Ocho discursos sobre el judaísmo. Martin Buber.
Editorial Trotta. Precio: 17 €

“Los estudios de Martín Buber tratan, básicamente, del judaísmo en cuanto fenómeno de la realidad.”

“El misterio de la existencia requiere sinceridad, templanza y lucidez.”

Muchos años después comprendí que había errado con algunos libros que frecuenté en mi primera juventud. Ahora, más benevolente acaso por la edad, pienso que, siendo así, el paso por ellos fue seguramente necesario; diría más bien que me distraje, aunque de aquellas calendas existencialistas y estructuralistas hoy sólo salvaría, y de qué manera, a Albert Camus.

Por aquel entonces me pasaron desapercibidos pensadores que luego han sido fundamentales para conformar mi manera de mirar el mundo y tratar de entenderlo. En general, quienes comprendieron que ante la anomia moral de nuestra época, semilla del baño de sangre y del exterminio de las conciencias que infligieron los totalitarismos, era inútil, a más de erróneo, agarrarse a las ideologías, que la clave estaba en preservar frente a la barbarie y el horror masificado una ética interior, dirigida hacia el prójimo y sostenida en la cultura. Nombraré algunos muy distintos entre sí: Karl Jaspers, Hannah Arendt, Paul Ricœur, Jean Grondin, Raymond Aron y, en este orden de cosas por encima de todos, Emmanuel Levinas. Pues bien, en el origen de este pensamiento, en el principio, siempre estaba, con Franz Rosenzweig en segundo plano, Martin Buber y su seminal Yo y tú.

Buber nació en Viena en 1878, pero su familia procedía de Galitzia, donde está el germen, creo, de lo más granado de la literatura centroeuropea de la primera mitad del s. XX; pensemos simplemente en los incomparables Joseph Roth o Soma Morgenstern. Su abuelo Salomon, erudito talmudista, con el que se crio, era natural de Lemberg, esa ciudad encrucijada, llamada así durante el Imperio Austrohúngaro, pero también Leópolis, y en pocos años, entre idas y venidas, Lwów por los polacos, Lviv por los ucranianos o Lvov por los rusos. A finales del s. XIX, a raíz de la publicación de El estado judío de Theodor Herzl, el sionismo había adquirido tintes políticos, Buber se adhiere al movimiento, que nunca abandonaría, pero, lejos de la defensa de un nacionalismo excluyente, se inclina por una cosmovisión existencial y cultural de renovación absoluta, reconversión o transformación de la «realidad interior» del hombre. Para luego retirarse y dedicarse al estudio del jasidismo, corriente mística de la que se imbuyó en su niñez en Lemberg, al cabo cardinal en el enfoque ético del mundo que citábamos de entrada y, por ejemplo, en la obra sin par de Kafka.

Aun siendo profano en la materia, en lo concerniente al concepto y el alma del judaísmo, su sustancia, sentido y labor, los siete discursos sobre el judaísmo y uno último sobre la juventud, la religiosidad y la religión que componen el volumen me han resultado sugerentes en extremo, en particular en lo que respecta al deslinde entre la vieja tradición oriental y la occidental asimilada del judaísmo europeo, entre ambas mentalidades de origen tan distintas, que Buber siempre intentó sintetizar en lo que denominó camino sagrado, que se debe emprender en comunidad, lo que nos remite a los kibutz. En su conjunto, «tratan básicamente del judaísmo en cuanto fenómeno de la realidad», de «la relación irreductible con Dios», tanto desde la óptica de la cultura como de la doctrina, tanto desde lo histórico como desde lo espiritual.

La cuestión judía, al fin y al cabo, como reclama Buber esclareciéndola progresivamente en las sucesivas conferencias, es una cuestión de la humanidad, «pues en el fondo lo importante no es la experiencia vivida, es decir, una subjetividad sin ningún tipo de vínculo, sino la vida»; representa la fuerza del espíritu y su legado a lo largo de los siglos, pues el autor, representante del humanismo hebreo, plantea la necesidad de un vínculo con el pasado a partir de la memoria, la correa de transmisión que está fallando hoy en Occidente; apunta directamente al misterio de la existencia, para la que pide sinceridad, templanza y lucidez. Y por eso estamos ante un libro que nos entraña y nos consuela.

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