismas preocupaciones y debates con otros intelectuales de dicha generación, e incluso la pesadumbre provocada por una Armada española que resultó falible y vencible hasta el punto de perder aquellas colonias (tierras ajenas que creyeron ser suyas un día). El hallazgo del Quijote en Unamuno fue un bálsamo para su desconsuelo, pues lo consideró un libro hecho de la carne y el alma españolas heridas por aquel entonces, pero redimidas gracias a la voluntad y a la fe de un hidalgo loco, cuya voluntad y corazón son capaces de romper la barrera de la razón y de los monstruos que engendra, imaginados o reales. Por ello, Unamuno terminaría atribuyendo el significado de la obra de Cervantes al sufrimiento de una raza, y personifica a Don Quijote como el “Cristo español”, con todos los valores y grandezas que éste encierra. Llegando a este punto, no sería constructivo proseguir, si olvidáramos que Cervantes dejó plena libertad al lector a la hora de juzgar a su protagonista y a su obra entera, pues no busca en su lectura una interpretación unívoca, y menos dadas las diferentes contingencias históricas y personales del propio autor a la hora de escribir su Quijote.

 

Evolución de los personajes

Por otra parte, Unamuno, al igual que su tocayo, y siguiendo con la idea de “hacerse uno a sí mismo”, nos presentará a dos personajes cuya existencia dentro de la novela vendrá marcada por su constante evolución. Don Quijote, paulatinamente y hasta el final, irá perdiendo en locura lo que Sancho irá perdiendo en cordura ante las circunstancias que a uno y a otro, en compañía, se les presenta en su trayecto. De la misma manera, Lázaro que, llegado a América, se mostrará incrédulo ante la figura de Don Manuel, poco a poco se irá convirtiendo a la religión del párroco a medida que pasa los días a su lado, expuesto al descubrimiento de su verdad. Y Ángela que, si en un principio era crédula ante los postulados de la Iglesia, las largas conversaciones con su “padre espiritual” terminarán por crear en ella, no sin dejar de creer, distintas expectativas:

¿Es que sé algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal y como lo cuento? ¿Es que pueden pasar esas cosas? ¿Es que todo eso es más que sueño soñado dentro de otro sueño? ¿Seré yo, Ángela Carballino, hoy cincuentona, la única persona que en esta aldea se ve acometida de estos pensamientos extraños para los demás?, ¿y estos, los otros, los que nos rodean, creen? ¿Qué es eso de creer? (Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir, Madrid, Castalia, 1988, p. 102).

Ángela Carballino y Cide Hamete

Otro de los aspectos que cabe reseñar es el del punto de vista con el que se relata la historia del párroco de Valverde de Lucerna. El relato está escrito en tercera persona a través de Ángela Carballino, memorialista o narradora de la vida de Don Manuel. Ella es la que nos cuenta desde su perspectiva, no sólo lo que les sucede a los personajes de la novela sino a ella misma también, ya que participa enteramente de lo que ocurre, como testigo directo dentro de la acción dramática. El ensayista y escritor Ricardo Gullón ha alcanzado a ver en ella hasta siete funciones. Ángela es narradora, mensajera, confesante, confesora, testigo, ayudante e hija-madre del protagonista. Narrador-testigo, narrador-personaje (Ricardo Gullón, “Relectura de San Manuel Bueno”, Letras de Deusto, nº 14, 1977, p.48).

Como ella, el narrador del Quijote, que, en realidad, es traductor, es decir, Cide Hamete, también es personaje y habla a un lector situado fuera de la página. Pero a diferencia de él, Ángela es partícipe en la acción y, como dice Gullón: “tal participación atenúa o al menos matiza la neutralidad en principio atribuible a narradores de su clase” (ibid., p.48). Con ello, es posible señalar que, si bien Unamuno utiliza el recurso del narrador ficticio que Cervantes pone en práctica en su novela, le hace también intervenir en la acción como personaje “real” que vive y siente los acontecimientos (sin olvidar que los demás personajes del Quijote también pueden ser narradores de otras vidas).

Lector de Cervantes, lector de Unamuno

Pero, sobre todo, uno de los puntos coincidentes con el tratamiento que hace Cervantes de este recurso en aras del distanciamiento de los personajes y de la libertad del que realiza la lectura como receptor de un relato contado por un narrador, en parte, imparcial, es el hecho de que las preguntas que se hace Ángela en su reflexión final, sus dudas, establecen una conexión clara con el lector, en la medida en que será a éste a quien le toque juzgar, o dudar, recreando la novela a su manera, como esperaría Unamuno. Porque él, ya que duda de ser el creador efectivo de su San Manuel; ya que duda, incluso, de su propia existencia por considerar más real a su ente de ficción, se permite la posibilidad de creerse, al menos, lector. Y así lo hace:

¿Cómo vino a parar a mis manos este documento, esta memoria de Ángela Carballino? He aquí algo, lector, algo que debo guardar en secreto. Te la doy tal y como a mí ha llegado… ¿Que se parece mucho a otras cosas que yo he escrito? Esto nada prueba contra su objetividad, su originalidad. ¿Y sé yo, además, si no he creado fuera de mí seres reales y efectivos, de alma inmortalidad? ¿Sé yo si aquel Augusto Pérez, el de mi novela Niebla, no tenía razón al pretender ser más real, más objetivo que yo mismo, que creía haberle inventado? De la realidad de este San Manuel Bueno, mártir, tal como me la ha revelado su discípula e hija espiritual Ángela Carballino, de esta realidad no se me ocurre dudar. Creo en ella más que creía el mismo santo; creo en ella más que en mi propia realidad. (Miguel de Unamuno, op. cit., Madrid, Castalia, 1988, p. 103).

Como bien expresa el crítico cervantista Paul Descouzis, la postura de Unamuno, “viciada por la inconsistencia y paradoja del profesor de confundir” (Cervantes y la generación del 98. La cuarta salida de Don Quijote, Madrid, Ediciones Iberoamericanas, 1970, p. 47), dificulta los aciertos de la exposición sintética. En efecto, expuestas algunas de las claves más importantes que desvelan la filosofía quijotista del escritor en su novela San Manuel Bueno, mártir, no resulta fácil abarcar la totalidad de su pensamiento al respecto e, incluso, cuando tras el intento, puede uno recordar que, para él, “toda filosofía es, pues, en el fondo, filología” (Obras Completas, IV, p.705). Si, al mismo tiempo, recordamos que antes que filósofo, Unamuno se sentía, sobre todo, poeta, dado que la poesía es aún más que filología, quedaría por ahondar en los significados de ese su lenguaje poético, más allá de la belleza formal interna o externa y, con ello, se hallaría un sentido mayor que lo sobrepasase.

Apenas una aproximación como ésta, que es la punta del iceberg que se erigía sobre todo lo que bajo ella el escritor vasco advirtió, podría permitir el entendimiento de su complejo pensamiento, las consecuencias que podía producir una novela escrita hace tanto tiempo, como es el intemporal Quijote, en un lector que antes de su lectura, ya se sentía de algún modo hijo, hermano, amante del Caballero de la Triste Figura; y, a la vez, permitiría el acercamiento a las razones que le movieron a escribir su gran novelita, San Manuel Bueno, mártir, cuando, tras una larga andadura por la vida, contaba con 67 años.

Mucho cambiaron sus ideas desde que un día, todavía joven, le asaltó la duda (ese monstruo maquinal y formidable que dirige nuestras más inopinadas decisiones vitales). La duda que ya no iba a dejar de acosarle hasta su muerte, la gran temida, en 1936. Pero en nada o en poco varió lo que desde el principio encontró en su particular biblia: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, artefacto literario y humano donde su alma se vio enteramente reflejada; alma que vemos vibrar en toda su obra, y que quiso ser también espejo del lector:

Cuando me creáis muerto
Retemblaré en vuestras manos.
Aquí os dejo mi alma, libro-
hombre, mundo verdadero.
Cuando vibres todo entero,
Soy yo, lector, que en ti vibro.
(Miguel de Unamuno, Antología poética, Madrid, Edic. El Escorial, p.444)

(23 abril 2020)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *