Si existe un clásico de la preceptiva estética práctica, que lleva reeditándose durante casi un siglo y aún sigue encontrando lectores, sin duda es el que escribió Rainer Maria Rilke: Cartas a un joven poeta.

Está compuesto por un total de diez misivas dirigidas durante un lustro al cadete de una escuela militar en la que el poeta le precedió como alumno, el cual le había enviado sus composiciones para conocer su parecer. Su relevancia va mucho más allá de los consejos líricos, pues en dichas cartas Rilke desnuda su pensamiento —lo contemplamos asentarse con firmeza mientras hace pie en multitud de aspectos que seguramente no se había planteado como «problema» que hubiera de expresar— mientras conforma su concepción de la literatura, sí, pero también del arte, de la religión y de la vida.

La primera carta está fechada en 1903. Para contextualizar el momento, recordemos a un tal Antonio Machado que en ese instante es un poeta nuevo recién estrenado en libro, acaba de publicar Soledades. La última se envía en la Navidad de 1908. No se editarían sino de forma póstuma, en 1929, tras el fallecimiento por leucemia del autor de las Elegías de Duino. En su introducción original, dictada por el que había sido el destinatario de ellas, Franz Xaver Kappus, ya se reconoce el inmenso valor que albergan: «importantes para conocer el mundo en el que vivió y creó Rainer Maria Rilke, importantes también para muchos que están creciendo y formándose hoy». Las continuas reediciones en todas las lenguas que se han sucedido desde entonces avalan la trascendencia y alcance cultural de estos consejos estéticos que, como un padre a un hijo, el escritor checo en lengua alemana le trasmitió de forma epistolar al joven cadete. A él y a las generaciones posteriores. Siguen leyéndose como consejos para artistas del futuro.

 

Cartas a un joven poeta. Rainer Maria Rilke. Nórdica. Precio: 18 €.
Cartas a un joven poeta. Rainer Maria Rilke.
Nórdica. Precio: 18 €.

La vida de los sentidos, la del intelecto, la vida del arte o del alma son la materia con que trabaja el autor de los Sonetos a Orfeo. Parte de una concepción muy clara: «La mayor parte de los acontecimientos son indescriptibles, se desencadenan en un espacio que jamás ha pisado una sola palabra». A partir de ahí, recomienda al aspirante a escritor lecturas —«viva usted un tiempo en esos libros»—, le desaconseja el empleo de la ironía «porque nunca llega tan abajo», le pide que no tenga muy en cuenta la crítica: «Dese siempre la razón a sí mismo y a sus sentimientos frente a cualquier confrontación». La juventud del artista es el tiempo de vivir las preguntas: Dios y el destino, cuanto surge de las profundidades del tiempo, un amor entre hombres y mujeres más humano… Sin prisa ni precipitación, pues cada cosa tiene su propio ritmo: «Ser artista significa no calcular ni contar, madurar como el árbol que no apremia a su savia».

La edición de Nórdica es un lujo en tapa dura. La traductora, Isabel Hernández, añade un epílogo donde recorre los hitos principales de la biografía de Rilke, desde su infancia sobreprotegida por la madre en el imperio austro-húngaro, pasando por sus itinerancias europeas y parejas sentimentales y terminando con su muerte en Francia. Todas esas experiencias, nos dice, terminarán «describiendo así una conciencia del despertar del yo completamente nueva, precursora de poemas y contenidos que aún estaban por venir». Además de esto, las cartas se presentan extraordinariamente ilustradas por Ignasi Blanch con unos dibujos que aparecen compuestos sin interrupciones a la lectura, precediéndola y anticipando el desnudo del alma al que vamos a asistir al ser espectadores de unas cartas que tal vez no fueron escritas para ser públicas. Nada mejor que la dedicatoria que pone Blanch como colofón a la edición —«Al niño que fuimos»— refleja esa pulsión de vivir siempre lo que sentía que fue norte en la vida del poeta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *