Lumpen Supernova. Emilio Martín Vargas.
Visor Poesía. Precio: 12 €.

Los problemas del mileurista, la hipoteca, el cuidado de los niños, los artículos de primera necesidad.

El estupor de no reconocerse.

Emilio Martín Vargas (Valencia, 1979)  se dio a conocer hace tres años con Lloráis porque sois jóvenes, Premio de Poesía Hermanos Argensola 2016, un libro con un discurso rebelde y fresco desde cuya contraportada se preguntaba al lector en qué se diferencia un camarero que escribe de un poeta que sirve cafés, en alusión a sus trabajos. El primer poema, previamente enlazado a una escena del filme de John Ford «La pasión de los fuertes», se titulaba «No habrá paz para los malditos», jugando con el título de una película que transcurre en Madrid y con un versículo de la Biblia, reflejando una de las claves de la poesía del autor: la puesta en un mismo plano de cultura de masas y alta cultura, por utilizar los términos convenidos. En él aparecían la plaga de langostas y un móvil que no vibra. «Qué sentido tiene si no toda esta aurora / de llagas / ausencia / y tiempo sobrevivido», terminaba.

Recorrían esta ópera prima hiperenlaces a vídeos de Youtube, menciones a Ikea, a Nespresso, a Google, a las contraseñas de los perfiles de las redes sociales, referencias a anuncios publicitarios, al apiretal, recuerdos de la infancia: «en aquellos tiempos un hogar sin mueble bar era un hospicio». Cielos color viagra, amores de marca blanca, soledades que se besan. También la revolucionaria pereza de la ironía. «Ansiamos ser tan humanos / como cualquiera de vosotros», escribía, en lo que podía tomarse como un ensayo de nueva poesía proletaria, redactada desde el desencanto de alcanzar la adultez, viviendo «en la era de los hombres comunes». Una épica de la supervivencia que no la tiene.

Que el segundo libro es el más difícil, más aún tras una entrada triunfal, se refleja en el primer texto de este nuevo poemario, Lumpen Supernova, que viene refrendado por el XVII Premio Emilio Alarcos. El poeta teme que al lector se le desinfle o caiga de las manos. También muestra el estupor de no reconocerse: misma vida, distinto hombre. La identidad. Hay una evolución en sus versos pero conservan la limpieza del impulso primigenio, esa peculiar fusión entre referencias que proceden de mundos muy distintos y que sabe combinar con el mismo desembarazo y efectividad, sin chirridos, que, por ejemplo, Luis Alberto de Cuenca. «Soy necesario hasta el fin de mi contrato», canta en un poema que se hace eco de otro de Luis García Montero. Le sigue un diálogo pandémico y celeste contra Gil de Biedma, luego titula con una frase de la sacerdotisa roja Melissandre de la serie Juego de Tronos o con el epígrafe del libro de Raymond Chandler que compila sus cartas y ensayos selectos. O con una canción de Extremoduro de su primer álbum a la par que pone una cita de Parménides de Elea. Extremoduro y Parménides en el mismo verso. O el título de un disco de El hombre Burbuja. O la tremenda escena de la película «Canino» donde un personaje femenino se parte los dientes ante el espejo. Contundencia cuando se poetiza la rabia y las contradicciones sociales, sutileza cuando se desliza una mención a Walt Whitman o Ángel González.

Algún crítico ha afirmado que en estos poemas «habita un personaje que se debate entre la reivindicación de la conciencia de clase y la seducción del consumo». Está bien, pero uno piensa que es más acertada la visión de Jesús Feliciano Castro Lago cuando se refiere a esta como una poesía de barrio: «por su atmósfera, por los problemas del mileurista, la hipoteca, el cuidado de los niños, los artículos de primera necesidad». Pero un poeta de barrio que ha leído todos los libros y visto todas las películas, que es capaz de poner en común los problemas de la vida con el culturalismo.

Leyendo a Emilio Martín Vargas uno ha pensado en el primer Juan Antonio González Iglesias: lo que para este suponía el mundo clásico, lo representa para aquel la mitología del estricto presente, el material de la cultura popular ofrecido por series, canciones, spots publicitarios o redes sociales, como cuando un anciano compara en uno de los poemas lo fugaz que le ha resultado su vida «con la autonomía inagotable / de las nuevas baterías de litio». En sus composiciones lo mismo conviven el ladrón de hilo de cobre con Wittgenstein, el hilo musical de Mercadona con el visionado de películas coreanas o la alusión al Fragmento final de Raymond Carver, aquel en el que, cerca del final de su existencia, confiesa que lo único que quería de la vida era «sentirme amado en la tierra».

 

LA FORJA

Mi abuelo ordeñaba en añil vacas sonámbulas
—soñaba el señorito la paz del mármol—
y recibía a cambio once litros de leche.
Solo después comenzaba su jornada,
que duraba lo que la luz sobre los campos:
los frutales agradecían el agua y los fandangos,
los cochinos el azul de su desvelo.
                                          Nada era suyo.

Tras la cena y los besos, mis abuelos
salían a hurtadillas —once niños
soñaban el pan de los molinos—,
el hacha y la espuerta conocían la vereda
donde arrancar monte sin ser visto.

Pertenezco
a una raza de hombres y mujeres
que tallaron en piedra su alegría.

En mi genealogía
solo se hinca la rodilla
para sembrar la tierra.

        

LA NOCHE ES OSCURA Y ALBERGA HORRORES

Solos ante la misma foto: yo
veo campos de pan para mis hijos y tú
tierra yerma que araron tus ancestros. 

Los dos en la misma playa: yo
veo la juventud ardiente del verano y tú
la imparable decadencia de los cuerpos.

Los tres en el mismo parque: yo
veo la vuelta al mundo en una tarde y tú
jeringuillas detrás de los columpios.

Orfidales en tus ojos y en los míos
el cansancio devorador de las alarmas: yo
vine aquí a vivirlo todo y tú
a que no se muera nada.

Emilio Martín Vargas

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