¿Qué tienen que hacer los alienígenas en Moralzarzal?

—Pero ¿qué me está contando, Oriol?

—Lo que le digo, señor.

—No pillo la gracia, la verdad.

Oriol se pasó la mano por los rizos, como hacía de niño cuando una división era muy complicada en matemáticas.

—Vaya a verlo usted mismo, señor —dijo él, dejando la trompeta en la mesa—. Lo que le digo es cierto: han bajado alienígenas y están atrincherados en la plaza de toros. Piensan que es una base.

—Pero qué tontería.

—Hombre, señor, con la capota blanca, tan grande, desde las alturas es verdad que parece un poco un OVNI…

—¡No me refiero a eso! ¿Qué tienen que hacer alienígenas en Moralzarzal?

Oriol, concejal de cultura, se encogió de hombros. Su primer mes como concejal no había sido el mejor, y tenía la sensación de que al señor alcalde le aparecía un tic en el ojo cada vez que él rondaba cerca.

Primero había sido el centro cultural, que casi salió en llamas después de aquella obra de teatro experimental. Un grupo de personas vestidas de árbol había hecho una hoguera y habían empezado a saltarla.

«Pero ¡cómo se le ocurre!»

«Era una denuncia contra los incendios forestales, señor, ¡qué sabía yo!»

Después había contratado a aquel grupo de música para las fiestas, que en realidad había sido un grupo animalista de incógnito, y se habían encerrado a sí mismos dentro de la plaza de toros, haciendo imposible las fiestas.

«¡Oriol!»

«¡Su canal de YouTube era fantástico!»

Y justo aquel día, el del ensayo de la cabalgata de Reyes, llegaba con las carrozas a la plaza de toros, punto central del pueblo, y se encontraba dos cúpulas gigantes.

Dos cúpulas. Una encima de otra.

Entró él muy apresurado, después de luchar por sacarse la cabeza de Goofy que llevaba encima, para encontrarse con gente de lo más variopinta. Y no se le ocurrió otra cosa que echarles un sermón.

—Pero ¿se puede saber qué hacéis aquí? La carroza de Star Wars es la novena. ¡Novena! Primero entra Peppa Pig, luego Las Gallinitas… lo hemos repasado mil veces. ¡Mil veces!

Sabía que no podía encomendar la carroza a aquel grupo de niños. Lo sabía, si es que él ya lo había avisado, al menos un adulto en cada carroza. Pero nada.

Había demasiadas personas allí dentro. Y un trompeteo constante. ¿Por qué sonaban trompetas? Oriol no estaba teniendo el mejor de sus días.

—Las trompetas solo en la orquesta. ¿Por qué me miráis así? Darth Vader no toca la trompeta. —No respondieron— Necesito que desalojéis la plaza. Hablo en serio.

Una mujer de su misma altura se puso enfrente. Desde luego, iba muy bien disfrazada: tenía la tez rosa y las uñas pintadas de violeta, los ojos completamente negros, sin iris, y dos antenas salían de su cabeza con otro par de ojos negros, que se movían de un lugar a otro como cámaras de vigilancia. Lo único normal en ella era su cabello corto y platino, y su traje blanco.

Abrió la boca y el sonido de una trompeta salió de su boca violeta. Los cuatro ojillos se fijaron en él, esperando una respuesta.

—Esas antenas —movió una mano hacia una de ellas, pero la antena la evitó doblándose hacia atrás— están muy bien conseguidas —terminó, con la boca seca.

—Oriol, hay camillas y vitrinas por todas partes—comentó Lucía, su ayudante, pero apenas pudo escucharla, pues no dejaba de oír el trompeteo de fondo de aquella mujer rosa.

—¿Puedes hablar?

Más trompeteo. El rostro de la mujer expresaba sorpresa, como si lo que estuviera diciendo fuera obvio.

—Yo también puedo hacer el tonto, ¿sabes? —Fue hasta donde estaban los jóvenes de la orquesta, que miraban con los ojos como platos a aquella gente, y arrancó la trompeta de manos de un joven músico, cuyos labios temblaban. Se llevó la trompeta a la boca y sopló bien fuerte, enfadado. Ya llevaban dos horas de retraso, un angelote se había quedado enganchado en una farola y no estaba para bromas.

—Por fin un poco de sentido común. —Escuchó la melodiosa e inocente voz femenina de aquel ser— No entiendo para qué os dejamos antenas de comunicación si no las utilizáis, humanos.

—Esto es una trompeta.

—Es una antena. Aunque me parece divertido que lo utilicéis como instrumento. Tantas canciones tocadas en idioma marciano, y ni siquiera lo sabíais. Pero ese no es el caso.

La mujer se giró, sonriendo, como si estuviera hablando con un animalito adorable en vez de con un concejal de cultura. Otro joven marciano llegó y pidió consejo sobre el mejor lugar para colocar las vitrinas de sueño. Oriol seguía con las cejas levantadas, observando la trompeta, dejándola en el suelo y volviéndola a coger, para comprobar que la conversación solo era entendible cuando la tenía en la mano. En ello seguía cuando la mujer se giró de nuevo para atenderle.

—¿Qué haces? —rio, aún con ese tono burlesco y adorable, siguiendo con sus cuatro ojos los movimientos de Oriol. Cuando éste paró, pareció reaccionar— Somos el pueblo de Mukbeh, Marte, y venimos en situación de emergencia a nuestra base secreta. Desalojaremos la base en cuanto podamos.

—¿Marte?

—El Marte de otra Galaxia, no el de la Vía Láctea.

—¿Cómo Guadalajara de España y Guadalajara de México?

—Ajá.

—Vale. ¿Tienes nombre?

—Dûa.

—Dûa. Creo que habéis cometido un error. Esto no es una base secreta alienígena —dijo, no pudiendo evitar que se le escapara la risa—, es solo una plaza de toros. Edificio humano.

—No, no. Base marciana —repitió ella lentamente. Sonrió y se metió dentro, cerrando las puertas tras de sí.

Oriol tiró la trompeta al suelo.

—¡Habéis aparcado el OVNI mal! ¡Vais a romper el techo! —gritó, antes de dirigirse hacia el Ayuntamiento, donde se encontraba en aquel momento. Recogió la trompeta antes, por si acaso.

—Oriol, no sé si esto de los alienígenas se tratará de otro grupo de música extraño, pero los quiero fuera ya. Encárgate, y no montes mucho alboroto.

Así salió Oriol de nuevo, con el rabo de Goofy entre las piernas, a enfrentarse a este grupo de alienígenas, ya entrada la noche. Se quitó el disfraz, se peinó los rizos, cogió la trompeta y salió.

Cuando llegó a la Plaza, ahí encima seguía plantado el OVNI, con sus luces parpadeantes. Había grupos de personas haciendo fotos y caminando alrededor de la plaza, intentando ver por las ventanas, como si dentro del recinto estuvieran alojados Los Beatles.

“Bueno, un pueblo alienígena es más extraño”, admitió. Se revolvió los rizos con la mano. ¿De verdad se estaba creyendo que eran marcianos auténticos?

Se acercó con los hombros gachos, intentando pasar desapercibido entre la multitud, y llegó hasta la puerta principal de la plaza.

—Dûa —susurró. Tocó a la puerta, sin saber qué hacer— Soy Oriol. El chico de antes. El humano de antes —se corrigió. Nadie abrió. ¿Qué costumbres tendrían los aliens? ¿Cómo debería llamar? Se llevó la trompeta a los labios y sopló una vez.

—No hace falta —dijo una voz al segundo: Dûa acababa de abrir la puerta—. Estaba en el baño. Los humanos sois muy impacientes. ¿Los humanos no vais al baño? —preguntó, curiosa, sus antenas echadas hacia delante. Estaba igual que por la tarde, pero en aquel momento vestía un albornoz.

—¿Es eso una vaquilla?

—Sí —dijo la mujer, girándose y observando el interior de la plaza, donde una multitud de aliens se reunía; uno caminaba al lado de una vaquilla que tenía una trompeta incrustada en un cuerno, parecía entablar una conversación—. Son seres muy interesantes. Estaban por aquí.

—Es que no es una base —repitió Oriol—. Traigo los documentos, mira: Plaza de Toros de Moralzarzal, inaugurada el 23 de febrero de 2005. Y aquí están los documentos de la constructora.

—Desde luego nuestros antepasados supieron camuflar la historia de la base —dijo ella, anonadada.

—¡No es una base! Las bases están todas en Estados Unidos, allí tenéis muchas, pero esto es España, por favor. Es un pueblo de España, aquí no pueden llegar los aliens, no entiendo cómo ha ocurrido esto.

—Una estrella menor explotó cerca de nuestro planeta y hasta que no pase la tormenta de meteoritos no es seguro volver —explicó ella, pero al momento le dirigió una sonrisa—. Tratadnos como si fuéramos refugiados humanos.

—Ya, eh… sí, bueno. —Oriol se cruzó de brazos— Mirad, yo mañana necesito la plaza, tiene que llegar la cabalgata.

—¿Qué es?

Oriol observó los cuatro ojos de la chica, pendientes de sus gestos. Observó al pueblo marciano allí detrás, reunido, sentados y rodeados de vaquillas, y sintió cómo su corazón daba un vuelco.

Miró hacia arriba, hacia la gran plaza, y se mordió la mejilla. Aquella historia le recordaba el día en que, de pequeño, puso unas hojas de lechuga en su caja de caracoles, y éstos se enterraron creyendo que estaban en el más grande de los huertos.

—Tengo una idea. Pero diles a tus antenas que me dejen de mirar, dan escalofríos.

Las antenas de Dûa se enrollaron en sí mismas, y ésta le dejó pasar dentro para que explicara su plan.

—Oriol, debo admitir que su cabalgata está siendo un éxito. Al principio no me enteraba de qué me querías decir con eso de los aliens, pero ha venido más gente que nunca. Ha sido una buena idea.

Oriol sonrió, mientras veía las carrozas pasar: la de Peppa Pig, la de Las Gallinitas, y después nueve carrozas enteras llenas de marcianos de tez rosa y con antenas. Localizó a Dûa, lanzando caramelos. Sus antenas se movían de un lugar a otro, entusiasmadas.

—Sí, la verdad es que se han currado los disfraces.

—¿Cuánto tiempo se tiene que quedar esta compañía de actores?

—Un par de meses, los disfraces son… complicados de quitar

—Lo que no acabo de entender es que vayan vacas subidas en los carros.

Oriol se mordió los labios.

—Querían dar un mensaje: las culturas pueden unirse.

 

A finales de febrero, Oriol se asomó a la ventana de su casa, con vistas a la plaza de toros. El OVNI ya había desaparecido de la Plaza de Toros de Moralzarzal. Dûa admitió que aquella plaza no era una base, pues no salía en ningún manual marciano.

Oriol se encogió de hombros y tranquilizó a Dûa: la población marciana podría volver siempre que quisiera.

Y por eso, no sé si lo sabéis, pero desde entonces, la Plaza de Toros de Moralzarzal es una base alienígena para los marcianos del Marte de otra Galaxia.

Hablan el idioma de las trompetas, y Oriol ha empezado a tomar clases. Le gusta tocar la trompeta y mirar por la ventana todos los días; no vaya a ser que los alienígenas bajen.

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