El embalse 13 Jon McGregor.
Libros del Asteroide. Precio: 20,95 €.

Me parece que una novela policíaca es tanto mejor cuanto más rebasa el anzuelo fácil de la intriga.

Y, naturalmente, cuanto más renuncia a los quiebros sorprendentes de la trama y demás trucos al uso.

Es lo que sucede con la cuarta novela de Jon McGregor, profesor de escritura creativa en la universidad de Nottingham, El embalse 13, que fue en 2017 premio Costa y finalista del Man Booker. Y eso que el inicio, el día de Nochevieja, que se diría sacado de cualquier noticiero televisivo debido a la repercusión mediática de estos sucesos, parece barruntar lo contrario: «Se congregaron en el aparcamiento antes del amanecer y aguardaron a que les dijera qué debían hacer. Hacía frío y apenas hablaban. En el aire, preguntas que nadie hacía. La niña desaparecida se llamaba Rebecca Shaw. La última vez que se la vio llevaba una sudadera blanca con capucha. Una niebla baja cubría el páramo y la tierra estaba congelada».

En lugar de deslizarse por caminos trillados, McGregor opta por levantar, a partir de la espoleta, no sabemos si retardada, de la desaparición de la niña de trece años, la vida misma y su transcurso dentro de una comunidad, para ser más exactos un territorio, porque el paisaje está descrito con enorme plasticidad: un páramo de turberas y brezales, con aerogeneradores, canteras y sus detonaciones y, sobre todo, embalses, además de las criaturas que lo pueblan: esquivos zorros, jabalíes y tejones, pacíficas vacas y ovejas y, sobre todo, pájaros, como mirlos, águilas, palomas torcaces, reyezuelos, garzas reales, faisanes, zorzales, golondrinas, murciélagos, en fin, toda la fauna y flora, acaba adquiriendo un protagonismo casi parejo al de los habitantes de la comarca, cuyo devenir cotidiano, cómo se cruzan, avanzan o retroceden sus relaciones, cómo se suceden nacimientos, ligues, bodas, divorcios o reconciliaciones seguimos a lo largo de trece capítulos divididos en trece parágrafos correspondientes más o menos a cada mes y a razón de uno por año.

Esta fijación en el trece da idea de la férrea estructura de la novela, un mecanismo de relojería muy bien afinado. El estilo, eficaz en extremo, punteado por frases breves, facilita una lectura trepidante, así como su linealidad. La caracterización de los personajes, muchos, en general a partir de sus actos, es estupenda. El manejo del punto de vista, una tercera persona omnisciente, abarcadora, que con frecuencia parece emanada directamente del pueblo («lo vieron…», «se decía que…») apuntala la narratividad y la define, a tal punto que cada tramo parece el parte mensual de la vida animal y comunitaria.

Así consigue el autor, gracias a su mirada exhaustiva, el efecto de que al avanzar por sus páginas nos internemos en los intríngulis del lugar, como si viviéramos dentro de la novela, expectantes frente al acontecer de los asuntos propios de los vecinos, que se van incorporando a la acción según se desenvuelve la trama mientras –como un ritornello, los padres cual fantasmas, fatigando los senderos, la chica materializándose en presuntas apariciones– se mantiene la calma tensa, en ausencia, de las expectativas creadas tras la desaparición, con la investigación abierta y especulaciones, bromas pesadas, maledicencias, detención de un pederasta e insinuaciones de todo tipo, características de los sitios pequeños donde, como en aquel verso de Borges, no existe el olvido. Y bien que logra hacer que lo recordemos este joven pero diestro novelista.

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