El reclamo de la lectura como remedio de aburrimientos y honrado cultivo del espíritu ha sido constante desde que nos hemos visto forzados a la cuarentena.

Desde niño, las películas del oeste se convirtieron en una preferencia. Lo que sí es una novedad es la manera de mirarlas sabiendo que estoy forzado a seguir en aislamiento.

Tengo la impresión –y no me asiste encuesta posible que respalde con su cargamento de estadísticas el barrunto– de que este confinamiento está suponiendo, para un número considerable de enclaustrados, un trato más frecuente de lo que era habitual en ellos con la literatura y con el cine. Bien sé que mi afirmación, libre de esa autoridad contemporánea de los porcentajes alegados para acreditar toda sentencia que se precie, requiere al menos de algún matiz que no la haga parecer tan insensata o tan elemental que no valga la pena ni divulgarla. No soy tan ingenuo como para creer que una persona sin apego por la lectura, al verse forzosamente encerrada, la desarrolla como una solución natural para pasar el rato. No nos engañemos: los libros son un recurso de primera mano únicamente entre quienes ya confiaban en ellos cuando no disponían de tanto tiempo detenido. De manera que, entre los practicantes de la lectura, la obligación de estarse en casa sin salir solo habrá servido para incremento de los minutos, que habrán derivado en horas completas, que pueden emplear en el ejercicio de leer. ¿Dónde está, pues, esa ampliación de trato con el libro más general que yo aventuraba?

Los convertidos a la literatura tal vez no lo notemos pero entre los profanos, desde que se prescribió el confinamiento, ha tenido que extenderse cierta mala conciencia por no ser lo suficientemente amigos de las letras. El reclamo de la lectura como remedio de aburrimientos y honrado cultivo del espíritu, ha sido constante desde que nos hemos visto forzados a la cuarentena. Bibliotecas universales se ofrecen gratuitamente en línea con un halago que tiene algo de promesa compartida con la oferta, igualmente ecuménica, de acceder al interior de los grandes museos de la humanidad: el descubrimiento de tesoros imprescindibles al alcance de todos los mortales. No hay telediario que no recomiende una lectura, ni programa de radio donde no se proclamen unos versos –con trasfondos musicales por lo general dañinos–, ni periódico que no proponga una lista de títulos imprescindibles para entretener las prisiones. Incluso las comparecencias televisivas de mandatarios, consultores y psicólogos forzados a la ejemplaridad en su rincón doméstico, se emiten con una librería bien abastecida al fondo. De manera que, aunque no haya sido más que de reojo, los no lectores se habrán visto en la tesitura de mirar hacia algún estante de su casa, y tal vez a revisar las letras que corren por los lomos de los pocos libros allí extraviados con la insegura esperanza de reconocer en ellas alguna de esas recomendaciones urgentes. Inspección tan apurada o el hecho de interesarse por qué está leyendo algún otro de los que comparten claustro, o el de buscar en internet uno de esos libros libres tan bien ponderados por los medios, ya es una toma de conciencia inédita antes de la llegada del toque de queda. Y esa incipiente curiosidad hacia el libro, o al menos hacia la percepción de su valor como consuelo de almas en tiempos de emergencia, es la que sospecha uno que ha crecido desde el pasado catorce de marzo entre una porción de cautivos ajena hasta la fecha «a lo negro» sobre el papel, por decirlo con la sorna de Galdós.

El acercamiento al cine calculo que ha sido más desenvuelto. Los ánimos siempre están mejor dispuestos para ver una película –o para recorrer las salas de un museo virtual– que para adentrarse por las páginas de un libro. Descifrar el mensaje escrito es un ejercicio abstracto, apenas indulgente con determinados niveles de ignorancia y menos agradecido con las satisfacciones inmediatas que genera la contemplación de una imagen. Siempre me ha parecido que la literatura propicia una relación más íntima con la creación que el cine. No lo digo solo por el acto de escribir. Leer ya favorece esas afinidades con lo hondo y lo secreto. Además, uno lee y escribe habitualmente en soledad y cuando el mensaje escrito va invadiéndonos, se llega a un grado de abstracción mayor que el que se establece cuando contemplamos una película. Esto de la intimidad y la lectura tiene, en mi caso, un reflejo hasta físico. Yo llevo acostándome con libros desde la infancia; en cambio nunca me he metido en la cama con una película.

Disculpen la confidencia, que venía a cuento por insistir en la condición menos descansada de la literatura como procedimiento para entretenerse que el cine. Su forma de deleitar lo explica: por encima de todo, la literatura apela, con una exigencia que no es tan estricta en la mayoría de las artes, a la capacidad simbólica de nuestro entendimiento. La comprensión de un texto literario pone a prueba nuestra competencia para trascender la mera realidad, para interpretarla figuradamente y, mediante ese ejercicio, asomarnos a regiones menos iluminadas, por más que fundamentales, de nuestra existencia real. Pero, a diferencia de lo que ocurre con la música o con las artes plásticas –cine incluido–, el desciframiento del mensaje en un texto literario es un proceso que conlleva la interpretación previa de signos abstractos, acaso áridos, signos desvinculados de la realidad material a la que aluden, cuya asociación exige laboriosas operaciones mentales. El disfrute del texto escrito –del texto literario, quiero decir, no de cualquier mensaje puesto en letras– reside en el significado, no en la materialidad de los signos. A su último sentido no se llega de manera instantánea. La imagen, en cambio, es hija de la inmediatez. Una página escrita es menos concreta en su connotación referencial que un cuadro, que una escultura o que una imagen cinematográfica. La palabra árbol es menos unívoca en la imaginación de un lector que su pintura sobre un lienzo o su aparición en un fotograma. La imagen produce asociaciones repentinas; la palabra obra sus alianzas con otro sosiego que se comunica también a la lectura. Pero verbo y pincel, empleados con buen arte, tienen la virtud de agitar nuestra imaginación y de sacarnos del estricto límite de la experiencia sensorial para despertar nuestras emociones, acaso nuestros recuerdos hasta llevarnos, envueltos en otras voces, a otros ámbitos que conducen al pie de un árbol distinto. Un modo de ausentarse en tiempos de clausura.

Expongo estas reflexiones sin ánimo alguno de rivalidad entre las artes. Suscribo la aspiración de Horacio, ut pictura poesis, ese delicado equilibrio entre el pincel y la palabra. Solo constato diferencias que percibo como lector de libros y como espectador de películas –nuestro lienzo de cada día–, esas dos maneras de entretenerse que uno se figura prioritariamente demandadas en horas de encierro, al menos entre gente de mediana edad en adelante.

Apelaré, pues, ahora a mi condición de espectador mediano en años, pero también de espectador crecido en el hábito de ver más cine del habitual estos días de cautiverio, para hacerles otra confidencia. Pudiendo elegir entre la oferta televisiva y la videoteca casera, atiendo preferiblemente a ver películas del oeste. No es un gusto nuevo, en absoluto. Desde niño se convirtieron en una preferencia. Lo que sí me está resultando una novedad es la manera de mirarlas sabiendo que las veo forzado a seguir en aislamiento doméstico al terminar su fábula. Yo sé que el Western es un género eminentemente idealista, incluso en el tratamiento del paisaje, su seña de identidad prioritaria. Y, sin embargo, desde que se han limitado nuestras salidas al mundo, miro las películas del oeste como quien ve documentales sobre la vida en la tierra. Por encima de la intención mítica que quieren transmitir sus imágenes, busco con un entusiasmo inédito los detalles de mayor realismo en estas fábulas: el vaho que exhalan caballos y jinetes sobre una llanura nevada, las motas de barro en el sombrero de un soldado de caballería después de cruzar al galope un río, la marca de sudor en la camisa de un ganadero, la manera de afilar un palo mientras se razona, las cartas sobadas que despliega cautelosamente un jugador, la marca que deja el vaso o la bebida derramada en el servicio sobre el mostrador de un bar, el viento despeinando crines de caballos, el cartel torcido sobre la puerta de un negocio, el tamaño de un filete sobre el plato, el eco de un grito en un cañón, el aullido de un coyote y el humo que aventa un indio con una manta en la que procuro distinguir también, por vez primera en mi vida, el estampado que asoma por sus bordes. En esos gestos nimios sobre paisajes grandiosos veo contrastes casi épicos con la vida interior y mitigada que llevamos desde hace más de cincuenta días. Y mientras sigo las peripecias de indios y vaqueros, me siento lejos de casa, en pleno monte, desafiando imposiciones sedentarias, atento al chasquido de una rama y a la crepitación del fuego bajo las estrellas.

Luego están los oficios en estas películas, esos quehaceres profesionales que últimamente han quedado suspendidos en la realidad. Uno de ellos, habitual en el género, ha llamado mi atención en los últimos días de manera particular. Confieso que no es del todo espontánea esta apreciación: la mía es una curiosidad inducida, si no alarmada, por la lectura de una estadística –y aquí sí me avalan porcentajes, de la consultora Nielsen, por más señas– derivada del confinamiento: la añoranza de los barberos en la vida recluida que nos toca. Desde que vivimos bajo techo sin apenas tregua, el consumo de tintes y de máquinas para cortarse el pelo ha crecido un ochenta y nueve por ciento. Ver una barbería en una película del oeste ahora me parece una fiesta social. De todos los salones que conozco al norte del río Grande –y lo digo con la memoria fresca de unos cuantos clásicos del género recién revisados–, me inclino por el que regenta el barbero que atiende a Henry Fonda en Pasión de los fuertes. Sus manos primorosas ponen al sheriff Wyatt Earp a la altura de la encomienda que se espera de él cierta mañana de domingo: inaugurar con un baile la iglesia del pueblo. El caso es que la ciencia cosmética de este humilde menestral, atildado y enérgico, llega a bordear el milagro. Aparte del ejemplar servicio sobre la cabeza del sheriff, nuestro barbero arizónico, con el atomizador en la mano, es capaz de obrar uno de esos prodigios en los que ahora me fijo particularmente cuando veo películas del oeste: que el aire de Tombstone huela. Y, por si quieren saberlo, es una fragancia de madreselva la que respiran el sheriff Wyatt y dos de sus hermanos a la sombra de un porche de madera, un perfume que me alcanzó a mí, créanlo, sentado en el sillón de casa, cuando iba mediada la mañana en Tombstone. Ahí lo tienen, ut pictura poesis: la pureza del aire narrada por la cámara de John Ford. Poesía y cine para desafiar presidios obligados.

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