Con todas las de perder.  Víctor Jiménez.  Libros Canto y Cuento. Precio: 17 €.
Con todas las de perder. Víctor Jiménez.
Libros Canto y Cuento. Precio: 17 €.

Es conveniente aclarar, de entrada, que la soleá se encuentra entre dos concepciones semejantes: la copla cantada y la escrita.

Ambas nociones comparten una misma raíz, provienen de la expresión honda popular. Y las dos conceden una especial importancia al ritmo.

En cuanto a la soleá cantada, se trata de una manifestación poética destinada al canto, que forma parte del flamenco. Y en cuanto a la escrita, se trata de una estrofa de tres versos de arte menor (octosílabos) con rima asonante en los versos impares quedando suelto el verso par. Junto a la soleá, seguidillas, endechas, romances, villancicos, canciones, coplas…, forman nuestra poesía popular. Tachada de «poesía menor» por parte de algunos críticos, este tipo de composiciones no han contado con el beneplácito de los lectores, sin embargo, ha sido cultivada por una larga tradición de poetas andaluces: Bécquer, Juan Ramón, Antonio y Manuel Machado, Alberti, García Lorca, Manuel Alcántara, José Luis Tejada, Rafael Montesinos…, y ahora Jiménez.

A Víctor Jiménez lo conocemos por el dominio de los versos de ritmo endecasilábico, léase Taberna inglesa (2006), para tener una buena muestra de ello. Sin embargo, en la antología editada por Renacimiento, El tiempo entre los labios (2009) y, posteriormente en Frecuencia modulada (2018), aparecen poemas y estrofas con sabor a coplas: quintillas, cuartetas asonantadas, sonetillos… Con lo que deducimos que el poeta sevillano iría alternando en su escritura los versos de arte mayor con los de arte menor.

Llama poderosamente la atención encontrar, hoy en día, un conjunto de versos populares, lo que podríamos valorar como transgresor. En el libro Con todas las de perder, Víctor Jiménez ha recopilado soleares ya publicadas y otras escritas ex profeso, seleccionadas por el poeta carmonense José Luis Rodríguez Ojeda, autor de numerosas letras flamencas, acompañadas por los visuales collages de otro gran poeta, Juan Lamillar, e introducidas por el prólogo del periodista y escritor Antonio García Barbeito.

Los motivos recogidos en estas hermosas composiciones son los habitualmente tratados por Jiménez en sus obras: el fluir inexorable del tiempo, la infancia, el amor, el recuento de la vida y la poesía. Los seis bloques en los que se agrupan las soleares podrían relacionarse con los tumbos que nos da la vida en tanto acumulamos vivencias, deseos y dudas.

En esta selección de escritos es singular la expresión de la poesía. Por separado, tal vez, no reparábamos en la gran carga expresiva del léxico, que con su pellizco nos encoge ante la verdad, como puede verse desde la primera soleá que contiene el título: «Esto es luchar contra el tiempo. / Con todas las de perder, / sin más armas que mis versos».

El poema se libera de la anécdota y concentra todo el sentimiento en la conjugación de unas cuantas palabras, la esencia intensificada, la materia preciosa, por así decirlo: «Si todo lo cura el tiempo, / qué hago yo con esta pena / con los años que ya tengo».

Ser expresivo puede llegar a la abstracción, pero Jiménez no corre ese peligro, porque antes reflexiona, dejándonos textos irónicos sobre el paso del tiempo, en los que sería extraño no identificarnos: «Si no sabes qué es el tiempo, / ve y pregúntale a ese extraño / que te mira en el espejo».

El tono emotivo viene dado por los temas tratados y por el uso de los pronombres, que nos transmiten mayor cercanía, hondura y tensión: «Sabiendo que tú me esperas… / y que tenga que pasar / yo de largo por tu vera».

A la intensidad lírica se llega a través de esa expresividad. La poesía profundiza en cada sentimiento ya sea amoroso o vital, lo que no impide que el juego de palabras o las semejanzas intertextuales nos conduzca a una sonrisa, incluso cuando el tema sea grave: «La habitación de su muerte. / Y, en la puerta, el mismo número / del cupón que jugó siempre».

Se usa la segunda persona gramatical como muestra de diálogo con el otro o consigo mismo, es decir, el «tú» puede ser la vida, el ser amado o la propia poesía. A la hora de tratar la poesía y los riachuelos por los que circula, Jiménez templa con oficio cada palabra: «Tú lo sabes, Poesía. / Tienes la lengua muy larga / y, a veces, cuentas mentiras».

La ruptura (tonal, emocional y rítmica) que suponen apelaciones, exclamaciones, interrogaciones o versos intercalados en el discurrir de las soleares es aprovechada al máximo por un poeta, que se nos revela como un buen conocedor de las posibilidades expresivas del ritmo: «Bonita dedicatoria: / A ti que me haces soñar. / Me la aprendí de memoria».

En suma, Víctor Jiménez acude a la soleá, a la copla popular, acaso por ser intemporal, trascendente, y porque contiene esencias que transmiten vivamente la cualidad del sentimiento, poesía de gran expresividad.

 

Puente aquel de San Bernardo,
todavía pasa el tren
de mi infancia por debajo.

Cuando ya pesan los años,
se te hace cuesta arriba
saber que vas cuesta abajo.

Desde que el mundo es el mundo
(tú a lo tuyo y yo a lo mío…)
¿a ver quién no va a lo suyo?

A ver quién me explica esto:
que ya no quiera ni verla,
pero la busque en mis sueños.

Llevo muy poco equipaje,
sólo algún sueño imposible,
que ya ves tú lo que vale.

Amaba tanto los libros
que, lo mismo que a una amante,
al final les puso un piso.

Víctor Jiménez

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