El placer. Guy de Maupassant. Periférica. Precio: 11,50 €.
El placer. Guy de Maupassant.
Editorial Periférica. Precio: 11,50 €.

Los maestros del cuento nunca fallan en las distancias cortas, tienen ese don del crochet directo a la mandíbula.

La atmósfera de la Francia decimonónica, finisecular, la de la sidra, la del champán o la de la absenta.

Son capaces de sacudir al lector con un hecho clave y a la vez de guardar el secreto de la historia, así como de levantar con un trazo la figura indeleble del personaje que la protagoniza. Uno de los maestros indiscutibles del cuento es Guy de Maupassant, entronizado por Zola gracias al inolvidable «Bola de sebo», y eso sucede por ejemplo en «La modelo», cuento que Periférica ha incluido en un libro titulado El placer. En una narración de aire romántico, en la que se presenta en medio de bañistas en la playa de Etretat, entre acantilados, a un joven pintor ya célebre y a su mujer, impedida, antigua modelo, bella y mundana, a la que empuja en un «sillón rodante» un criado, de pronto, la verdadera razón de la rareza de la pareja, que nos desvela confidencialmente un amigo del artista, nos deja helados.

El volumen consta de tres narraciones unificadas temáticamente por el título, procedente del de la película de Max Ophüls para la que eligió igualmente estos relatos. El otro breve, «La máscara», está ambientado de inicio en un baile de disfraces en el parisino Élysée-Montmartre, al que acuden con ganas de jarana, bajo el «atronador reclamo» de una orquesta, «gentes de cualquier clase, un poco crápulas, rozando el desenfreno». Se centra en la figura de un extraño bufón, con apariencia de joven patoso o de bailarín excéntrico, que esconde una sorprendente personalidad y se niega a entrar en razón con la edad, haciéndose pasar por un lozano donjuán y en su pobre mujer de la que siempre ha abusado tratándola como criada.

«La casa Tellier» es el cuento más largo con diferencia, casi un conato de novela corta en tres movimientos. Se desarrolla en el prostíbulo del título, con cinco chicas de alterne, regentado por una madama hija de campesinos, originaria de Virville, en el Eure, y frecuentado por «hombres honorables, comerciantes, jóvenes funcionarios del ayuntamiento». Maupassant describe este «lugar de reunión» con una minuciosidad realista certera, balzaciana, digamos. Aunque gran parte del argumento transcurre en la aldea natal de la madame, con su «infinito silencio, casi religioso» y en el viaje en tren hacia allí, con una vivísima descripción de los campos en sazón de colza o de centeno salpicado de refulgentes acianos, para asistir a una primera comunión, del burdel al completo, emocionadas todas «por aquel sosiego del campo dormido» y también por la inocencia original de la ceremonia, por encima de la hipocresía que domina la sociedad y el autor destapa.

De trasfondo, la atmósfera de la Francia decimonónica, finisecular, la de la sidra, la del champán o la de la absenta, que, al protagonista de «La máscara», «le fortalece las piernas, pero le debilita la mente y lo deja sin palabras»; tanto urbana, llena de vividores de toda calaña, actrices del vodevil o de varietés, estibadores y marineros tumultuosos, embravecidos, burgueses propensos a la molicie o ladinos viajantes de comercio, retratados con cuatro brochazos fulminantes; como rural, en cuya fijación costumbrista, en concreto de un pueblo normando con su desfile de «rústicos carromatos, carretas, cabriolés, tílburis, carricoches, coches de todas las formas y de todas las épocas», Maupassant echa el resto en la narración central.

La ejemplar editorial Periférica ya había publicado con anterioridad tres títulos muy significativos de Maupassant: las nouvelles El doctor Heráclius Gloss y Los domingos de un burgués en París y el texto memorialístico Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert. Circunstancia que aprovechamos para recordar al que fuera su editor, Julián Rodríguez, referente en los últimos años no sólo del mundo de la edición, sino de la literatura y el arte en general, a quien tanto debemos como lectores y que, por desgracia, murió repentinamente este verano.

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