ADÓN, Pilar (2018). Las órdenes, Madrid:
La Bella Varsovia, col. Poesía.
Premio del Gremio de Libreros de Madrid 2018.

Pilar Adón es, además de madrileña y feminista, una escritora multidisciplinar; es decir, que toca todos los palos de la literatura: poesía, cuento, novela…

Las órdenes, su último poemario, fue Premio del Gremio de Libreros de Madrid en 2018.

Con Las órdenes, Pilar Adón (Madrid, 1971) ha publicado un libro valiente y de una dureza que limita con la rebeldía, una vitalidad —sana, pero también de exploración y descubrimiento— que se convierte en osadía no exenta de cierta amargura, en propuesta de cambio y transgresión. Pilar Adón invita activamente a rebelarnos contra el sistema ideológico, cultural y a todos los niveles impositivo y castrador del capitalismo tardío, armarnos con un pensamiento crítico sobre nuestra posición en el mundo, y desde ahí reflexionar sobre la propia identidad. Ahí nace ese feminismo a flor de piel que supuran estas páginas. A flor de piel que, sin ambages, se vuelve radical en muchos momentos, necesariamente en esa misma lógica.

Vayamos por partes. En la primera sección el tema es la familia, y ya se sabe que la familia se presenta como uno de los estamentos naturalizados —que no naturales— e institucionalizados desde el siglo XIX, la normalización victoriana, y llega hasta nuestros días, concebida rigurosamente como un núcleo heterosexual donde el hombre aporta el sustento económico, ocupándose del espacio público, y la mujer se reduce fundamentalmente a la cría de los hijos, eso sí como reina de la casa, estándole destinado el espacio privado. Los primeros versos de Las órdenes nos hablan de la madre de esa voz —la cual parece coincidir más que sospechosamente con la autora— verbal que asume la primera persona, del lugar que ocupa esa señal enunciativa en la estructura del hábitat familiar, y de las tormentosas relaciones que ahí se establecen: «También yo correría, mamá. También yo me desataría y reventaría. / En esta interminable tentación del malestar que araña y mira como si fuera lo más normal.» (p. 14). La Norma o normalidad cuestionada desde su raíz, en un asedio a los valores tradicionales de lo que eso significa: «cuando lo normal es la transformación / y mi espíritu quiere lo permanente.» (p. 15), apostilla. Y nos advierte un poco más adelante, a propósito de ese tipo de terminología escurridiza: «Eso espiritual que ves en mí es miedo.» (p. 35).

Las anodinas conversaciones familiares sobre comida se reproducen en varias ocasiones, cuando lo que de verdad quisiera la protagonista es hablar de otras cuestiones más preocupantes y mucho menos afables, en ocasiones espinosas, y sobre todo incómodas. Se da a entender que sus padres —como los del 80% de padres españoles de las generaciones de antes y después— nunca estuvieron preparados para asumir la revolución cultural de la hija, y además le cuesta trabajo perdonarlos o, al menos, aceptarlos tal y como son: ese camino inverso que tuvimos que recorrer muchos hijos con unos padres que no pudieron acceder a la formación, y que como mucho —en algunos casos en el sueño de la prosperidad, esto es que sus hijos no fueran como ellos— trataron de darle estudios universitarios a sus vástagos. El recuerdo de la tentación del suicidio en la primera adolescencia (p. 13) habla de una profunda herida, de un sujeto frustrado que desde su más tierna edad toma conciencia: «Si estoy bien aquí es porque no estoy aquí. / Sometiéndome a una fe para al segundo someterme a la contraria. / Sin levantar los ojos. Esa intuición / sostenida en el interés que despiertan en mí / las raíces […]» (p. 12). Se trata de escarbar en aquellos factores que nos definen, aquellos espacios que nos han conformado en lo que somos. Esa labor de deconstrucción y desaprendizaje no puede mostrarse más ardua. Difícil y complicado, aunque bien sabemos que son dos cosas distintas.

La madre suele llamar por teléfono puntualmente cada mañana a su hija, para hablar de temas inanes. «Encogidas ante el fin de las llamadas / recorriendo la austera estética de los campos / cuando en los paseos se habla de temas generales. / Asuntos que no dañan a nadie. Que no se hunden / en los huesos, la raíz, / de madres e hijas que se lancean. / Sometida una a la voluntad de la otra / todas las mañanas. A eso de las diez.» (p. 16). Asimismo la abuela —su recuerdo— aparecerá en «Estigma» (pp. 21-23), con lo que se ampliaría la genealogía femenina familiar, en esa estela que desemboca en composiciones como la que comienza diciendo «No queremos ser madres» (p. 30), que venía planteándose implícitamente como tema, y ahora ya lo vemos explícito. El feminismo no es aquí una teoría, sino que viene segregado del discurso, tematizado en este caso, en la postura de no querer tener hijos. Se trata, hemos dicho, de una propuesta radical no solo literaria o poética, sino vital, por las implicaciones que conlleva, ya que si todas las mujeres del mundo decidieran así, la humanidad se extinguiría. Compleja decisión desde la obligación y esas órdenes morales y biopolíticas que han humillado a la mujer durante siglos, y que ahora se combaten como protesta. O como respuesta. Porque de otro modo, y quizás asistimos a esta problemática de fondo, ¿hay algo que merezca la pena dejar como legado a nuestros hijos, algo que no sea miseria, injusticia e iniquidad? En cualquier caso, conviene recordar que no es que la mujer deba parir, sino que es la única que puede hacerlo… Esas órdenes se hallan hasta en la «Enciclopedia Británica» (p. 31), insertas en todas las instancias de la vida cotidiana, asimiladas y canonizadas hasta el tuétano. Un poco antes se hace eco de que «La imaginación persigue un acontecimiento» (p. 25), puesto que la ideología heteropatriarcal y machista reside en esas estructuras imaginarias que, como la ideología, parecen falsas, en el sentido de que no se ven, pero que a la postre regulan la vida social y psíquica, pues todo se encuentra «…milimetrado en etapas: estudio, trabajo, enlace, piso. / Paso a paso. Superando cada fase.» En el inconsciente colectivo, resumiendo en términos jungianos… Formaría parte de ese alegato el texto: «¿Quién me va a cuidar cuando sea vieja?» (pp. 36-37), entre otros.

No obstante en «Ellos no lo advierten» (p. 34), se trasluce una visión del feminismo donde se aborda la dialéctica hombres/mujeres no como entes aislados y en pugna dentro de la naturaleza humana, cualquier cosa que sea eso de la conditio humanae, si es que esa noción existe más allá de una formulación filosófica esencialista, en un intento de definir «Sin enfrentarnos a…». Porque tras la crítica feroz, Pilar Adón ofrece una visión abierta de un feminismo en continua búsqueda: «Buscando otra imagen, otra tranquilidad. / Ahora que no tenemos que memorizar / el camino que nos lleva a casa.» (p. 29), que se complementa con un sentido de la lucha que nunca se debe abandonar, como en la magnífica —y, en mi opinión, el mejor poema del libro— declaración de intenciones que comienza «Dos líneas en cada mejilla» (p. 40), en el que se desentierra el hacha de guerra, tal y como hacían los pueblos nativos americanos, lo que popularmente llamamos «indios», y que hemos visto mil veces en las películas.

Por eso el interludio de la segunda sección del volumen se refiere al padre, en una reflexión sobre la última etapa de la vida de los seres humanos, para desembocar en la última sección, donde se ahonda en la propia identidad de la voz protagonista, en un intento de definición: «donde fui aprendiza, / niña hipocondriaca» (p. 57, de «Carintia», la región al sur de Austria), o «Haberme duplicado desde siempre. / Poseer una segunda y una tercera existencia / tras otras rutas, / otro brillo. / Observadora de la ONU. / Guerra en el oeste. / Joven que regresa a su tierra navegando en velero. / Hacer frente a la sugerencia de cada emoción / y reemplazar lo que era yo hace diez años / por cosas que den limpieza. / Lo que seré dentro de diez años más.» (p. 59, de «Carintia 2»), aunque no deja de sembrar dudas o hipótesis sobre esa propia identidad (p. 61, «Carintia 3»), si bien esa identidad poliédrica, proteica y dialógica ha planeado por todo el conjunto como reafirmación —o constitución— frente al mundo: «Yo / salvando vidas. Yo / oceanógrafa. Yo / espía. / Yo / embajadora en París.» (p. 33, de «Dormitorio»). Vemos así cómo la pulsión revolucionaria frente al mundo tiene mucho que ver con la constitución de esas verdades que nos definen como individuos: nuestros sueños y nuestros fracasos, nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras limitaciones y nuestras posibilidades.

Las órdenes es un poemario importante e interesante, escrito en una suerte de prosa descarnada y directa, a veces rabiosa y a veces áspera, pero siempre incisivamente rítmica y tocada por la luz de la poesía, no sin ciertas elipsis que nos resitúan híbridamente en su contexto estético. Un libro que hay que leer sin falta para escuchar su mensaje necesario. Para saber lo que está sucediendo en el panorama poético español contemporáneo.

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