Compán, aunque intermitentemente, nunca ha dejado de escribir poesía.

Un libro que vale por una vida y una poesía desasida de muletas, que alcanza a ser raíz y vuelo, memoria y sueño.

No es algo que ocurra todos los días. Que un conocido novelista —finalista del Planeta, Premio Jaén y Andalucía de la Crítica, por solo citar algunos de sus galardones—, de repente se revele como poeta, presentándose con un primer libro de versos, desde luego es poco habitual. Pero que ese libro, como ocurre con Corazón sin sueño, de Salvador Compán (Úbeda, 1948), además recoja el trabajo de toda una vida secreta de poeta, puede calificarse de gloriosa excepción. La editorial Juancaballos, junto a la Fundación Huerta de San Antonio, que con anterioridad han editado por ejemplo a Antonio Muñoz Molina y a Joaquín Sabina, son las responsables de la colección en que aparece con diseño del artista Juan Vida.

En el prólogo que antecede a la selección, el autor de El hoy es malo pero el mañana es mío —título machadiano de su última narración— expone que la suya es una conciencia de prosista y de poeta ocasional, que acude al lenguaje intensificado del verso en contadas ocasiones, cuando determinadas vivencias le solicitan algo que nada más es capaz de encontrar «en la tensión del lenguaje, en el poder de síntesis y en la precisa ambigüedad» de la lírica, algo en lo que siempre ha estado próximo por su modo de escribir relatos. También nos informa de que el núcleo central de su relación con el género fueron los poetas que abrieron una ventana a la realidad en «los tiempos de dictadura y cielos color de rata», cuando los autores comprometidos con lo social como Alberti, Neruda o Vallejo estaban prohibidos en España.

Corazón sin sueño, como selección propia o antología personal de los poemas escritos durante toda una vida, se estructura en unos bloques nítidos, ordenados por el autor —nos dice— no con criterios temporales sino temáticos. Cosechados en secciones de sentido, funcionan a la perfección para darnos una visión de «continuidad de la voz» a través del tiempo, pese a abarcar un periodo que va de la adolescencia hasta ahora mismo. Se ha hecho criba, mucha reescritura y añadido composiciones recientes; el autor, como miembro de la asociación sevillana de poetas y pintores Cuadernos de Roldán, aunque de forma intermitente, nunca ha dejado de escribir poesía. Un ejemplo de esa reescritura y de esa voz mantenida en la edad se nos muestra en la segunda parte del prólogo, donde se afronta la emoción de un poema antiguo desde la perspectiva tanto del hombre como del artesano del verso de hoy en día. En ambos, como en el conjunto de toda su obra poética, queda a las claras la latencia de una conciencia cívica cuya ética primordial es la reivindicación de «la esencial igualdad entre las personas».

La primera de las cinco secciones en que se estructura el poemario, «Vita brevis», presenta unos apuntes de su propia biografía, con poemas que tratan la infancia, el servicio militar, la educación sentimental y política en aquel país inventado y «crecido en el bisbiseo ascético del hambre». «Notas de viaje», donde, como en todo el libro, se intercalan bocetos a bolígrafo realizados por el mismo Compán, se abre con doce «haikus» —no canónicos— escritos para acompañar la obra del grabador Manuel Castaño, luego recorre diferentes destinos, sin abandonar la mirada crítica cuando lo considera oportuno, como cuando al referirse a Sevilla se muestra la oposición al turismo de ciudad envuelta en celofán, que ha sido suplantada por su reflejo mejorado, sin realidad, que necesita ser reescrita. No son postales, queremos resaltar, los pasos del viajero son conscientes de que cualquier llegada es siempre la posibilidad de un nuevo comienzo.

«El amor y sus contornos» recoge delicadas composiciones amatorias —en una de ellas se siente «la infinita penuria de los otros» por no tener a su amada— y cantos donde se confronta la urbe que envenena con el refugio del campo y el amor, que limpian y purifican con su equipaje de sentimientos prístinos. En la cuarta sección, «Las horas», se nos presentan poemas autorreflexivos y estacionales, destacando una serie sobre los meses desde un impresionismo, más que de dibujante, de persona sensible a los matices de la luz, el paso del tiempo y la imperceptible constancia de las horas que estremecen. Con «Ars longa» se cierran la cita de Hipócrates que vertebra el conjunto («el arte es largo, pero la vida es breve») y el poemario: se trata de un arte poética que se acompaña de la postrera despedida y homenaje a amigos que ya han desaparecido.

Un libro que vale por una vida y una poesía, la de Salvador Compán, que, cuando se aparta de sus magisterios, en aquellos poemas que es más nítida su propia voz, desasida de muletas, alcanza a ser raíz y vuelo, memoria y sueño.

 

 

Ulises
No cierres tus oídos
ni amarres tu deseo,
acude siempre al mar
para sumar tu voz
a su voz indescifrable,
para seguir la estela
que abre cuando pasa
la desnudez fugaz de la sirena.

 

Finis Terrae
Sabrás que no has llegado,
que no es la muerte el mar
ni en la costa se levanta
la cárcel de deseo
o el límite de tus pasos.
Sabrás que no has llegado,
que el mar es el comienzo
y el horizonte un juguete
que finge sus añiles
igual que tu mirada
imposta el infinito.

 

Palma de Oro. 3 
Escribir un poema
donde haya esquinas
de risas y palabras,
donde no falte el vino,
la pasión alumbre
y quepan
todas las cosas que nos gustan.
Escribir un poema
lleno de tiempo transitable,
abierto a la noche
como una puerta de taberna.
Escribir un poema así
y guardar dentro vuestros nombres.

Salvador Compán

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