Prospect Park. Diarios, 2014-105. Hilario Barrero.
Editorial Renacimiento. Precio: 18 €.

La labor del autor de diarios es salir a la búsqueda del tiempo y encontrarlo.

La escritura de estos diarios fue un acto de supervivencia.

Si Nueva York es la ciudad del trabajo y la envidia, Brooklyn es la región de los hogares y la felicidad, nos dice una cita de Christopher Morley que el poeta manchego Hilario Barrero ha puesto como pórtico de su última entrega diarística.

En el corazón de Brooklyn, Central Park, o, aún mejor, Prospect Park, con sus vistas sobre las colinas consuetudinarias, como metáfora del autor de diarios, cuya labor es «salir a la búsqueda del tiempo y encontrarlo», atento al rumor de la gente y al runrún de la historia, con mirada de poeta escuchar el latido constante de la vida: tristezas y alegrías, música y árboles, atardeceres y estaciones, asuntos cotidianos y excepcionales, finales y principios, desencuentros y abrazos.

El escenario por el que se desenvuelven las palabras de Hilario Barrero es un distrito de Nueva York pero también los libros, el Toledo de su juventud y la España con la que, pese a llevar más de cuarenta años en Estados Unidos, no ha querido ni podido poner distancia que no sea la nostalgia. Mejor que uno, lo expresa un párrafo de él mismo donde explica que durante mucho tiempo la escritura de estos dietarios era un acto de supervivencia: «Uno escribía para estar seguro de que la sangre seguía circulando con zetas y con eñes, que seguía sintiendo las notas agudas de la tormenta de verano, las notas llanas de la primavera y las esdrújulas artificiales del otoño, uno escribía para recordar a su madre y una calle que siempre estaba en penumbra, un río que traía oleajes de Salicio y Nemoroso, una torre que le puso sombra a su infancia y una navaja, no damasquinada, que le abría la mirada de par en par».

En esta nueva entrega, que recoge los apuntes de dos años, la escritura de Hilario Barrero se ha cargado de introspección, edad y nieve, de las nuevas rutinas a establecer obligado por su jubilación como profesor de literatura en la universidad: está ante una etapa a estrenar de la existencia y el tono crepuscular se adueña en primera instancia de una mirada que abre los cajones de la memoria y se posa sobre las vitrinas del pasado, haciendo recuento de desapariciones. ¿Adónde se han ido todas las flores?, se pregunta, recordando la letra de aquella canción de Pete Seeger en que se respondía que han terminado en los cementerios. Pero hay resquicios para la esperanza: el tiempo, casi siempre inmisericorde, a veces devuelve a la luz del presente aromas que han estado siglos arrumbados en un arcón, como ocurre con el Greco olvidado, al que ahora se dedica una magna exposición en el Metropolitan.

Entre las mareas de niebla y sol de los días que se suceden, en la forma de ensayar el diario del autor, afortunadamente, continúan destacando las que en mi opinión son dos características suyas peculiares y que lo distinguen: la capacidad de hacernos ver el barrio que late bajo la multicultural capital del mundo y la intensificación poética que es capaz de darle a casi todas sus entradas. Pocas anotaciones escapan a ese fulgor y temblor de la poesía con que Hilario Barrero barniza su prosa de diario. Con una atención «infantil», de ojos abiertos y expectantes, se las arregla para erigir ante los ojos del lector la maravilla de hacer próximo lo lejano, convirtiendo las tripas de la megalópolis «capital del Imperio» en un universo de pueblo, recordando el título de aquel poemario de Mario López aparecido en Adonáis, del que Barrero también se acuerda.

Ejemplo del lirismo que anotamos puede ser este 22 de septiembre en que asienta en el cuaderno apenas estas tres líneas: «Bajamos a la mina cada noche a buscar un diamante y regresamos, las sábanas del alba arrugadas, con un carbón mojado, fuego oscuro en las manos». Pero el lirismo es un acento, un rasgo personal, como lo es la narratividad que predomina en otras entradas. Al fin y al cabo, afirma: «Un diarista se enfrenta a diario con la realidad, un diarista no es un novelista, y esa realidad le cambia la vida». No se sale indemne de ese ejercicio de aplicar la lupa de la sensibilidad sobre la cotidianeidad, como no se pasa impunemente bajo la sombra de una palmera. Pero el escritor de raza persevera y continúa, siendo capaz de sacarle brillos incluso a lo mate. Literatura y vida. «Escribir un diario», remata en sus últimas líneas, «es formular la existencia humana en términos literarios porque la vida es el cuento de nunca acabar».

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