La memoria de los vivos. Phil Camino.
Galaxia Gutenberg. Precio: 18 €.

La memoria de los vivos comienza con las guerras carlistas entre borbones y Habsburgo, en 1835.

El escenario en que transcurre es un México apasionante, que Phil Camino ha sabido recrear y poner ante los ojos de los lectores de un modo vivísimo.

Comenzamos a leer a la novelista Phil Camino con su segunda obra, Rehenes, que narraba un asunto de gran dureza, el mismo que luego abordaría en Patria Fernando Aramburu: el terrorismo nacido del nacionalismo excluyente, el nazionalismo con zeta, contado desde una perspectiva coral. Su siguiente título fue Diez lunas blancas, de contenido no menos áspero: la pérdida materna de un hijo. Sin ser propiamente una ficción, la sensibilidad puesta en aquel relato tocaba las fibras del lector, que cambiaba al ritmo de las páginas, como cambiaba la protagonista al reflexionar sobre su vacío y el proceso del duelo. Su tercera novela, La memoria de los vivos, vuelve a encarar un tema que no es fácil: la historia de aquellos que se vieron obligados a emigrar para buscarse el sustento, que vivieron, lucharon y, vencedores sin victoria, no tuvieron otro remedio que volver a su lugar de origen.

La memoria de los vivos comienza con las guerras carlistas entre partidarios de borbones y Habsburgo, en 1835. Dos hermanos hacen el viaje trasatlántico con la intención de regresar algún día distinguidos por la hidalguía del dinero. El salto a las Américas que tantos paisanos de aquella España atrasada y convulsa dieron con la esperanza de hallar un futuro. En este caso, un jovencísimo pastor del valle cántabro de Soba que protagonizará una historia de expatriación y exilio, de superación y éxito: el periplo por México de un aventurero dispuesto a enriquecerse a base de su propio esfuerzo para «no volver a segar un prado, ni él ni los suyos». La «biografía» de lo que conocemos por un indiano. Pero no solo, pues en el relato se entrecruza también la narración del éxodo de una menguante buena familia irlandesa, de modo que terminarán siendo paralelas y uniéndose como dos afluentes de un mismo caudal hasta conformar el alzamiento y caída de una misma estirpe.

El escenario en el que transcurre la novela es un México apasionante, que Phil Camino ha sabido recrear y poner ante los ojos de los lectores de un modo vivísimo. Ese país al que los norteamericanos le han pegado un bocado en 1850, invadiendo casi dos millones de kilómetros cuadrados y apropiándose de Texas, Nevada, Utah, Colorado, Nuevo México, Arizona y Baja California, es al que llegan los inmigrantes europeos. «Era un mundo nuevo en un país de proporciones casi infinitas que estaba aún por definirse y desprendía una energía feroz, pero era a la vez un mundo que se agarraba con una turbia melancolía a una historia, la de Europa, de cuyas estirpes descendían casi todos los allí presentes», se nos dice. Una nación de oportunidades únicas para quien no se le cayeran los anillos trabajando, para quien no temiera arrostrar peligros viajando por comarcas casi con más saqueadores que personas, para quien fuera capaz de comerciar distinguiéndose de alguna manera de los demás. En estos momentos, conviene no olvidar que el de Tampico era el segundo puerto mercante del mundo, nada más superado por Nueva York.

Asistimos, así, a la evolución de dos familias unidas por lazos matrimoniales y a un relato sobre el emprendimiento en una época apasionante. Al desmoronamiento del orden español del 98, le sucedió un periodo de prosperidad pacífica al que pronto iba a sacudir la revolución mexicana. Con la aparición de las cartucheras de Zapata y Orozco, comienza una lucha por el mantenimiento del statu quo que permitía el progreso empresarial a los extranjeros. Vemos cómo se busca un equilibrio entre las demandas del pueblo y los intereses de las elites, contemplamos al patriarca de esta estirpe de emigrantes tratando de anticipar hacia dónde soplarían los vientos de la Historia, procurando erigirse en actor y espectador de los nuevos tiempos, marcados por la cólera y el ímpetu de los pioneros.

Igual que en sus dos anteriores narraciones, hay un elemento intimista que se nos expone con gran delicadeza —«es condición de casi todas las familias que lo que se ve desde fuera no es nunca lo que sucede dentro»—, pero, sobre todo, sobrevuela sobre todos los personajes una clara conciencia del cambio que les está sucediendo. Son existencias revolucionadas, bien desde dentro, bien por acontecimientos externos, las que describe con maestría en sus últimos libros Phil Camino.

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