El niño llega de la mano de sus padres a la atracción de feria llamada “el laberinto de los espejos”. Es muy pequeño todavía y, por lo tanto, incapaz de desenmarañar esa realidad extraña que se le presenta delante. Todos los días entra en esta sala y, en un momento dado, entre los 6 y los 18 meses, empieza a comprender algo de esa realidad misteriosa. Descubre unas paredes lisas y brillantes, sobre las que se reflejan unas formas de colores, que resultan ser él mismo y sus padres.

El niño se da cuenta de que la realidad se le presenta bajo una doble perspectiva, en la que él aparece como actor y espectador al mismo tiempo.

El siguiente paso será analizar las formas de su cuerpo y el de sus padres. Observa la cabeza de su madre, la de su padre y la suya, mucho más pequeña. A los 6 años hará un importante descubrimiento: los demás no son sólo cuerpos separados del suyo, sino que tienen sus propias mentes, sus propias percepciones, deseos y anhelos. A este descubrimiento se le llama “teoría de la mente” y será un momento de vital importancia para la socialización del niño, pues esto le llevará a ser mucho más empático.

Pero las cosas se le van complicando cada vez más al niño. La sala donde una vez entró con sus padres, ahora aparece repleta de gente: profesoras, compañeros y compañeras de clase, personas desconocidas…La realidad, para el niño, es cada vez más compleja.

El sociólogo Charles Cooley, en 1902, llegó a la conclusión de que el yo es una construcción social formada a partir tres elementos: a) la idea de cómo nos perciben otras personas, b) la de cómo nos valoran y c) algún tipo de sentimiento propio, orgullo o vergüenza, derivado de cómo nos juzgan. A esto lo llamó teoría del “yo espejo”. Es decir, nuestro yo depende de las personas que nos rodean. Así, en función de quien tengamos delante, nos percibiremos a nosotr@s mism@s de una forma o de otra.

Además del proceso de construcción del yo a través de los otros, existe el proceso contrario, es decir, la construcción de los otros a través de mí. Esto se denomina “proyección”, y durante las sesiones de terapia se debe tener muy en cuenta, ya que, la personalidad del terapeuta, puede afectar al análisis de la personalidad del cliente, por lo que hay que procurar que no llegue a afectar al diagnóstico.

La proyección no es un mecanismo que se dé exclusivamente en el ámbito de la terapia. En cierta medida, todos somos terapeutas amateur.

Cuando nuestros amigos nos piden consejo o nos cuentan sus problemas, nos ponemos la bata de analistas e intentamos buscar explicaciones a lo que les está pasando. Proyectamos nuestras habilidades o defectos en nuestros amigos y pretendemos que ellos actúen como si fuéramos nosotros mismos. Valoramos algo como bueno o malo en función de mis conceptos de bueno y malo. Se convierte así el proceso de construcción de la personalidad en algo cíclico, de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro. Es un proceso dinámico en el que yo puedo influir en los demás, a la vez que los demás pueden influir en mí.

En este complejo dinamismo de la personalidad debemos intentar no perdernos. Ser conscientes de nuestras habilidades y defectos, a la vez que comprender que las habilidades y defectos de los otros pueden ser contrapuestos a los mías. Es decir, que yo puedo ser una persona tímida y considerarlo un defecto, pero otra persona igual de tímida que yo, puede que lo valore como una virtud. Porque su timidez le ayuda a escuchar mejor a las otras personas y a no inmiscuirse en asuntos ajenos.

Asimismo, es importante valorarnos con confianza, intentar no hacer juicios de valor con cada una de las facetas de nuestra personalidad. Ya que, en definitiva, todos somos diferentes y únicos, y valorarnos en función de los demás, nos puede conducir a tener problemas con nuestra autoestima. Sin llegar a ser una persona arrogante, tener una autoestima alta es muy positivo para la salud mental de los individuos. Considerar las facetas de la personalidad como estamentos estancos y valorarlos con adjetivos absolutistas de buenos o malos, nos convierte en ángeles o demonios sin posibilidad de cambio.

No olvidemos que las personas no somos un producto acabado, sino que somos un proceso continuo. Decir ¡Yo soy así! ¡No puedo cambiar! supone ir por el camino fácil del conformismo. Tú eres en parte tus amigos, tu familia, tu trabajo, pero en último término eres lo que decides ser.

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