El país escondido. Martín Abrisketa
El país escondido. Martín Abrisketa.
Ed. Planeta. Precio: 16,90 euros

En tiempos donde la exageración es la norma y la literatura ha encontrado nuevos caminos para su expresión, aunque no de todos podamos vanagloriarnos, creo oportuno incidir en la medida como garante del estilo. Cada novela tiene su configuración particular y es bien cierto que, aunque su resultado final no tenga que ver con su extensión, también lo es que es difícil mantener su intensidad si, por los motivos que sean, va sobrada de páginas. Puede parecer éste un defecto baladí, o quizá, más que un defecto, el producto del pundonor y el oficio de un escritor, capaz de alargar el asunto, que trata hasta extremos irreconciliables con la esencia del mismo, abultando la trama, disociando a los protagonistas, creando nuevos personajes para alargar el suspense y esquivar un final que, a veces, se resiste a poner el punto.

La medida no tiene que ver con la extensión, aunque suele ser en la extensión donde se ven los mayores estragos de la falta de medida. Una idea se puede expresar en una frase; hay multitud de aforismos que resumen la realidad de un momento. No es eso a lo que me refiero; sino a la novela como género literario. No se me escapa que la presión del mercado, el precio de los libros, la necesidad de rentabilizar cada página en íntima relación con lo que cuesta, llevan a que las novelas sean más largas de lo debido y olviden su compromiso inicial.

Que toda novela esconde un poso de literatura es una falacia en la que no sólo incurren los escritores mediocres, que los hay por más que no hablemos de ellos; grandes maestros han caído en esa tentación que, en muchas ocasiones, no obedece a la necesidad de recrear el contexto en que se desarrollan. En la era de la información no hay excusas que valgan; disponemos de todas las coordenadas. No obstante, no por ello tenemos por qué renunciar al disfrute de muchas descripciones del paisaje, el contexto y las derivas imaginarias de ciertos autores, por más que éstas nos suenen a veces a algo conocido; la literatura tiene el don de transformar la realidad, de interpretar lo que sucede y de crear un paisaje nuevo, casi siempre más bello, aunque la tragedia lo sobrevuele.

La medida es el equilibrio entre lo que se dice y lo que se quiere decir, cómo se dice y la cantidad de palabras que se necesitan para decirlo. También, cómo no, de la época en que se cuenta, las presiones externas y el talento de cada cual para decir hasta aquí hemos llegado. Incluso Cervantes supo parar a tiempo y eso que el Quijote, historia de historias, empezó siendo un reto y acabó siendo una tentación.

En este contexto, quizá un poco exagerado, la novela de Martín Abrisketa me parece un ejemplo, la medida justa, el equilibrio entre el propósito y la extensión. La esencia de lo que manifiesta (que no es poco) y las palabras necesarias para expresarlo. Son muchos los asuntos que trata esta novela y todos puntuales de actualidad. El asunto vasco en los tiempos rabiosos de la banda terrorista ETA, el alzhéimer, la soledad casi autista de la infancia, la imaginación reparadora, la necesidad de concordia y paz entre los iguales que no siempre son tan iguales, al menos en lo que respecta a sus deseos e intenciones.

La protagonista, Maggie, una niña que vive al margen de los demás, dedicada a cuidar de su abuelo, un luchador con los recuerdos y las prioridades confundidas por el azote de lo más negativo de la sensibilidad humana, utiliza un lápiz para cambiar una realidad que no conoce del todo y que no comprende. El miedo a lo que le rodea, las amenazas presentidas del mundo exterior, la negación a que los organismos sociales la separen de su abuelo, la persona de donde surgen todas sus ilusiones, convierte su pequeño mundo en un mundo dibujado y no le importa que de sus dibujos surjan fantasmas, propios de la edad, o figuras que la increpan con la intención de hacerle ver la realidad que la rodea; lo importante es que le hablen y pertenezcan a ese mundo que ella crea con sus lápices.

Cuando la realidad se mezcla con la imaginación se produce un choque lo suficiente fuerte como para que empiecen a sobrarle ciertos preceptos que regían su mundo. Entonces, además de protagonizar ese crítico salto a la adolescencia con todo lo que conlleva, empieza una aventura que, sin abandonar lo onírico, le hará poner los pies en el suelo y, a la vez, demostrar que la realidad puede ser transformada, a través de un dibujo o a través de una mirada heroica o de amor; incluso una realidad atormentada que atormentaba a un pueblo.

Si han leído “Patria” de Aramburo y, como espero, la han disfrutado, con “El país escondido” sentirán emociones parecidas y sentimientos que nos atañen a todos.

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