En la rueda de las desapariciones.  Jordi Doce. Ars Poética  Precio: 17 €.
En la rueda de las desapariciones. Jordi Doce.
Ars Poética Precio: 17 €.

Es la poesía de Doce una poesía contenida, austera, lúcida, reflexiva.

“Todas las cosas tienen su misterio y la poesía es el misterio de todas las cosas”.

La publicación de la amplia antología En la rueda de las apariciones por parte de la editorial asturiana Ars Poética nos permite volver a los poemas de Jordi Doce, de índole meditativa y, por tanto, propicios a la relectura, con el aliciente añadido de ofrecernos una veintena de inéditos que el autor había dejado por el camino y ahora rescata. Además, el propio poeta ha ordenado la selección de tal manera que da la sensación de encontrarse ante un libro unitario, cuando menos en lo relativo a la poética en evolución que se desprende de sus versos y que traza con mucha propiedad en el sucinto prólogo el crítico Vicente Luis Mora.

El título, verso final del poema «Huésped», perteneciente aquí a un libro, Calle Blanca, en buena parte integrado luego en su última entrega lírica, No estábamos allí, que no conocía, como tampoco el anterior que se antologa, Estación Término, procede en última instancia del poema de Coleridge «Escarcha a medianoche», citado de entrada junto a la enigmática antítesis integradora de José Ángel Valente, uno de los faros de Doce: «No separes la sombra de la luz que ella ha engendrado». La referencia nos previene de antemano contra toda forma de facilismo o de caída en el tópico, nos avisa de que nos encontramos ante una poesía cuyo oficio es el cuidado y la exigencia de preservar la intuición que la origina y la debida distancia –por acudir a Álvaro Valverde, otro de sus cómplices–  necesaria «para reconciliarnos con la vida», causa, tal vez, de esa emoción intelectual, un tanto fría, que en apariencia, solo en apariencia, se desprende de sus versos.

Los que la frecuentamos desde hace tiempo, sabemos que vamos a acompañar de nuevo a un hombre solitario que echa un vistazo al mundo desde su ventana o pasea, generalmente de atardecida, con el cuello del abrigo subido, mientras se adensa en los muros la penumbra, por una ciudad del Norte, que puede ser su Gijón natal, o Sheffield, Brighton, Belfast, con una atmósfera que se me antoja acogedora desde su resfrior ambiental: un invierno ventoso, el cielo plomizo, la desnudez del páramo escarchado, los brezales y turberas, la luz lacustre, los pedriscos furiosos, «la grisalla del humo», ramas desmochadas por el ventarrón ululante, los mares voraces, las nieves someras… Pero lo mismo valdría para una carrera de taxi por la capital de México, una escena en el secarral alucinante de los Monegros o en una playa del Sur. Un hombre que se pregunta por el miedo sustancial de la especie, por el cumplimiento del deseo «que todo lo destruye, / menos él mismo», por el amor cumplido de pareja, con sus demonios, por la aceptación o su reverso abstracto y visionario, por todo aquello, en fin, que marca nuestra deriva en el «acontecer del tiempo».

Esta poética ya de sus primeros libros ha traído a nuestro idioma un tono original, fraguado a partir de cierta poesía en inglés desconocida, o casi, por estas latitudes, la de Charles Tomlimson, Ted Hughes, Charles Simic o Geoffrey Hill, a los que ha traducido y estudiado espléndidamente. A este respecto cabría señalar que en el poema titulado precisamente «Traductor», dedicado a otro de los traductores cardinales de la poesía de ese mismo ámbito en nuestros días, el salmantino Andrés Catalán, se indica que quien vierte a su idioma versos ajenos les añade la historia personal y propia de sus días. Pues bien, del mismo modo, a la inversa, a través de su poesía se permea en español el clima lírico de buena parte de lo mejor de la poesía anglosajona moderna. Es un fenómeno de trasvase muy enriquecedor, como ya sucediera, en otro orden de cosas con la poesía de Claudio Rodríguez.

Es la de Doce una poesía contenida, austera, lúcida, como decíamos al principio reflexiva. Revela una mirada que piensa, que se sitúa, con la dificultad que semejante posición, más bien equilibrio, conlleva, entre el mirar y el ser mirado, mejor dicho, entre el mirar y lo mirado. «Como un hilo tira del otro», el latido cómplice, justo, del mirar «de quien ve más allá de la mirada / la clausura sutil que lo gobierna», acuciado por el asombro, va del exterior al interior: observación, contemplación, meditación, cierre en suspenso, hasta «imantar el mundo» y de alguna manera «hacerlo suyo», pero preservando el misterio inicial, que es el ser de la poesía, su «secreto bien guardado», tal y como nos recuerda el conocido aserto de Federico García Lorca: «Todas las cosas tienen su misterio y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas». No en vano los poemas escritos durante el primer lustro del siglo los tituló Gran angular, para dar sentido con este término cinematográfico a la amplitud de su mirada, que se manifiesta con una prosodia de metro impar, raramente octosílabo, punteada por poemas en prosa y hasta ramilletes de jaikus o monósticos en ristra ascendente y descendente.

Su asentada poética, cada vez con un peso mayor del tiempo, de su transcurso inmisericorde y sin vuelta atrás, se manifiesta con insistencia en algunos motivos muy queridos por el autor, así el mar con gaviotas de su niñez fuente de fábulas, que es «la respiración, la espera, la solemnidad», los esquivos gatos como funambulistas por las tapias, los atardeceres acompañados de la melancolía difusa que da el entendimiento o, en fin, los grajos, los omnipresentes grajos tan de Hughes, con su revolar de invierno, chillones, alborotadores, unas veces contrastados con la nieve, otras como portadores de malos presagios. Pero siempre procurando conservar intacta la cantidad hechizada de la que hablara Lezama Lima, tan sólo para vislumbrar su lección de permanencia indescifrable y dejar constancia de ella, como si fuese, y aquí recalo en Borges, un presentimiento. Y qué otra cosa es la poesía.

 

DISTRITO FEDERAL

Casas impares, truncas, contradichas.
Pasta un sol de rapiña en los baldíos.

El taxista que no sabe el camino
masculla obviedades interesadas,
barnices para su ignorancia, y todo
se muestra como en gota de resina,
fugas hacia delante por el Periférico,
márgenes de ladrillo visto y descuido.

Un letrero pende bajo la luz ajena.
Es el ojo de un cíclope inasible
hecho de arena y temblor y espejismo.

La extrañeza es una forma de atención,
una distancia desnudada.

La voz del aturdimiento
habla por hablar.
Sus disculpas se han vuelto retadoras.
Es tarde para mí, para todos.
Terca, la miseria se desportilla
entre el ajuar de la modernidad.

 

 

PAISAJE

Fueron los años mejores,
los años del surco y el sembrar.

Ahora todo es hacer cuentas,
la dosis que amansa.

El cielo no tiene nada que decirte
pero seguirá girando.

Muros altos, claraboyas,
polvo en suspensión
que simula un firmamento.

Bienvenido a la tristeza
de los almacenes.

Jordi Doce

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