Siempre se ha hablado de lo que las bondades del progreso han tardado en llegar a España, al menos, durante los dos últimos siglos del pasado milenio. “Picos de Europa” es muy probablemente un toponímico que, desde 1995, da fe del asunto.

La lista de extranjeros que se interesaron por nuestros entornos naturales va mucho más allá de los nombres más conocidos: en lo que respecta a los macizos calcáreos cántabros y asturianos hay que citar a John Ormsby (1829- 1895), montañero y cervantista británico, al Conde de Saint-Saud (1853-1951), cartógrafo, y a Gustav Schulze (1881-1965), geólogo mexicano-alemán y autor de la segunda ascensión al Naranjo de Bulnes en 1906. A pesar de todo, existen dos figuras trascendentales en el descubrimiento y la valoración nacional de dichos macizos: Casiano de Prado (1797-1866), geólogo también, y Pedro Pidal (1870-1941), uno de los dos primeros ascensionistas del citado Urriellu y principal impulsor patrio del que se llamaría Parque Nacional de la Montaña de Covadonga hace ahora un siglo. No ha de ser casual que Picos de Europa, guía escrita por él y José Fernández Zabala -alpinista pionero- fuese publicada por el Club Alpino Español el mismo año en el que nacía la protección de espacios naturales en nuestro país.

Valle de Ordesa. Foto: Diego Delso

Ordesa se convirtió en el Parque Nacional de Ordesa en el mismo momento en el que Picos pasó a ser el de la Montaña de Covadonga: el 16 de agosto de 1918.

La divisoria natural que en todos los sentidos nos separa de Europa, compartió descubridores con el hasta no hace mucho llamado Pirineo Asturiano (el citado Saint-Saud, sin ir más lejos). Aparte de los no pocos expedicionarios científicos que exploraron el terreno, mismamente como Hugo Obermaier, Élisée Reclus colaboró notablemente en la divulgación de la montaña pirenaica con la publicación de una primera guía en 1862. Muy conocido también por sus escritos anarquistas (mantuvo una estrecha amistad con el malogrado Ferrer I Guardia). Reclus es uno de los grandes escritores europeos de Naturaleza, como puede comprobarse con la lectura de Historia de un arroyo (1869) e Historia de una montaña (1880), ambos publicados en español por José J. de Olañeta. Con todo, el gran auspiciador de esta declaración fue una vez más Pidal, quizá el primer conservacionista español influyente más allá de los círculos de Madrid.

Y es que estos círculos, elitistas y fundacionales, constituyeron un nodo de irradiación naturalista que no solo llegó hasta nuestros grandes macizos, sino que          -como veíamos- congregó a un buen puñado de viajeros extranjeros cuyas aportaciones fueron cruciales en el camino hacia la patrimonialización de nuestra Naturaleza. La bibliografía sobre la intelectualidad guadarramista y sus fuentes es prolija. La llamada Sierra culta comenzó a ganarse el nombre un siglo antes de la declaración del decimoquinto y último parque nacional español: el de la Sierra de Guadarrama. La promoción institucionista del excursionismo, la fundación de asociaciones tan pioneras como la Sociedad Peñalara o el Club Alpino Español, la edición de las primeras guías y libros montañeros, la exploración científica y etnográfica de un mundo hasta entonces asociado a la leyenda y el bandolerismo, son algunos de los motivos por los que el Guadarrama puede considerarse una especie de primer parque nacional de facto, muy a pesar de lo tardío de su declaración y de algo de polémica relacionada con ciertas áreas que se han visto excluidas.

La Charca Verde en La Pedriza. Foto: Roman Santos

Claro que el descubrimiento de nuestro Wilderness particular -y su consecuente protección institucional- traerá consigo toda una serie de problemas de masificación y sobreexplotación que ya se veían venir a principios del pasado siglo. En La Pedriza del Real de Manzanares (1923), Constancio Bernaldo de Quirós hace referencia al snovista, que es el montañero mundano no interesado en lo natural en sí pero que, sobre todo, es el visitante masivo de una montaña accesibilizada gracias a nuevas infraestructuras. Hace un siglo el norteamericano John Muir, padre de los parques, confiaba en que estos salvarían, y por ello habló de una “geografía de la esperanza”: era necesario abrir los reductos de lo menos humanizado para desalienar a las generaciones futuras, por muy tentador que resulte decir de lo salvaje lo mismo que Mark Twain dijo de América: “fue maravilloso descubrirla, pero hubiese sido más maravilloso aún haberla pasado de largo”.

El humanismo naturalista -hasta uno como el que alentó el excursionismo de los institucionistas, con Giner a la cabeza- choca con el montañismo iniciático o la autenticidad de las estadías prolongadas en los bosques. La deselitización va poniéndose en marcha entre el diecinueve y el veinte y -con ella- una necesidad imperiosa de planes rectores y ordenadores. El resultado actual de tan extraña e inevitable ecuación es un modelo de protección que sigue lidiando con las viejas disputas de propiedad, los intereses económicos y una deportivización de la montaña que lleva ya algunos años generando encarnizados debates.

Recapitulamos y resumimos brevemente. La celebración del siglo de parques españoles coincide con un boom inédito de letras salvajes, pero también lo hace con un panorama muy distinto al del tiempo de Pedro Pidal, cuando bosques y montañas eran dominios cinegéticos-naturalistas del todo ajenos al actual fenómeno de masificación. Cada vez tenemos a nuestro alcance más libros sobre la experiencia filosófica de las caminatas o el retiro en la Naturaleza, más proyectos sobre educación ambiental y más conciencia pero, a la vez, no deja de patentarse que esas masas susceptibles de “salvarse”        -siguiendo a Muir- suponen toda una amenaza para esos espacios por cuya protección tanto hubo que trabajar.

Martínez de Pisón viene a decir en uno de sus libros que la Naturaleza se patrimonializa porque “la civilización avanza”, y no hay duda de que lo hace en todos los sentidos. Recurriendo a una última paráfrasis con la que cerrar este artículo (que tantos apellidos y citas posibles deja en el tintero), convendremos con Sáenz de Miera que es preciso mantener las reivindicaciones, eso sí, “caminando en paralelo a la administración”. EL 22 de julio cumplimos esas diez décadas: nuestros cien años de parques nacionales.

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