El momento. Valentín Carcelén. Chamán Ediciones. Precio: 10 €.
El momento. Valentín Carcelén.
Chamán Ediciones. Precio: 10 €.

En El momento hay un espacio para la denuncia de esa ceguera o autismo humano que nos lleva a habitar el mundo de espaldas al resto de las especies naturales.

Una de las mayores limitaciones del poeta es escribir con palabras que no tengan pasado. Valentín Carcelén lo consigue.

El albaceteño Valentín Carcelén (Madrigueras, 1964), tras un intermedio editorial, regresa a la poesía con un título que hace el quinto de los suyos, el cual sigue a la colección de haikus Hilo de hormigas. Traductor de los poemas exentos de Philip Larkin en Poemas sueltos 1960-1984 y del Londres de Samuel Johnson, el año pasado vio cómo se estrenaba su obra de teatro La Central. Esta vuelta se produce en una pequeña editorial de poesía emergente, Chamán Ediciones, que libro a libro está demostrando tino en la elaboración de su catálogo de colaboradores. Entre sus recientes títulos están los últimos de Pilar Blanco, Javier Sánchez Menéndez o Nicolás Corraliza Tejeda.

El momento, que estuvo en un tris de titularse «Una manera de medir el tiempo», goza de una unidad que precisamente le viene dada por el tema que lo vertebra: el paso del tiempo y sus efectos sobre las cosas y las personas. El cambio, podría decirse, es el asunto que sobrevuela la mayoría de sus composiciones. Está presente en ellas pero el lector no se sentirá abrumado ni aburrido gracias a la variedad de formas en que se aborda. Por ejemplo, algunos de los poemas que se incluyen en este libro que viene a romper un silencio de una década ―nos lo dice el propio autor en las palabras finales― nacen de la conmemoración de ciertos objetos artísticos, desde una película a un cuadro o una fotografía; en otros se escucha la voz del campo o las preocupaciones paternas; más allá nos encontramos con cuatro sonetos… Son diversas las tonalidades con que suena esa preocupación por el ser y el tiempo.

El poema inaugural realiza una distinción fundamental entre poeta y autor, entre personaje y persona. El ser es estar en lugares y en el tiempo. En la primera de las tres secciones que conforman el poemario aparecen los textos más metafísicos, se nos presenta una poesía de preguntas sin respuesta, reflexiva y a la vez sensitiva, atenta a la salida de la luna que replica «la curva de la adelfa», a la «la raíz interna del deseo» y «las heridas que no cicatrizan». También, como ocurre en «Viento de otoño», con un espacio para la denuncia de esa ceguera o autismo humano que nos lleva a habitar el mundo de espaldas al resto de especies naturales.

En la segunda parte comparecen los poemas más físicos, apegados a la tierra y a los fenómenos atmosféricos: una tormenta, una nevada o un mes de abril que se prefiere porque alberga «promesas de un mañana ya vivido». Nada es tan categórico en las secciones que componen El momento como lo estamos exponiendo, porque hay diversidad compositiva en su estructura, pero sí una línea de fuerza guiándolas. Así, la tercera sección, que se coronará con el poema final que otorga su nombre al libro, nos parece que está marcada por un notorio existencialismo: el pesimismo de «Los otros», donde se expone que todos los poetas, incluido el propio Carcelén, de alguna manera mienten; el cuestionamiento de nuestra razón de ser en el mundo cuando hemos perdido los referentes, por ejemplo, para trabajar con nuestras manos la tierra presente en «Relevo»; todo lo inefable que se queda por decir, ahogado en el tintero del pensamiento, de «Malditas cosas». A lo más que nos cabe aspirar es a encontrar «una voz en que decirse, / y ser de tiempo». A existir por la palabra, al fin y al cabo, aunque también se tematizan el temor ante la página en blanco y la insustancialidad del poema terminado, que se disolverá en las sombras hasta desaparecer.

El entierro de una mascota o ese viaje que será el último que hagamos un día, la reescritura de un poema de Borges sobre la lluvia o el afán del hombre por hacerlo todo mensurable para que quepa en una descripción o en una fórmula son algunos de los momentos memorables de un poemario que trata del tiempo y todo aquello que escapa a nuestros cálculos, como «las cosas que se nos mueren en las manos»: la edad, la luz, el agua o las palabras. Un poemario sobre nuestras limitaciones. Entre ellas, la principal para el escritor: «escribir con palabras que no tengan pasado». Algo que, en sus mejores poemas, Valentín Carcelén consigue.

 

El pluviómetro

Medir la vida, el alba, las ideas,
las manos, el estado de nuestra relación,
el crecimiento del almendro joven.

Medir el tiempo que hace afuera,
el tiempo que hace desde la última vez que estabas;
medir la luz del tiempo, el agua de las horas.

El tiempo que hace que compramos
un pluviómetro. Verde,
que no desentonara con las plantas.

Medir la intensidad
de los colores pardos en octubre,
las nubes perseguidas por otras nieves sucias.

El amargor de este café tan solo,
la luminosidad de las luciérnagas
en las inverosímiles películas del sábado.

Medir qué. A lo mejor yo quería saber
tan sólo cuánta lluvia
cabe entre nosotros.

 

El campo

A ciertas horas no hay nadie en el campo.
Hoy he salido. Atravesando tierras
que no me pertenecen, y caminos
polvorientos y serpeantes,
llego a este lugar donde mi mirada es la dueña.

Bajo altas nubes en las que el verano
se estira y se complace,
contemplo hasta donde mi vista alcanza,
y me detengo en algún punto
minúsculo del horizonte.

Otras veces, camino lentamente
y miro al suelo. Cada piedra, cada temblor
de insecto bajo mis pisadas, cada espiga
abatida y seca en cualquier ribazo
requieren mi atención como algo nuevo.

Como no puedo compartir con nadie
la emoción de mis insignificantes
descubrimientos, grabo en mi memoria
la amable letanía del crepúsculo,
el rastro de la hormiga, la sombra de la piedra,

el coro de la hierba crujiente bajo el pie.
Y en un regreso largo y silencioso
hago míos el campo y sus distancias,
y, por un instante, poseo
la eternidad dorada del verano.

Valentín Carcelén

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