El beso de buenas noches. Daniel Cotta Lobo. Renacimiento. Precio: 9,90 €.
El beso de buenas noches. Daniel Cotta.
Renacimiento. Precio: 9,90 €.

De un pasado sin libros hemos pasado a una actualidad de estanterías vencidas por libros que nadie lee.

Algunos de esos volúmenes, probablemente, unos cuantos lleguen a entenderlos. Otros son necesarios, casi de consulta diaria.

La vida urgente y táctil se impone sobre el lento disfrute de las páginas.

El beso de buenas noches es la cuarta entrega lírica del malagueño Daniel Cotta (1974), quien, en el último lustro, ha combinado las publicaciones poéticas (Dios a media voz, Alpinista de Marte) con la novela Verdugos de la Media Luna (2018) o el libro infantil, El duende de los videojuegos (2019), entre otras.

El libro se presenta, como adelantase su autor en alguna entrevista, como un «libro-río», efectivamente, un conjunto de composiciones, sin titular, que se enlazan, en un «continuum», retomando versos o imágenes. Esta concepción unitaria es bastante acertada, ya que los poemas-pasajes aparecen concebidos según un único y firme motivo: el sentido cotidiano del amor que, vinculado a la muerte o al sueño, se prolonga más allá.

Un gesto de amor o cariño es una despedida hasta que el sueño nos permita despertar. Tal vez, algún lector haya que se llame a engaño con este título, pero no debería de perder de vista el lenguaje simbólico tan presente en este poemario. Así, deberá estar prevenido ante la propuesta poética que traspasará los umbrales de la melancolía de una costumbre hereditaria que reciben los hijos y luego emplean de padres con total naturalidad. Un discurso poético, en suma, que indaga en la precariedad del hombre mientras mantenemos los ojos cerrados durante el sueño. De esa meditación surgen dos motivos: el misterio del amor y el sigilo de la muerte.

Cerca de la fusión con el otro, consumada la propia identidad, Daniel trata de la muerte simbólica, similar a como escribieron Salinas, Aleixandre o Lorca. Con los tres versos que se abre El beso de buenas noches el lector comprenderá la simbología que envuelve: «Y ahora que te has muerto y que te sabes / metralla despedida de una estrella, / estás anocheciendo». El autor parece distanciarse de lo que ha sido el día para enfocar mejor, tener otra perspectiva del tránsito de vivir para lo cual emplea la técnica del monólogo interior. Uno de los célebres romances del siglo XVI cantaba: «Un sueño soñaba anoche / soñito del alma mía». El que sueña se sabe soñado, de un modo espiritual aunque alejado de la fórmula sanjuanesca, más cerca del ser amado: «Porque él te sale dentro, / te está observando desde su copa de tristeza».  

El tono de la poesía de Daniel Cotta, reflexivo pero cercano, no evita el uso de paradojas («la calavera que tú sabes que eres / cada vez que te adentras en los puertos, / cada vez que te asomas a la vida / como alguien que se sabe anochecido») y sinestesias («Hay ojos que te miran / y piensan que te ven»), provocadas, sobre todo, por la pulsión que el sujeto genera entre el instante vivido y el ansia de eternidad: «Porque hay besos que duran lo mismo que una estrella: / se quedan estallando para siempre».

Con motivo del sueño, las imágenes oníricas van creando una atmósfera casi fantasmagórica: «Te envuelve una penumbra que parece un aroma». Presta especial atención al motor del cuerpo, que le lleva a latir con vehemencia: «Sí, fuiste a descambiar tu corazón», ya que, empleando, con un resultado magnífico, la metonimia, es el corazón quien besa. El camino que nos traza el malagueño puede resultar engañoso: tan pronto parece un llamamiento al muerto (que es el sujeto en el sueño) como toma forma de canción: «Soy yo, recién salido de la lápida. / Soy yo, recién resucitado. / Soy yo, con otra sed en las palabras».

El sueño toma forma de desorden de la lógica del mundo real. Pero el sujeto no está en ese mundo, por eso se lleva implícito en esa sucesión. De este modo, puede explicarse la gran cantidad de preguntas que el sujeto-soñado se hace a sí mismo, como si dialogarse con la propia escritura: «¿Seré una antología de preguntas sin respuesta?». Algunas que pueden dejar descolocados a un lector despistado: «Este soy yo, ¿lo quieres?». O en el pensamiento de abandonar el propio cuerpo: «¿Qué alma escoges hoy para mi cuerpo? / ¿Con quién quieres hacer este viaje?». Los avisos del sujeto van dirigidos a «ella», la preocupación de quien advierte que la realidad está llena de peligros: «Estate preparada, / porque la jaula se abre con tocarla». El sueño se eleva al reparar en el gesto de cariño tan cotidiano: «Y a veces es su boca, no la mía / la que te da, la que te quita un beso, el beso último / que se disuelve en el azucarillo de tus labios / cada vez que me das las buenas noches».

La intuición de la muerte traspasa el tópico, invirtiendo la pregunta, el hecho de revisitarlo permite que brote la revelación, la importancia del ser individual sobre el resto: «¿Y qué será del mundo sin mi vida? / ¿Cómo será posible que amanezca?».

Como en la poesía de Salinas, la poesía de Cotto Lobo se caracteriza por la aparente sencillez de sus versos, el equilibrio logrado, en un gesto tan cotidiano, entre sentimiento e inteligencia, emoción y conocimiento, como talantes del diálogo con el mundo en esta entrega, El beso de buenas noches.

 

¿Has sido tú la que tocó a mi puerta? ¿Has sido tú?
¿Tú has sido la del sol en mi mejilla?
¿Tú has sido la del cielo y las estrellas?
¿Tú has sido la del río, la del mar,
la de la luz, la de la flor? ¿Tú has sido?
¿Qué has hecho con el mundo? ¿Dónde está?

¿Me lo has guardado dentro?
¡Bendita la eclosión de tu Universo!
Has estallado en mi primer vacío
y has puesto aquí a Saturno, allí a Neptuno,
Andrómeda en mi izquierda,
la Nube de Orión en mi derecha,
un rastro de Perseidas en mis ojos,
en mi garganta una Gigante Azul
y en pleno corazón un enjambre de estrellas
con una estrella reina que eres tú.
¿Qué has hecho con el mundo?
¿Brindármelo o volver a construirlo?
¿Y por qué esa ternura cuando coges
el pequeño asteroide que es mi mano?

¿Y qué será del mundo sin mi vida?
¿Cómo será posible que amanezca?
¿Quedarán mares cuando yo no exista?
¿Habrá cielos errantes? ¿Habrá ocasos?
¿Y cómo llevarán mi ausencia los caminos?
Quizá se queden huérfanos
de huellas y horizontes:
no les podrá quedar más que mi cuerpo.
¿Cómo fecundaré mejor el cerro de piel parda?
¿Cantándole a la alondra y a la encina
o siendo el encinar y las alondras?
¿Qué pasará con el poema último
que no podré acabar?
¿Será capaz la tierra de destilarlo de mis labios
y dárselo a la brisa, que lo diga susurrando,
como siempre,
para nadie?

 

Daniel Cotta

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