Llamarse nadie. José Luis Gómez Toré. Polibea. Precio: 10 €
Llamarse nadie. José Luis Gómez Toré.
Polibea. Precio: 10 €

En Llamarse nadie se aprecia un vigor poético próximo a la poética del silencio, una propensión a decir cuando los versos callan.

Parece cerca de la filosofía del haiku, muestra de una expresión tan desnuda como intensa porque el ser no necesita ropajes innecesarios.

El director de Polibea, Juan José Martínez Ramos, mantiene una digna colección, estupendamente editada, «el levitador», con una magnífica andadura. El último número publicado hasta la fecha, el 85, lleva un título tan honesto como emblemático, Llamarse nadie, perteneciente a José Luis Gómez Toré. Se trata de un volumen de composiciones poéticas seleccionadas por Óscar Curieses, cuyas palabras preliminares son suyas, a las que le siguen unas notas de consideración por parte del autor.

Llamarse nadie es una antología correspondiente a siete libros de poemas (Se oyen pájaros, He heredado la noche, Fragmentos de un cantar de gesta, Claroscuro del bosque, Un corte que no sangra y Hotel Europa), escritos entre 2003 y 2018, a lo que habría que añadir un par de inéditos. Lo primero que llama la atención es el orden no cronológico, ejecutado, o dicho de otra manera, el guiño del autor para con el lector en no dar pistas de cada composición, porque el sentido es ofrecer una publicación nueva. No obstante, si el lector quisiese reconocer una composición dentro de uno de los libros, el autor, para tal fin, ha dispuesto al final, un «apéndice» con la procedencia de los textos. En cualquier caso, el propósito del libro queda explicado por su autor con precisión en las palabras previas: «hemos decidido prescindir de esa red de seguridad [refiriéndose a la ordenación cronológica] y ver qué pasa cuando textos de distintas épocas, separados a menudo por casi veinte años de escritura, dialogan entre sí. La ordenación tampoco es estrictamente temática, pero sí ha buscado atender a motivos, imágenes, obsesiones que se van repitiendo en cada libro». Tal consideración diseña un espacio de interés: conocer la poesía de Gomez Toré y ver qué relación encuentran las composiciones reunidas en este volumen.

En segundo lugar, es significativo que, a pesar del tiempo transcurrido, el autor no haya querido introducir cambios. Ha preferido que el lector que conociera uno de sus libros siguiera reconociendo las composiciones en este nuevo. En boca del autor así queda expresado: «algunos poemas (los menos) se recogen con algunas correcciones (mínimas)».

Gómez Toré ha decidido que Claroscuro del bosque apareciese íntegramente. Asimismo, llama la atención que el autor madrileño haya querido apartarse de su primer libro, Contra los espejos, él mismo se refiere a él como «mi prehistoria poética». Lo que muestra un alto nivel de autoexigencia en la tarea de selección de textos.

Entendiendo que Llamarse nadie es un nuevo libro cabría decir que cuenta con una estructura en capítulos recogidos bajo un membrete común: el blanco. Y para su clarificación, volvemos a las palabras del propio autor: «de una manera intuitiva y ciertamente confusa, cada vez más tengo la sensación de que la escritura del poema es una especie de acercamiento, una suerte de cerco a un territorio blanco, un espacio que es y no es el de la vida». Al construir este territorio, el sentido de la existencia no tendría una concepción parcial o indolente, sino que se concibe con impresionante frescura y agudeza, como si al subir al mirador de una montaña viésemos lo que hemos sido, lo que somos y acaso intuyamos lo que seremos. Según leemos en «El territorio más blanco», «un lugar más doloroso / aún más extraño que la vida. // Si ello fuera posible». Y, tras el blanco, el silencio: «Podría no decirlos. / Son fragmentos. / La urdimbre de la nieve». Tal vez, porque la palabra no conciba toda lo experimentado, como si fuera incapaz de aprisionar la realidad.

De acuerdo con la tesis que sostiene Curieses, la poética de Gómez Toré extrae los jugos de dos tendencias poéticas, «la poesía de la conciencia crítica y la poesía del silencio». Ciertamente, los materiales de acarreo de algunos poemas están hechos con partes de nuestro pasado, con fragmentos que preocupan al ser, así vemos en «Carta urgente para Marc Chagall», «Ovidio, borracho, escribe a Roma» o en «Después de la historia», entre otros. Sin embargo, en este volumen se aprecia un vigor poético próximo a la poética del silencio, una propensión a decir cuando los versos callan. Consecuentemente, los poemas son irrefutables, el estilo nominal, la inclinación a redefinir con palabras adecuadas, la contención de las emociones y de las palabras, el empleo de elipsis, la expresión concisa y definitoria, evocadora de imágenes, rara vez hiperbólica, alambicada, verbalizada, incontenible. La palabra no sólo tiene un referente, sino que provoca una imagen, donde el poeta consigue asociaciones insólitas que van más allá de las apariencias: «Una sábana azotada por la lluvia / nombra la sed sufrida por el agua, / el río que perturba los ojos del caballo».

Algunos de los singulares rasgos estilísticos nombrados se manifiestan en la lectura del soberbio haiku que es «Jardín sin nadie»: «Jardín sin nadie / duerme bajo la lluvia. / No abras la verja»; también en «Sin memoria»: «Apacienta las cosas. / Aguarda a que te llamen / aunque sé la impaciencia que precisan». En «Orillas de Araguaia», el acto de ver provoca mirar para adentro: «Aquel que lee las aguas atesora / callada lentitud». Y la delicada prosa poética, «La mujer en la luz», se apoya en el cuadro de Vermeer hasta traspasar lo mirado. En estos cauces expresivos demuestra Gómez Toré su versatilidad en el uso de un lenguaje que practica la belleza de lo conciso, en el deseo de decir casi susurrando, a medio camino entre el epigrama y la sentencia, como ocurre en la resolución que plantea la antítesis de la composición «Caligrafía»: «Me acerco a la ventana. / Un aleteo oscuro. / Una página en blanco». Tal vez nos recuerde a Valente en la interrogación retórica: «Qué es más frágil, / esta rama de árbol, / o su sombra». Y en ella, como en tantas otras, Llamarse nadie parece cercano a la filosofía del haiku, muestra de una expresión tan desnuda como intensa porque el ser no necesita ropajes innecesarios: el fulgor del instante, la aprehensión de lo mínimo y la palabra contundente.

 

 

Marzo
Una flor
entre las hojas del almendro. 

No significa nada.
Alberga
esta espera sin nombres. 

Se demoró dos años.
Fugaz
queda en su abrirse,

breve incendio,
nieve que se funde tan lentamente
en el riesgo del aire.

 

Piedra 
Mi hijo, el más pequeño,
arropa con un pañuelo una piedra.

«A dormir, piedra», dice.

Compruebo que es verdad:
la piedra duerme.

 

Palabras de Tiresias
Llamarse Nadie
como tú, Odiseo.
Ni hombre ni mujer.
Ni ciego ni vidente. 

Solo beber la sangre
de un animal de olvido.

 

Elegía 
Son demasiados signos para este tiempo adicto a las
catástrofes. El reflejo del sol en la piscina, las cargas
policiales, los gritos de los niños en el agua, el río que se
arrastra con pereza infinita entre los basurales de
Maputo, la historia interminable de la sed. Demasiada
ironía. Como si nos sobraran las palabras. Como si no
estuvieran ya rotos los espejos.

Son pocas las certezas: no ordenar las imágenes, no
borrar la sutura, mantener a distancia el porvenir.

José Luis Gómez Toré

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