“El gran novelista y periodista Ramón Loureiro nos vuelve a complacer con la publicación de un nuevo libro que es realmente extraordinario.” (Miguel Carlos Vidal)

Desde sus 90 años, el ilustre poeta, Miguel Carlos Vidal, nos hace llegar un atinado y entrañable artículo sobre la novela de nuestro amigo Ramón Loureiro, que es homenaje a Ramón y que entendemos como homenaje a al propio Vidal, desde Epicuro.

Se trata de una obra, además de profunda y afectiva e imaginativa, originalísima, no solo ya por como se titula: Las máscaras del fin del mundo, sino porque también se nos presenta, adrede, muy ¿dividida?… Y nada menos -esa división- que, en 421 partes o piezas literarias, las cuales hacen resplandecer, sobre aquello que muy sorprendentemente nos van narrando, un curiosísimo e intuitivo –y siempre, por tanto, mucho más elevado que lo racional- título propio.

Digamos, asimismo, cual un descubrimiento al azar, que la más breve de esas 421 partes se inicia y acaba en tan solo un único renglón; mientras que la más extensa de todas resulta que no es una sola, sino dos. Por lo que, cual también es obvio, cada una de esas dos viene a ocupar -en número coincidente- ciento veintiún renglones.

Con respecto a lo mucho que se nos hace saber, bajo tan curiosísimos títulos, es celebrar, por un lado, el variadísimo y nunca extenso, pero si siempre intenso y novedoso, las pluralidades literarias de sus contenidos. Y, por otro, que lo trascendente de tan original narración hace que al lector le vaya penetrando, además de una muy enriquecedora imaginería, la superpredominante y siempre profunda –e, incluso, por veces, más que misteriosa- emotividad.

Esta manera, nada fácil, de creación literaria, y (aparentemente) tan dividida, a poco que se piense, podría hacernos recordar lecturas y, sobre todo, técnicas expresivas que, cuando menos en lo formal, se acercasen o pareciesen en algo a Las máscaras del fin del mundo. Lecturas, aclaro, de obras de buenos y conocidos escritores, como, por poner un solo ejemplo, y sin necesidad de tener que salir de nuestra península, el gran escritor que fue Josep Pla.

Bien, pero sigamos con Las máscaras del fin del mundo. La totalidad de esos mencionados 421 títulos se halla repleta de emocionantes aciertos, y todo, gracias, entre otros muchos valores del autor, también a su muy honda (y más todavía en este libro) «intelijencia sensitiva» (como dijo, siempre con j, nuestro nunca olvidado premio Nobel, Juan Ramón Jiménez).

Por otra parte, recordemos que el total contenido en esos títulos numerosos, tendría que hacerse -y más si se reconoce lo mucho que el libro tiene de prosa poética- en algo así cual lo son las denominadas esferas literarias. Esferas que, como se sabe, los grandes ensayistas de métodos y límites estilísticos las dividieron (además de bautizarlas) en número de tres: la afectiva (A), la imaginativa (B) y la lógica o conceptual (C). Y entre esas tres, en el caso de Las máscaras del fin del mundo, tendríamos que sumar –y lo sumamos- el contenido de sus 421 títulos.

Asimismo, es muy importante recalcar que las dos primeras esferas(*) -la (A) y la (B)- son, en este libro, fundamentales, además de ser también de lo más emotivo dentro de su propia belleza literaria; y que la tercera –la (C)-, necesaria siempre, viene a ser, de una manera casi exclusiva, como el sostenimiento más o menos poderoso (cimentación unificadora) del tan ¿dividido? edificio literario.

Y ya, como punto final, es asimismo resaltable, respecto a ese tan vario y múltiple número de contenidos (el de cada uno de los 421 títulos de Las máscaras del fin del mundo), es, repito, resaltable poder ver con cuanta sabiduría literaria consiguió el autor concertarlo todo dentro de una única, ¿múltiple? y extraordinaria creación narrativa.

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