A George Floyd y a todos aquellos que han sufrido la misma barbarie.

La realidad inicial que llevó a la expresión máxima de la violencia en Colombia durante sus primeros balbuceos, provocaba la denuncia en la novela colombiana de finales de los años cuarenta hasta 1958 o 1960 de un “estado inmóvil de estructura social, de monopolio del poder y de la riqueza, de la excesiva masa de humillados y ofendidos sin la más pequeña oportunidad de suelo o trabajo” (Román López Tamés, La narrativa actual de Colombia y su contexto social, Universidad de Valladolid, 1975, p.147), siendo constante, por tanto, “que aparezca inculpado el gobierno conservador, la Policía del gobierno conservador, la Iglesia tradicional, el Ejército como garantizador de un status colectivo injusto” (Ibid., pp. 147-148).

A medida que esa realidad fue creciendo, la llamada “novela de la violencia” en Colombia comenzó a aclimatar la palabra de la que estaba hecha, y se propuso no utilizar (como hacía anteriormente) la mera denuncia, el solo testimonio o la simple transmisión de una tesis individual; y todo ello con objeto de lograr, a partir de entonces, en su nueva expresión, en su nuevo lenguaje y en su nueva forma de exponer el relato de los hechos, la conmoción que éstos provocan, únicamente haciendo ver que hasta el día de hoy las cosas siguen siendo igual; que señalando y exponiendo la realidad cotidiana, cualquier tesis personal planteada pierde efecto y se eclipsa el objeto último del que emana la exposición del hecho mismo. El barco que avanzaba por aguas turbulentas con la historia colombiana a bordo (como podrían y pueden ser otras historias en similares contextos), si durante épocas de luz hubo quienes evitaron que se fuera a la deriva, no pudieron impedir, sin embargo, que la nave hiciera agua por sus partes aparentemente más seguras: las que sin dar ejemplo resultaron ser infelizmente “ejemplares” desde el amparo de instituciones establecidas bajo la engañosa y perversa consigna de la ley y del orden. Para algunos, desde el Poder o en connivencia con él, achicar el agua parecía una empresa inútil o poco rentable. Es certero el ensayista, poeta y traductor tolimense, William Ospina, con sus palabras:

Así, un problema que compromete la crisis de la civilización, la incapacidad de las sociedades modernas para brindar serenidad y felicidad a sus muchedumbres, el vacío ético propio de una edad que declina, y la necesidad creciente de esta época por aturdirse con espectáculos y sustancias cada vez más excitantes, es convertido por irresponsables gobiernos y por gobiernos inescrupulosos en un problema de policía

(William Ospina, ¿Dónde está la franja amarilla?, Santafé de Bogotá, Norma, 1997, p. 13)

Efectivamente, la persecución y la represión policial a la que se refiere el ensayista y autor de El país de la Canela (premio Rómulo Gallegos, 2009), no son otra cosa que dos maneras de sofocar el estado de denuncia que estaba viviendo el país. Las consecuencias generadas por la desatención del propio Estado colombiano (al mismo tiempo que la de otros Estados de la América Latina bajo la influencia de viejas fuerzas transfronterizas), la mendicidad generalizada, la pobreza institucionalizada, la carencia de medios (paralela al subdesarrollo material del afrocolombiano, del mestizo, del indio campesino), etc., provienen de la práctica de una violencia cotidiana desde las altas esferas del Poder, la cual es expresada en sus múltiples formas mediante toques de queda, terror psicológico, lagunas formales y de fondo en la legislación vigente, juicios injustos, sanciones excesivas, masacres, asesinatos y, por si fuera poco, impunidad, las más de las veces, de los aparatos del Poder. Y el elenco de actores, entre partidos y cuerpos de seguridad, legal y financieramente armados, o paragrupos designados a dedo por un Gobierno corrupto, o sicarios, o individuos de desdibujada conciencia social, desatan su furia y odio trasnochados contra el más débil, el más vulnerable, el diferente (siendo como son todos hijos del mismo pueblo), hasta provocar el enfrentamiento y causar el sometimiento o la explotación, la tortura o la muerte…, actuando ciegos a todo atisbo de comprensión y hermanamiento, despegados del juicio justo, de todo lo que se acerque al consenso o a la merecida Paz.

En aquellos relatos de ficción aparece otra clase de “ficción”: un tipo de policía disfrazada de Policía, y un tipo de Ejército ajeno al ejercicio de unos valores que juró ante biblias huecas; y camufló, bajo un uniforme cómplice, su complacencia en los intereses de un Estado irredento, ajeno al territorio natural, que ofrece su auspicio a cambio del alto precio que el pueblo paga. Es así que se desata esa violencia vieja, de intereses creados, de intereses acordados, de represión brutal, de –acaso– práctica neo-fascista; como diría Julio Ortega:

 El hecho de que el discurso ideológico de la represión se sustente en valores como la “civilización occidental”, la “democracia”, la “familia”, y el nacionalismo militante, no indica sino la falacia antidemocrática del Estado latinoamericano: ese discurso nos remite a su fundación, sustenta su defensa en la distorsión y anuncia precisamente, que la violencia es su sentido. Por ello, fue revelador que esos militares volviesen a plantear el viejo dilema de “civilización” y “barbarie”, y proclamando que actuaban en contra de la barbarie no hicieron sino actualizar la ilegitimidad histórica de esos estados sin razón nacional, sin destino comunitario.

(Julio Ortega, “Una tipología de la violencia” en El discurso de la abundancia, Monte Ávila Latinoamericana, Caracas, 1990, pp. 204-205).

En relación con las palabras de Julio Ortega, merece la pena hacer un inciso y analizar esa concepción de los Estados represivos que aglutinan una serie de conductas entendidas como “bárbaras” en contraposición a otras consideradas “civilizadas”. En primer lugar, no hay que olvidar que la vieja dicotomía entre lo que era civilizado y lo que era bárbaro partía de la igualmente vieja idea, iniciada en el siglo XIX −y que intentaba hacer del positivismo social una base sobre la cual sustentar las ideas cientificistas que promulgaban el desarrollo de los pueblos según la raza de sus habitantes−, según la cual se consideraba al indio o al negro como el causante del atraso de los pueblos y el portador de una herencia biológica enferma que no se ajustaba al canon europeo (occidental), pues éste sostenía el valor superior de la raza sajona como raza llamada a dirigir y orientar las vidas de los seres humanos según el color de su piel. Es así que cuando no era blanca habría que hablar de seres sumisos y dependientes. Y tampoco habría que olvidar que se trataba de una concepción proveniente de una burguesía que intentaba asimilar los esquemas de las élites poderosas metropolitanas, como la norteamericana, a los países hispanoamericanos, representada aquella en la figura del mismo ensayista e ideólogo Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), cuya procedencia social era precisamente la de una burguesía argentina que intentaba imitar el modelo de Europa y el de Estados Unidos para conseguir igualarse en Poder y en Progreso. Tal pensamiento − y con independencia de la coherencia discursiva y de ciertos planteamientos literarios que al gran prosista no se le podrían discutir− intenta transmitir en su obra Facundo (1845), en un análisis acerca del espíritu práctico y la voluntad de trabajo como elementos necesarios que, según él, ayudarían al hombre hispanoamericano a ponerse a la altura del yanqui y a competir con él…

Finalmente, tampoco habría que olvidar al dictador latinoamericano, el que prefiere tomar como ejemplo de perfección la cultura del otro, del mejor económicamente hablando, antes que ahondar en la suya propia y abrazarla para sí, resultando que lo que le interesa de la ajena es lo que anula justamente la identidad y la dignidad del propio pueblo en el que nació y creció, por la forma en que dicha identidad es utilizada, por la forma de contrabando y saqueo moral en que se crece. El dictador que arrima su hombro a la gran potencia, el titiritero yanquizado, el Robespierre afrancesado de Hispanoamérica, el hombre de plástico, el tirano colonizado y, así, los hijos de ese dictador, productos nacidos del múltiple parto de la “Madre patria”, la norteamericana o la europea, tanto le da al déspota de cada turno en el poder, con quienes mantuvo relaciones nunca confesadas, pero sí una y mil veces descubiertas. Y entonces, de aquellos hijos, conocemos que:

…el mayor es embajador en Washington; otro es un play-boy internacional que le da muchos quebraderos de cabeza; tiene una hija que es graciosísima, pero lleva una vida de millonaria snob en Europa despreciando en realidad profundamente el país donde nació. Y, luego, todo aquel mundo de diplomáticos, embajadores, negociantes, gentes, etcétera que rodean una corte –porque hay que hablar de corte en este caso-hasta el día en que le fallan los mecanismos y dejan caer al individuo que les sirvió a sus intereses políticos y económicos.

(Alejo Carpentier, «El pícaro latinoamericano: general de cuartelazos, presidente de elecciones amañadas y, las más de las veces, dictador». Entrevista realizada por Luis Macías Cardone. Diorama de la Cultura, México, 14 de abril de 1974, en Entrevistas, Letras Cubanas, La Habana, 1985, p. 211).

 

Este fragmento, emitido hace ya más de cuarenta y cinco años, pudiera resultarle a algunos muy familiar hoy, a dos décadas de comenzar el presente siglo XXI, porque en el momento en que “los capitales, los grandes latifundistas, las compañías extranjeras se veían amenazadas en sus privilegios, enseguida encontraban a un general dispuesto a sacrificarse por la causa del orden, del hogar, de la familia, y por el mantenimiento de sanas tradiciones familiares, y a lanzarse, llegado el momento, a un golpe de Estado y a la represión» (Alejo Carpentier, en “Entrevista realizada por François Salvaing, Humanité Dimanche”, París, 28 de febrero-6 de marzo de 1979, p. 464). Pero ateniéndonos al contexto que nos ocupa, aquel era el dictador hispanoamericano, caracterizado en la figura del Primer Magistrado por el escritor cubano Alejo Carpentier, en su novela de 1974, El recurso del método. Como también lo es el hombre déspota y cruel que el escritor y diplomático colombiano Jorge Zalamea Borda (1905-1969) nos presenta en su obra, El Gran Burundún-Burundá ha muerto −publicada en 1952, veintidós años antes que la anterior y tan actual como aquella−, personaje al que, en una especie de simbiosis con lo europeo, se le atribuyen todas las características propias de los dictadores de allá (o de acá), siendo, así, “fanático como Hitler, charlatán y megalómano como Mussolini, taimado y ladino como Franco” (Alfredo Iriarte, ensayo crítico a El gran Burundún-Burundá ha muerto, de Jorge Zalamea, Colección La Honda, Casa de las Américas, Cuba, 1968, p. 188). Y, sin olvidar el discurso de la violencia institucional del que veníamos hablando, no nos puede parecer extraño que al dictador se le denomine el “Sumo Policía” (Ibid., p. 15) y que, en su despliegue de las artes represivas, delegadas en una Policía Urbana y Rural o en unas Fuerzas Armadas artífices del terror, sea bendecido por las “Venerables Jerarquías de las Iglesias Unidas” (Ibid., p. 8), como refiere en su obra el poeta-narrador. No sería casual que Zalamea, a la hora de escribir tan magnífico texto, tuviera muy presente el trágico final de su gran amigo y poeta granadino, Federico García Lorca (1998-1936), a quien había conocido en España y con el que le unía una estrecha y memorable amistad, en medio de las vivencias que atravesaron entonces por causa de las tiranías de sus respectivos países, como se desprende de sus fructíferas conversaciones en correspondencia epistolar documentada.

Civilización, pues, ¿de qué tipo? Barbarie, entonces, ¿la de quién?: mientras los portadores de la pistola y la porra –“instrumentos de comunicación y persuasión” (Ibid., p. 54)–, intentan acallar todo conato de rebeldía, empezando por el mero acto de hablar, el caballo que aparece en la obra de Zalamea es el personaje más noble, el que es capaz de reír ante la imagen del tirano ya muerto, ante el cadáver del monstruo, en un acto inteligente de comunicación, de expresión satisfecha en irónico gesto por parte del narrador, dejando a expensas del lector el interrogante de quién es la bestia y quién es capaz de mostrar cierta humanidad mediante la risa, ante un hecho anhelado como es el del final de cualquier dictadura.

Sin embargo, como toda tiranía que se precia, la continuidad del sistema es su gran objetivo, pues siendo la obra “un panegírico mordaz del presidente Laureano Gómez”, el narrador nos hace ver que “la interminable y exorbitante descripción de la ceremonia de los funerales de Burundún-Burundá, se puede interpretar como la entrega del poder a su sucesor, Roberto Urdaneta Arbeláez, que tuvo lugar en 1951”. (Bogdan Piotrowsky, La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea, Bogotá, Cuadernos del Seminario Andrés Bello, Instituto Caro y Cuervo, 1988, p. 69).

El telón de fondo ya lo conocemos: “el asesinato de Gaitán, el despotismo de la élite gobernante, el encubrimiento del servilismo y la picaresca, la masacre (noviembre de 1950) de campesinos sublevados contra las multinacionales norteamericanas y las empresas bananeras, y el desarraigo definitivo de toda una generación catapultada hacia la guerrilla, la cárcel, el conformismo o la traición” (Julio Calviño Iglesias, La novela del dictador en Hispanoamérica, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1985, p. 71).

Y aquellas dictaduras, aquellos regímenes represores, aquellos sistemas totalitarios tuvieron sus sucesores. Pero si antes no se avergonzaba el Estado al autoproclamar semejante condición ante el mundo, acorde con el espíritu mesiánico de países imperialistas vigentes, empezaba ahora a camuflar su auténtico rostro bajo la máscara esperpéntica de una República, de una Democracia, como la de Urdaneta Arbeláez, objeto de denuncia en Lo que el cielo no perdona (1954), de Ernesto León Herrera (1916-1981). Un presidente, aquel, que es considerado en esta novela como “mayordomo” de la familia a la que sucede, los Gómez Hurtado, haciendo las veces de presidente de una República inexistente.

Con todo, no podría pasar inadvertida la máscara de ciertas presidencias modernas, que continúan hoy en día llamando República o Democracia a todo lo que representa su concepción incontrovertible de “Estado”. El narrador de La virgen de los sicarios (1994), novela escrita por Fernando Vallejo (n. 1942) cuarenta años después de la de León Herrera, se revuelve desquiciado ante las palabras que el presidente de la nación emite por televisión:

El otro día se estaba rasgando este maldito las vestiduras porque dizque unos sicarios habían matado a un senador de la República. ¡Ay, de la República! Como si aquí hubiera senadores de los departamentos, tonta. Esto no es los Estados Unidos. Además, los senadores en Colombia tampoco son unas peritas en dulce. Que les va a cargar a los que lo mataron “todo el peso de la ley”, dice la original. Como si supiera quién. ¿Y hoy qué? Hoy dando parte a la nación porque veinticinco mil soldados habían dado de baja al presunto capo-jefe del narcotráfico, contratador de sicarios. Que no prevalecería el delito, como si el delito con sus hermanos contratos no le pisara la cola. Y que vamos en la dirección correcta: “in the right direction”, como oyó decir en inglés.

(Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, Madrid, Alfaguara, 1994, pp. 33-34).

Asistimos, pues, y desde hace décadas, a la perpetuación de la obscena consigna de “ley y orden” dada por las nuevas democracias que obvian la seguridad y protección del pueblo, y pasan impunemente por encima de él. Dependiendo de la condición social, económica, sexual o racial, muchos seres del mundo pagan demasiadas veces un temible peaje, y las circunstancias que lo envuelven se despliegan a todo lo largo de una Literatura cuya memoria narrada transita paralela a la columna que vertebra la Historia de la Humanidad, legado común, memoria de la vida sobre la que se asienta el futuro. Parecería no tener fin este antiguo e insostenible devenir si no fuera porque la lucha por la conquista de los derechos humanos y los de los demás seres vivos, la lucha por el Progreso, resuena hoy imparable en un número cada vez mayor de conciencias.

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