El mundo de la creatividad se abría ante él.

Los secretos son pensamientos encerrados que siempre conviene obviar para no caer en la tentación de hablar con ellos.

Encontrar un lugar para cada cosa equilibra la visión con proporciones que no se escapan de la realidad. Cuando el tamaño nos apabulla, comenzamos a husmear en todo tipo de rincones para encontrar  el molde de lo que creemos imprescindible. A veces no aparece, y es cuando nos damos cuenta de este erróneo esquema, empezando a valorar los lugares espaciosos en los que se pueden oler los proyectos e ilusiones. La selección de lo verdadero, y la claridad en las prioridades, desarrolla una disciplina que nos mantiene activos.

Cuando compró un piano de cola que no cabía en su domicilio, se derrumbó. Buscó ayuda y la encontró en un lugar indescriptible. En el sitio en el que los sueños se hacen realidad. A pesar de su edad, nunca supo que podían existir mundos tan distantes y tan afines a la vez. A partir de ese momento su vida cambió para siempre.

Con un enorme sigilo fue surcando el camino. Los nervios cegaban su orientación, y dando vueltas sobre sí mismo transcurrieron varias horas, topándose con las mismas imágenes una y otra vez. Un golpe de suerte le hizo ver la realidad avanzando con cautela hacia el punto de encuentro. En silencio nos saludamos con la mirada, y de puntillas entramos. Fue tan grande el impacto, que necesitó cerrar los ojos para recordar lo que acababa de ver, temiendo otra realidad. La calidez acomodó su ropa en los pliegues de la piel y templó todas sus dudas. Ahora estaba seguro y lloró de emoción.

Hasta este momento nunca había comprendido el valor de la belleza. En cada rincón se removían sus sentidos. El mundo de la creatividad se abría ante él; la estética de los objetos, el aroma de la pulcritud, el sabor de lo bien hecho y la elaboración exquisita de todo lo que acariciaba, acompañaban a una música tenue que venía del lugar más ansiado. Con una devoción que taladraba la verdad, se abrazó al piano de cola susurrando una retahíla de pensamientos acumulados durante años (o siglos).

Interminables horas de estudio con disciplina férrea. Distribución tenaz de cada minuto y empecinamiento por la resolución de todas las dificultades técnicas. Enorme voluntad para dar alas a la interpretación de las grandes obras de sus sueños. Poco a poco y durante años no se resquebrajó ni un ápice la ilusión por un mundo lleno de sonidos brillantes, oxigenados y auténticos.

Mantener la ocultación durante tantos años me ha hecho reflexionar sobre el equilibrio, la serenidad y por encima de todo la lealtad. Los secretos son pensamientos encerrados que siempre conviene obviar para no caer en la tentación de conversar con ellos. Alimentarlos y cuidarlos es un exceso de generosidad que de entrada nos hace sentir bien porque nos ponemos en su lugar, pero arruina su esencia. Son tan débiles, que al mínimo estímulo pierden su consistencia y resbalan con la pátina que los sustenta, convirtiéndose en una viscosidad que se moldea a placer para salir por cualquier cavidad,  encontrando la libertad que no les corresponde. Depende de nosotros vigilar con mimo todas las salidas para mantener aséptica la misión.

El auditorio está a rebosar. Llega, saluda y comienza a sonar la balada nº1 de Chopin. El piano le sonríe con orgullo de padre. Los dedos dialogan con una hermandad que emociona. En primera fila están sus familiares y amigos, que ahora sí comparten su devoción por la música, olvidando tiempos pasados. Todos se consideran cómplices del logro y lo celebran con alegría.

Y aprovechando el momento, decide salir del armario.

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