A veces, algunas palabras que parecen ignoradas, cuando se ordenan, pueden alcanzar un eco durante siglos.

Sucede igual con todo aquello que nos compone y que perfilamos cada día, que hay que ordenarlo sin descuido.

Hoy, pasear es imposible, sí, pasear no es posible hoy. Atender a este mensaje nos muestra una frágil y difícil realidad para el alma de una sociedad del presente. Vivimos el resultado de lo que nunca pensamos experimentar en un tiempo que es nuestro, e instalados en sensaciones desconocidas, vamos asumiendo, por obligación, la soledad que negamos a cada instante, la que pone todo “patas arriba”. No importa de cuál se trate, casi siempre, en lo profundo, terminamos por rechazarla, incluso sabiendo que nos hace mucho bien. Pero su llegada, en esta ocasión, trae oportunidad y profundidad, un tiempo para idear aquello capaz de mejorar cuanto no funciona.

Como ya no nos expresamos sino a medias y esa liberación no termina de liberar, y tampoco la vida  es un tren que pase a una hora en punto, sino instantes desordenados, parece haber llegado, otra vez, el momento de pensar. El de detenerse a ello. Pero no como Sócrates o Platón propusieron, pues aunque su pensamiento fue muy fecundo, también fue error creer que la razón pura podría suplantar a la vida. Ahora necesitamos un pensamiento que tiene que ver más con el corazón, con el ordo amoris de Scheler, y que señala también Zambrano. Con uno capaz de plantearse las preguntas propias de una mente libre que cuestiona su existencia. ¿Qué ha dejado de funcionar? Tan solo hay que detenerse un momento frente al espejo, observar por una ventana o caminar mirando adentro para darnos cuenta de que somos otra pequeña parte más de la historia que debe mejorar los modelos obsoletos. Una parte que se encuentra dentro de la línea del tiempo a la que le ha tocado erradicar, en 2020, la hipertrofia de lo emocional. ¿Qué hacer cuando estamos en la antesala de un derrumbe? Somos demasiado pequeños como para sentirnos invencibles. El otro día, un amigo, Jesús, me hizo pensar más allá cuando me compartió su idea de “que la bomba nuclear que hemos podido temer desde hace años, no ha caído en Hiroshima, ni tampoco la hemos visto por televisión, sino que ha explotado en cada uno de nuestro hogares”. No pude replicar nada porque es cierto. Ha comenzado una guerra sin apenas darnos cuenta. Y la tenemos en el hogar, en nosotros, en quienes han de pensar con el corazón.

Y ahí nos encontramos, sosteniendo la ansiedad que provoca el hecho de tener el problema quemándonos en las manos. Y la vida nos llama, y nos dice “ven, actúa, haz y evoluciona”. Y, como contra a lo malo, tenemos la soledad y también el tiempo para pensar más, mejor y unidos. También tenemos dos opciones que predominan entre otras de menor importancia: la de hacer o la de no hacer. La crisis sanitaria y las otras, que vendrán a posteriori, no serán un fracaso, ni deberíamos entenderlas así. Elevando la mirada, quizá deberíamos ser más conscientes de esta prueba tan fehaciente que nos confirma la finalización de un ciclo. Y ¿qué será lo siguiente? Me pregunto mirando un cielo cada vez más limpio. Tal vez sea revisar lo creado, y por dañado que se encuentre, utilizarlo como herramienta de mejora. Sería como la continuidad de la naturaleza que, generosa siempre, regala la oportunidad de pensar con el corazón nuevos ideales, la continuidad futura de aspirar, ahora más que nunca, hacia lo verdadero, lo justo, lo bondadoso y lo bello. Porque todo esto sí que prosigue, aunque estemos recogidos, es en el interior donde están las aspiraciones que mañana serán sociedad.

Desde hace años, me acompañan Thoreau, Whitman y Emerson. Me detengo en sus ideas de recuperar tiempos más lentos y contemplativos, también horizontes menos tóxicos. Me entretengo en imaginar otros modos de vida no tan desquiciados y artificiales. Ni tan consumistas o vacíos. Es cierto que hoy no podemos pasear y que tenemos que superar la pandemia. Pero ¿qué quedará después? Hacer, no dejar de hacer una vida nueva, dotarla de verdad, de valores y de los principios olvidados. Tener el amor ordenado, como afirmaba San Agustín.

Si conseguimos ser lo suficientemente humildes y adoptamos una actitud receptiva, puede que pronto estemos en otras formas, y también, puede que no. Pero pensemos en el hecho tan pacífico de mirar a aquella parte de la historia a la que pertenecimos y encontrar en ella coherencia desde el principio hasta el final. Imaginen que la sensación de haber pensado con el corazón produjera, desde hoy, un eco tan expansivo que durara siglos.

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