Salían a diario de paseo por un camino blanco y estrecho lleno de finas ranuras. Iban saltando de vez en cuando, y se subían a los treinta y seis poyos negros idénticos, que se sucedían en grupos de dos y tres alternativamente. A menudo paraban a descansar, porque aunque sabían que el camino era corto, lo tenían que recorrer muchas veces todos los días, y en muy pocas ocasiones llegaban al final para dar la vuelta. Los inicios fueron divertidos, pero después de varios años de patear sin descanso, comenzaban a desanimarse y a tropezar unos con otros caminando sin sentido. A veces tumbados sin moverse el silencio les reconfortaba, y lo estiraban a su gusto haciéndose los despistados porque necesitaban coger fuerzas para continuar. Nunca sabían quién les ordenaba, pero era imposible negarse a cumplir las normas, alguna vez lo habían intentado sin éxito. Convenciéndoles de que había mucho en juego, obedecieron sin preguntar. Los más débiles resbalaban desde las negras alturas cayendo con aplomo, no sabían por qué el peso de su cuerpo no les obedecía, envidiaban a los fuertes porque nunca dudaban, aunque ellos tampoco eran felices a pesar de su equilibrio.

En una ocasión, aprovechando que nadie les miraba, se reunieron para conversar sobre su futuro. Unidos desde que nacieron estaban cansados de la agotadora rutina, y pidiendo la palabra con un orden exquisito expresaron sus quejas coincidiendo por unanimidad. Nombraron a un portavoz para que escribiera todos sus acuerdos, sin saber todavía a quien iban dirigidos. Cada uno tenía su doble simétrico, y como si cinco se miraran en el mismo espejo, salieron los diez a reivindicar sus derechos. Leyendo con paso firme el decálogo comenzaron su trote diario con una energía muy diferente. Pensando cada movimiento, dejaron de dudar, tropezar y resbalar. Con una consistencia inusual, el control en cada una de las acciones les hizo sonreír, y esperando una respuesta del más allá, por primera vez vieron un futuro prometedor.

Una fuerza superior tembló ante la incertidumbre de lo que estaba pasando, y rompiendo con la costumbre, se dejó llevar por la sensibilidad de lo que llegaba a sus oídos. Todo era diferente, necesitaba concentrarse para divisar el horizonte. El despertar de su letargo y el miedo a lo desconocido le hizo temblar, y dejándose llevar fue con lentitud a instalarse en el manto de la inteligencia emocional. El aroma del espacio que abrazaba le dio alas para comenzar a disfrutar de lo que siempre había querido conseguir sin esfuerzo. Y ahí estaba ahora con unas inmensas ganas de estudiar sus piezas preferidas, agradeciendo el empujón que le habían dado sus súbditos.

(Desde hacía muchos años se sentaba al piano todos los días, y desparramando sus dedos sobre el teclado, los dejaba solos).

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