Este es verano para apreciar lo que tenemos más cerca.

Este es verano para quedarse; para no tener prisa; para explorar lo que creíamos ya descubierto.

VERDE

Cuando se conocieron tenían poco más de veinte años y para romper el hielo él preguntó: ¿Cuál es tu color favorito?

Para su trigésimo cumpleaños le regaló un fin de semana en una casa rural, perdida en un valle tan verde que parecía de mentira, un póster de esos con un paisaje perfecto y una frase cursi.

Cuando cumplió cuarenta le compró un colgante con una esmeralda en forma de lágrima que la hizo llorar de emoción.   

A los cincuenta la invitó a cenar a un restaurante muy fino, cuyo plato estrella era una ensalada de tréboles y aceitunas, esferas de albahaca y menta, gelatina de algas y aire de lima y musgo.

Cuando hizo sesenta hicieron un viaje hasta Cabo Verde y respiraron la espuma del mar paseando de la mano por la playa.                                             

Para los setenta, le dio una foto en un delicado marco de jade. Aparecen los dos sonrientes, mirándose embelesados a los ojos y a las patas de gallo.         

Hoy cumple ochenta. Le ha regalado la esperanza. 

AZUL

A la vuelta de la consulta, se ha sentado en el sofá y ha borrado de su memoria la mirada de lástima con la que el médico le ha comunicado el diagnóstico. Ha destapado la vieja máquina de coser y ha sacado de debajo de la cama la enorme caja de su colección de retales.

Algodón índigo para viajar a oasis rodeados de desiertos.                         

Lino cobalto para escuchar la suave y fresca voz de su madre.                   

Satén celeste para flotar en el espacio intentando ignorar a las estrellas que no paran de provocarla con sus guiños descarados.                                         

Crepé marino para bucear entre peces de colores que le hacen cosquillas en los pies.                                                     

Popelín Klein para retener las pinceladas en forma de sonrisas de amigos.     

Terciopelo turquesa que le acaricia la mejilla como una ola del Caribe acaricia la orilla. 

Franela añil para atrapar la calidez de los besos recibidos.                               

Tafetán cian que la transporta a los días felices y ligeros de su juventud.       

Seda Prusia para resbalar por los recuerdos que no hacen daño.       

Cortar, combinar, coser, rematar… Acabar la colcha y envolverse en el patchwork de los azules infinitos del universo.

NARANJA

¡Qué placer! Tumbarme en la hamaca de rayas de color naranja chillón, la que amarró Luis a los troncos de dos pinos resineros de corteza anaranjada, los árboles más viejos del jardín.             

 Luis ya no está. Se largó sin decir ni a como las vendo con la chiquita de la panadería, esa que llevaba el pelo teñido con mechas naranjonas, llamativas y vulgares a más no poder. Siguen juntos y él va diciendo a todo el que lo quiera escuchar que encontró su media naranja de la manera más tonta, yendo a comprar el pan.                                           

A lo mejor se pensaba que yo iba a salir corriendo detrás de él o a hacerle un drama. ¡Naranjas de la China! Nunca se lo confesaré, pero me hizo el favor de mi vida.

¡Qué placer! Balancearme al ritmo pausado del atardecer, cuando en el cielo tiemblan llamas anaranjadas, cuando las nubes son pequeñas hogueras y el sol es una naranja de fuego.                                                           

Y alargar el brazo, llegar con la mano hasta el horizonte, agarrar el sol, apretar y exprimirlo. Convertir sus últimos rayos del día en zumo. De naranja. 

GRIS

De mi padre he heredado esa nube negra que siempre está suspendida sobre mi cabeza, de la que no me puedo desprender.

De mamá he sacado una mirada limpia que desarma a quien se me acerca con intenciones perversas.                             

 Mi padre me ha legado sus oscuros pensamientos sobre cada ingrediente de la vida.                                                         

 Mi madre me ha dado un alma clara y sin complicaciones que me reporta recompensas increíbles.                         

De padre tengo estallidos de rabia ciega y lúgubre que me dejan agotado hasta el colapso.                                                       

De mami, la risa argentina y contagiosa que me avergonzaba en el colegio, pero que ahora siento catártica, liberadora.

Herencia paterna es el rencor turbio que a veces desborda desde mi interior y no me deja avanzar.

De mi madre me ha quedado su carácter diáfano, su optimismo luminoso sin fisuras.

Mi padre aportó el negror, mi madre la blancura.                                                     

Me llamo Gris.

Este verano mi paisaje se pinta de verde, de azul, de gris y de leves trazos anaranjados.

Es un verano de cercanías y no de remotos destinos, y el mío ha resultado ser el de la sierra de Guadarrama.

El azul claro de los cielos diurnos y limpios, el azul insondable de unas noches en las que se pueden ver estrellas, el azul del agua de los pantanos que aparecen ante la vista cuando se sube a una cumbre o cuando se dobla una curva de la carretera.

Los brochazos anaranjados y verticales de las cortezas de los árboles, que a veces tienden más al rojo apagado y otras descaradamente hacia el marrón.

Los verdes de las agujas de las copas de los pinos, de las hojas de los robles y las encinas y la alfombra de helechos que cubre las laderas y flanquea los senderos.

El gris omnipresente de las rocas del granito endémico, que surge en los caminos y en las dehesas, que forma parte de la arquitectura de los pueblos, que es base para inscripciones, esculturas y memorias.

Los colores me han guiado y acompañado por la Senda del Arcipreste, junto al Alto del León, y me han señalado la arqueta que guarda un ejemplar de » El libro de Buen Amor»; entre grises y verdes he recitado para nadie unos versos en voz alta.

En La Jarosa, puntos azules en los troncos indican el camino que va » En busca del agua»: la de los arroyos, cantarina, y la del embalse, calmada y silenciosa. Los puntos grises llevan hasta » El bosque plateado», un grupo de pinos laricios de más de quinientos años de antigüedad a la vera de Cuelgamuros.

En Los Molinos, las cañadas discurren entre casamatas de hormigón triste y trincheras hechas a pico y pala para la Guerra Civil, y llegan a la ermita de la Virgen del Espino, en paseos sombrosos y tranquilos de jaras y fresnos de verde suave.

Y tantas rutas más… Las he encontrado solitarias y apacibles, perfectas para ser disfrutadas a primera hora de la mañana, cuando los colores están más vivos, más frescos, sin apagar por el calor, con todos sus matices bien perfilados.

Tras las caminatas, el descanso en la casa familiar tantos años abandonada, tantos años ignorada y traicionada por viajes a lugares lejanos. La casa de piedra con la hamaca de rayas en el rincón más umbrío del jardín; en las habitaciones, viejas colchas de retales cubriendo camas que conservan los somieres de muelles; en el baño grande, los espejos de imitación a jade encima del lavabo magullado. La casa centenaria rodeada del enorme terreno en el que reina la gran roca de granito que surge de la tierra entre el roble y el pino, a la que nos subíamos de pequeños para creernos escaladores coronando un ochomil.

Este es verano de maletas pequeñas, de viajes sin avión, sin pasaporte y sin fechas cerradas.

Este es verano para apreciar lo que tenemos más próximo.

Este es verano para quedarse, para no tener prisa, para no devorar kilómetros de otras latitudes, para explorar lo que creíamos ya descubierto.

Este es verano de colores cercanos.

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