Desde la filosofía, que pregunta buscando la respuesta que más nos calme, cabe cuestionarnos nuestras relaciones normales y también el significado de ellas.

Hanna Arendt escribió sobre relaciones y sobre la necesidad de que fueran normales.

El mundo puede suceder con tan solo una perspectiva: la de un sistema, por ejemplo. Pero la vida no. La vida sólo donde se da el encuentro de las perspectivas, de la diversidad de ellas. Desde la filosofía, que pregunta buscando la respuesta que más nos calme, cabe cuestionarnos nuestras relaciones normales y también el significado de ellas.

Hanna Arendt escribió sobre relaciones y sobre la necesidad de que fueran normales. Hacía alusión a lo necesarias que son para poder construir una sociedad más coherente. Pero ¿qué son las relaciones normales? Intentemos definirlas como aquellas que nos permiten sentirnos libres; porque no olvidemos que serlo, siempre lo hemos sido. Aspirar a vivirlas debería ser, tal vez, una condición humana o uno de nuestros valores principales: amar la libertad del otro. También podríamos definirlas como relaciones hogar. Hogar porque nos acogen con totalidad, como lo puede hacer un espacio cubierto en mitad de una tormenta en la noche, con todas nuestras condiciones y circunstancias. Se tratan de relaciones que se dan mientras nos abrazan con la escucha, sin exigencias ocultas. Simplemente son, permanecen sin ser atravesadas por el tiempo y por las demás condiciones. Tal vez sean de encuentro único o diario, o que transcurran días y años hasta que vuelvan a darse, pero seguirán ahí, emanando respeto y amando la libertad; la de uno mismo y la del otro.

Este es el modo relacional que hace plena una vida, el que debería emanar natural desde nuestro interior. Pero lamentablemente, resulta complejo trasladarlo a lo cotidiano, a la sociedad que nos habita y nos agita. Desde la difícil relación normal, tal vez debamos buscar las respuestas de esta brecha social, laboral y familiar, que, al parecer, nos enreda más cada día. No olvidar que el estado interno de derecho no debe pasar de la evolución del pensamiento y que la forma en la que nos relacionamos es la clave para el desarrollo. En esta idea habitan muchas de las respuestas que hoy necesitamos para avanzar. Entonces, la pregunta es: ¿cómo se crean las relaciones normales? Puede que debiéramos aprenderlas de otra época, o en el colegio, o mientras experimentamos el amor. Pero en realidad, en ningún caso suele ser así. Recuerdo leer la correspondencia mantenida entre María Zambrano y Ramón Gaya desde su condición de exiliados. En una de sus cartas escritas desde el Café Greco, en Roma, la filósofa le decía al pintor que habían sabido entenderse mientras compartían soledades sin el robo de los tiempos que eran para uno. Le hablaba de alguna relación en concreto. Y en ese momento me pareció encontrar las palabras más sensatas para entender las relaciones normales de las que escribía Arendt. En esa relación que narraba la filósofa, las dos personas implicadas supieron estar juntas amando la libertad de ambas, respetando al otro, tanto si estaba presente como si no. Todo me sonaba como a una democracia del amor y respecto hacia el igual. A un entendimiento de que la unidad que se nos es dada al nacer, se puede convertir en unión verdadera siempre que amemos al otro de forma libre. Pero a decir verdad, no todo es tan fácil. Tememos estar solos, también sentir la angustia que pone voz a nuestro silencio, sin entender que desde nuestro templo hacia dentro, que es el cuerpo, aquello cuanto acontece, que es el alma, nos corresponde sólo a nosotros. Somos nuestra responsabilidad. Puede que desde este pensamiento, tal vez podamos dar la verdadera maravilla que tenemos para el otro: nuestro tiempo, un tiempo cálido y verdadero. Permaneciendo así unidos por lo importante.

¿Por qué asusta tanto al individuo su capacidad para sentir la soledad? Para poder vivir relaciones normales, aquellas que no solo no nos roben sino que nos amen libres, hemos de saber quienes somos y aceptar tras ello, la propia identidad y la soledad que nos corresponde. Curiosamente, cuando no mantenemos esas relaciones normales, que describe Arendt, acabamos aislándonos en encuentros superficiales, vacíos de la belleza sumergida. Y de ello también puede venir, incluso, el abandono que hacemos de nuestro poder, de nuestra fuerza para mejorar las cosas. Curioso, ¿verdad?

Tenemos necesidad de todos, sí, pero tal vez, deberíamos intentar hacer de ello una relación normal, aprender que la compañera más fiel y serena se llama soledad y que solo desde ella, nos podremos dar en relaciones normales. Desde la construcción de una relación social que ame la libertad del otro, cabe esperar un despertar del interés, un amor propio hacia los valores o un nuevo comienzo hacia el humanismo que tanto nos cuesta alcanzar. ¿Lo normal? El encuentro con lo demás suele ser posterior al encuentro con lo propio.

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