Después. Nurit Kasztelan.
Ediciones Liliputienses. Precio: 9,88 €.

El título del libro nos remite al lapso de tiempo vivido, donde la memoria plantea un espacio delicado e íntimo.

El mérito de Después estriba en la sensibilidad y la hondura que vierte Nurit Kasztelan su intimidad.

En La prisionera, quinta entrega de En busca del tiempo perdido, escribía Marcel Proust «El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón». Reconstruir escenarios sentimentales y reparar las huellas de esas intermitencias es la tarea de Nurit Kasztelan en Después, su cuarto poemario publicado, tras Movimientos Incorpóreos, Teoremas y Lógica de los accidentes.

«Una rama de mi familia está rota», así de áspero se muestra el inicio del poemario tras las citas de Silvina Ocampo y Enrique Lihn. El origen estampa la difícil relación con la madre de la autora. La voz se nos muestra testimonialmente como un ajuste de cuentas, punzante: «La dureza de una madre a medias».

El título del libro nos remite al lapso de tiempo vivido, donde la memoria plantea un espacio delicado e íntimo pero, a la vez, particular y preciso, que activa un mundo propio que soportan los malos sueños: «Quería dejar / de escuchar a mi madre». En «El alhajero» los recuerdos de un trato poco cariñoso envuelven una conciencia siempre alerta: «Cuando ella gritaba de ese modo / yo cerraba los ojos» y más adelante: «y le hubiera cosido los labios / para que se callara». El lector percibe el miedo que siente una joven ante la autoridad materna, y se percibe el grito como contrapunto para salir decisivamente de un espacio que se vuelve insoportable.

Precisamente, un recorrido por la memoria reconstruye los sentimientos y repara las heridas del pasado superando el presente, como leemos en el cierre de «Una red invisible»: «para apresar este momento donde el presente / está más allá de vos y de mí». Nunca se vuelve igual al reelaborar los recuerdos, tampoco el daño permite reconstruir un escenario de forma amable, como se constata tras la lectura de uno de los poemas más interesantes, «Después de ver el monte Fuji»: «Recordarás el verso de Bishop / para negarlo rotundamente». La descomposición de un mundo atrapa la costumbre de vivir que la conciencia trata de negar: «Como quien mira por la ventanilla un paisaje / cuyo desvío es tan lento / que pareciera que no sucede, / así pasan mis días». Tras la reconstrucción, cambia de paisaje como mecanismo reparador, de ahí que la conciencia desengañada opte por tomar distancia: «Me gusta estar de nuevo acá / me decís ahora / pero yo estoy del otro lado».

Kasztelan imprime una mirada desengañada y descreída, siempre en constante conflicto, también en la boca del presente, un inventario que no le importaría olvidar: «usamos el sexo como herramienta de duración / y después ¿qué?». Se plantea los momentos de final de año con desgana: «Lo único que espero de diciembre / es que termine diciembre». Más adelante, el paso del tiempo trasciende mediante la hermosa imagen del futuro: «lleno de caballos galopando». La voz poética necesita proyectar el futuro porque «el presente es un todavía incierto», además el futuro repara las heridas del pasado y construye otra realidad.

En una de las entrevistas realizadas a su autora con motivo de la publicación de Lógica de los accidentes (2013) opinaba de la poesía «como el lugar de lo posible». En el proceso introspectivo la poeta bonaerense se desvinculaba de las frases hechas y evitaba los lugares comunes en busca de otras posibilidades. Aspectos que podríamos trasladar a Después, pues, como se afirma en el poema «Una luz atravesando el espacio», «entramos a ciegas». Aunque la sensación de desamparo es mayor en este poemario. El riesgo es toparse con la realidad, desnudo, como cuando entramos en el amor, hasta que un día abandonamos el mito, así se desprende de la lectura de «Salimos del amor» o «El amor era otra cosa», donde queda «después, el dolor también».

En un par de composiciones, «La narrativa de los otros» y «Un verde pensar», persigue lo auténtico, sin embargo se ve reflejada en otras voces, como si necesitase de otros compañeros de viaje para aceptar su identidad. De ese modo la desolación y la angustia compartidas atenuarían el dolor: «por debajo de ese yo / vienen las imágenes de otros / a completarme los poemas». En esa línea reflexiva, en «Tiempo de poda», mediante el empleo del apóstrofe, sabe que para lograr la verdad del poema sólo está ella desdoblada: «vos / y tu antiguo yo / retándose a duelo».

El mérito de Después estriba en la sensibilidad y la hondura con que vierte Nurit Kasztelan su intimidad. En los poemas se respira tensión e intensidad en el decir. La poesía se plantea como construcción de una nueva realidad que repara el pasado con el sentido y la fuerza que le imprime a las palabras con la que nos seduce porque las historias compartidas de dolor cohabitan también en nosotros.

 

 

El amor era otra cosa

Las cosas en su lugar: cierto orden,
una sensación falsa de bienestar,
una tarde en la que suceda algo.
La manía doméstica de convertir
deseos en hechos productivos.
Esa tarde perdida ordenando
fotos viejas. Saltearse la siesta.
Decido vivir
menos intensamente las escenas,
una manera disléxica de soportar
el presente. Escucho
insistentemente el mismo disco,
la misma canción
como si repetir lo mismo encerrase
un significado oculto.
Saber retirarse a tiempo
me repito como mantra.

 

Después de ver el monte Fuji

Te preguntás para qué sirve la experiencia,
en qué franja del cerebro se guardan
los momentos acumulados. Ciudades son
imágenes.
Las viste, las pisaste, y después ¿qué?
Vos
que querés entenderlo todo
te fuiste al país donde no se entiende nada.
Todavía no descubriste qué pasó ahí
qué le pasó a tu cabeza con ese viaje
cuál es el yo que dejó atrás
cuál sigue igual
atado de rodillas a su infancia,
su presente y su pasado como un nudo,
cuál es el próximo viaje que te toca.
Recordás el verso de Bishop
para negarlo rotundamente
“¿deberíamos habernos quedado en casa
pensando en ese lugar?”.
Cada vez hay más distancia
entre lo que contás
y lo que en realidad querés decir

 

Allá todo tenía el mismo olor
las voces el mismo tono,
la preocupación por la moda
cuando las necesidades están cubiertas,
la neurosis de la gente
que lo tiene todo.
Vos a tus dos años
con un cuarto para dormir y otro lleno de juguetes,
ibas a un restaurante y te traían cinco gaseosas
porque ninguna te gustaba.
Y ahora volvés a esa niña de rodillas
que no sabe qué hacer con un no
frente a las cosas.

Hundís los ojos en un lago
en la montaña que asoma arriba del lago
en la perfección simétrica de esa montaña
con las miles de leyendas que la incluyen.
Sos una más de los tantos
que se rindieron frente a su belleza,
decir majestuoso en este caso
no es un anacronismo, es una superstición
que tal vez hagas tuya.
Podrías haberte quedado allá
pero volvés a la casa y a las plantas,
un exceso de territorialidad.
¿Qué queda de un viaje?
¿qué pasa después?
Quizá una parte de tu cabeza
se quedó allá para siempre.
Quizá la parte que volvió
es la que todavía sigue sin encontrarse.

Nurit Kasztelan

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