Carl Rogers fue un psicólogo clínico estadounidense (Illinois, 1902 -California, 1987) que terminó convirtiéndose en uno de los terapeutas más importantes de la corriente humanista.

Fundó un centro independiente de pedagogía en Rochester (Nueva York) y, en 1952, fue invitado a hablar acerca de <<La influencia sobre la conducta humana y su enfoque en el aula>> en la Universidad de Harvard. Sus reflexiones sirvieron como blanco de críticas para los asistentes al encuentro.

Rogers señaló en su conferencia la dificultad que supone enseñar, pero no fue el primero en apuntar este hecho. Freud ya declaró la existencia de las tres profesiones imposibles: gobernar, psicoanalizar y educar. Para Rogers todo lo que pueda enseñarte otra persona “es relativamente intranscendente y no ejercerá apenas influencia sobre tu conducta”. El único agente de cambio en el aprendizaje, en el proceso analítico y en el papel de ciudadano es, en definitiva, uno mismo. La enseñanza solo tiene éxito cuando enseña a aprender, es decir, cuando consigue que los alumnos piensen por sí mismos, pero esto es casi imposible tal y como está planteada la educación formal. Las personas, además, tenemos actitudes de defensa que nos impiden aprender y, sólo solventando estas barreras psíquicas, podremos asimilar nuevos conocimientos. Todos, en mayor o menor medida, nos quedamos anclados en los estados psicológicos que nos proporcionan mayor sentimiento de confort, y la asimilación de un nuevo conocimiento supone atravesar esta barrera. La escuela debería tener como objetivo principal ayudarnos a enfrentarnos sin temor a lo que no sabemos, aprender a escuchar a otros, y así ilustrarse de las experiencias de otras personas. Cada persona, para aprender verdaderamente, debe plantearse sus propias incógnitas y tratar de esclarecerlas, acercándose así al verdadero significado de su propia experiencia.

Todas estas conclusiones incendiarias, que apuntan hacia la imposibilidad de la educación, son comprensiblemente incómodas, ya que hacen tambalear las bases de todo nuestro sistema educativo. Así, que existan personas que consigan sacar un provecho de la educación formal, parece no depender directamente de los colegios, institutos o universidades, es decir, de una relación causal relacionada con el paso por estas instituciones. El hecho de que terminemos aprendiendo depende de una relación personal con el conocimiento y con las personas que nos ayudan a conformarlo. Las relaciones humanas son la base del conocimiento significativo.  El aprendizaje no se realiza en un espacio aséptico, las relaciones interpersonales que se establecen atraviesan las aptitudes de los alumnos. Los estudiantes con buenas relaciones entre sus compañeros también establecen una relación más positiva hacia la escuela. Un profesor empático ayuda a generar un clima de seguridad en el aula y tiene un papel fundamental en que la experiencia del aprendizaje sea positiva.

En 1968 Rosenthal y Jacobson realizaron un experimento que se conoce como “Efecto Pigmalión en la escuela”. Los investigadores, después de pasar test de inteligencia a los estudiantes y observar que todos tenían aproximadamente la misma puntuación, seleccionaron de manera aleatoria el 20% y alteraron sus resultados. Los profesores recibieron los resultados de las pruebas y creyeron que este porcentaje de alumnos eran mucho más inteligentes de lo que habían demostrado las pruebas. Las expectativas más positivas que los profesores colocaron sobre este conjunto de alumnos provocaron que, al final del curso, todos ellos mejoraran significativamente sus puntuaciones respecto al resto de sus compañeros. Para que las notas de los alumnos mejoraran los profesores solo tuvieron que confiar en que estos estudiantes eran sobresalientes.

Como conclusión, los resultados de este experimento demuestran que poniendo el foco en el aspecto humano e interpersonal. la educación y nuestro aprendizaje pueden mejorar.  La escuela ejerce un importante papel en la socialización de las personas, y los profesores son referentes clave para sus alumnos. Rogers propone frente al profesor tradicional el <<facilitador del aprendizaje>>. Este facilitador promueve un aprendizaje individualizado a las necesidades e intereses del alumnado, que le permite cometer errores sin miedo a ser juzgado, y sobre todo que le motiva a seguir aprendiendo.

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