Nôtre Dame, sus gárgolas y sus arbotantes asomados al Sena. Sacre Coeur, su cúpula blanca y su escalinata resbalando sobre Montmartre. Madeleine y sus columnas griegas saludando en la distancia a la Place Concorde. Son las iglesias que vienen a la mente al nombrar París. Magníficas y notorias. Maravillosas y evidentes. Espléndidas y reconocibles.

Sin embargo, París es mucho más que lo obvio. Es un universo en el que se pueden encontrar otros templos; muy escondidos unos, a la vista, pero pasando desapercibidos otros, discretos todos. Templos que son el hogar de dioses venidos de todas partes del mundo y que han encontrado un hueco dentro del callejero de la ciudad.

Siguiendo la aguja imantada de la brújula de descubrir tesoros, con la mente abierta y sin necesidad de un corazón creyente, es posible hacer un hallazgo en cada punto cardinal, aun si los rumbos no coinciden en la geografía y en la realidad.

 Al norte, la India del Sur.

Desde la Gare du Nord a la Rue du Faubourg, Saint Denis se inunda de ambiente hindú con los escaparates de las tiendas, que ofrecen saris de telas de brillantes colores y bordados exquisitos, frutas exóticas, jengibre y curry, vídeos de Bollywood, discos de música india y joyas de delicadas filigranas de plata y oro. Al llegar al Boulevard de la Chapelle y pasando bajo las vías del metro, en el 17 de la pequeña Rue Pajol está el templo Ganesh. Un portal pintado de azul claro y un rótulo en el toldo grisáceo señalan la entrada. Si se llega apurado de tiempo a la hora de la “pooja”, será fácil localizarla gracias a la montaña de zapatos que quedan en la puerta, esperando a que sus dueños terminen la oración.

Al entrar, la primera sorpresa es que el suelo tiene calefacción, y después…  París se volatiliza y surgen Kerala y Bangalore.  El espacio, un local, no demasiado grande, está rodeado de altarcitos con coloridas figuras de una gran variedad de deidades. Todas ellas están hechas a mano en la India según la tradición védica y traídas, especialmente, para el templo. Están listos los platillos y cuencos llenos de flores y comida. Las ancianas tienen sitio en primera fila, sentadas en el suelo; los hombres se colocan detrás, de pie. El centro del local lo ocupa un cuadrado con un dosel cuyas cortinas bordadas se abren cuando los brahmanes de torso descubierto y ensortijado pelo negro azabache hacen su aparición. El ritual comienza y los asistentes lanzan exclamaciones de adoración ante la visión de Ganesh, el dios decapitado por su padre y cuya cabeza fue reemplazada por la del primer ser vivo que se encontró: un elefante. Se entonan las plegarias, se repiten los mantras, suenan en sánscrito los cánticos coreados por los asistentes, se presentan las ofrendas florales y alimenticia. El ritmo de los rezos es rapidísimo, una letanía en tono monocorde que se acompaña con diversidad de acciones por parte de los oficiantes: un fuego avivado con un líquido inflamable, disposición de platillos con pétalos y arroz, una campanilla que suena, un candelabro que se hace girar alrededor de un tótem muy adornado. A veces se entremezclan las voces de los brahmanes en una disfonía, sin embargo, agradable. Todos participan con fervor y la ceremonia se vive con pasión; es profunda, activa y emocionante. Cuando todo acaba, hay que intentar encontrar los zapatos practicando la paciencia, una de las obligaciones eternas del hinduismo.

Al sur, Laos, Camboya, Vietnam y un trocito de China.

El quartier Olympiades acoge el pequeño Chinatown de París. Restaurantes y comercios con farolillos rojos en las fachadas; supermercados como el enorme Tang Frères, anunciado en un gran cartel sobre fondo rojo; incluso las características fuentes Wallace, que se encuentran pintadas de verde en toda la ciudad, son rojo fuego. En las aceras, los puestos callejeros de frutas, verduras y hierbas aromáticas son poco más que cajas y maderas improvisando tenderetes con aspecto muy provisional. Todos los vendedores y clientes son asiáticos. Entre ellos, alguno se sienta en el suelo y simplemente mira la vida discurrir a su alrededor.

Es difícil encontrar el templo. A la altura del número 75 de la avenida Ivry, la Rue du Disque es en realidad un pasadizo bajo tierra que alberga un aparcamiento. Entrando por la rampa intimidante y lóbrega, al fondo del túnel otra vez unos farolillos son la guía hasta dar con el inesperado santuario. Al final de la oscuridad se encuentra el lugar de culto de la comunidad oriental de origen indochino en París. He ahí al Buda Sakyamuni en todo su esplendor y acompañado por su emisario, el “boodhisattva” –seguidor del budismo que practica el altruismo como forma de vida- “Avalokitesvara”, y del Emperador Zhenwu, 82º avatar de Lao Tse. Nada más y nada menos. En un garaje parisino. Es complicado atinar con el horario de celebraciones, pero incluso cuando estas no tienen lugar, el templo sorprende por su extraña ubicación, por su aire secreto y su ambiente casi esotérico. De iluminación rojiza, tenue y cálida, pero de paredes y mobiliario fríos, resulta más misterioso que acogedor. En la entrada un tablón está cubierto de las tiras, por supuesto rojas, en las que se escriben las oraciones y súplicas.  El altar del Buda ocupa el lugar central y las velas están prendidas en su honor. En otros altares se encuentran las ofrendas: naranjas, azúcar, aceite, algunos billetes de dólar… Oran en silencio un par de hombres totalmente aislados de lo que ocurre a su alrededor. Es sencillo abstraerse del entorno. Reina la contemplación, no se oye nada. La respiración resuena en esta burbuja de vacío. La mística que lleva al nirvana flota entre los conductos de ventilación del techo.

Al este, Marruecos.

El distrito V es el más antiguo de París, que fue fundada por los romanos y llamada Lutecia. Se conservan en él los vestigios de las Arènes, un anfiteatro del siglo I. Muy cerca se encuentra el Jardin des Plantes, y justo al lado está la Grande Mosquée. Es la mezquita más grande del país y fue construida en homenaje a los musulmanes muertos por Francia en la Primera Guerra Mundial.

Para imbuirse de la atmósfera árabe solo hay que traspasar la pequeña puerta en el chaflán que forman las calles Geoffroy-St Hilaire y Daubenton. El patio repleto de geranios, el sonido del agua de las fuentes, el té de menta, los pastelillos de miel, pistacho y almendras; bien podría ser una escena en una plaza de Fez.

Una puerta verde da acceso a otro patio, cubierto por toldos, que semeja el de un “riad”; cuando se acerca la hora de la cena las grandes bandejas de latón dorado cubren las pequeñas mesitas de mosaico y los gorriones descarados se acercan a picotear las migas de la mesa o del mismo plato. Trinan mostrando su contento y su impaciencia. En el ambiente se cruzan los aromas que desprenden los inciensos para el rezo que se venden en una tiendecilla y los olores de la comida magrebí (tagine, cous-cous…) que empieza a ser servida.

Aún hay tres salones más de paredes de tonos ocres con diferentes elementos decorativos, todos realizados por artesanos del norte de África usando materiales tradicionales: los vitrales luminosos, los azulejos de motivos vegetales, las yeserías y las enormes lámparas de cobre llenan estas estancias lujosas y relajantes.

La mezquita no está emplazada en un barrio árabe, pero si se coincide con la salida de la oración se observan estampas que suceden en cualquier ciudad de Marruecos a esa misma hora: el revuelo de túnicas blancas, las charlas en corrillos a la puerta, las mujeres y hombres sentados en la acera vendiendo sus sencillas mercancías  de fruta o ropa de segunda mano.

Esta hora también brinda la oportunidad de asomarse a través de la entrada principal, ricamente decorada y rematada por la media luna y una estrella, para ver el patio de honor, con sus setos, árboles, fuentes y sus tejadillos esmaltados de verde; es momento de elevar la mirada hacia el majestuoso minarete de más de 30 metros de altura y sentirlo convertido en ese dedo índice apuntando al cielo que sustituye a la fórmula ritual que todo musulmán oye al nacer y recita al morir.

Al oeste, Rusia.

No muy lejos del Campo de Marte, a los pies de la Torre Eiffel, uno podría vivir toda la vida en la Rue Lecourbe sin darse cuenta de que en la corriente puerta cochera del número 91 una pequeña placa de metal avisa de que aquí se encuentra la iglesia ortodoxa de Saint-Séraphin-de-Sarov. Es en esta zona donde se asentó una numerosa comunidad rusa que venía huyendo de la revolución bolchevique y encontró trabajo en las cercanas factorías de Citröen y Renault. Rodeado de un acogedor jardincillo y acompañado por otros edificios de viviendas, el templo es una pequeña construcción de madera que recuerda a una isba, y está rematado por dos cúpulas bulbosas azul celeste.

Hay que llegar un sábado, poco antes de las seis de la tarde, para visitarlo en soledad antes de que comience el oficio de vigilia. Una sonriente mujer da la bienvenida y se ofrece para ayudar en caso de querer encender una vela. La iglesia está casi a oscuras, recibe poca luz del exterior, pero es una delicia. Una joya de oro y de madera; el oro que en la simbología cristiana ortodoxa es la luz divina, y la madera en forma de estructura y sorpresa, pues dentro del edificio, pegado al muro frente a la entrada central, sobrevive uno de los arces que había en el lugar en el momento de su construcción.

El conjunto es una profusión de iconos en cada centímetro de pared, alfombras cubriendo todo el suelo, objetos de culto repartidos en mesitas cubiertas con tapetes blancos, el magnífico iconostasio al fondo… un hermoso lugar de recogimiento.

Los fieles van llegando. Encienden velas, puras, maleables y enemigas de las tienieblas.  Besan las imágenes de los santos y vírgenes que pueblan la iglesia. Una dulce abuelita se sienta en una de las sillas y reza a media voz. La penumbra se rompe cuando el sacerdote hace su aparición por la parte trasera. Todas las luces se encienden y se corta el aliento, quizá por el súbito y simultáneo refulgir de los dorados, quizá por la nube de humo de incienso que el cura va esparciendo mientras recorre el pasillo central hasta el altar y que, dadas las dimensiones de la iglesita, se adueña de todo el aire disponible en un momento.

Se suceden los cantos y las palabras en la lengua litúrgica oficial, el eslavo eclesiástico. El oficiante y los creyentes alternan sus voces en una conversación musical sin descanso y todos entonan como los ángeles, aunque las mujeres llevan la voz cantante. Llama la atención que mientras el celebrante recita, canta y habla los asistentes siguen moviéndose de icono en icono, de imagen en imagen, rezando, añadiendo iluminación con las llamas de los cirios, y permanecen en pie durante todo el oficio. Es una celebración muy larga, pero salir discretamente antes de que acabe seguro que no es un pecado muy grave a los ojos del misericordioso Dios ortodoxo.

En un mundo bocabajo, en el que nada está en el lugar que se da por supuesto, en el que lo establecido es frágil y el norte se pierde no solo en sentido figurado, la divinidad toma distintos nombres y distintas formas, es invocada y alabada en diferentes lenguas y recibe honores de muy diversas maneras. Cada fe se reivindica. Cada religión santifica sus dogmas. Cada creencia eleva su plegaria a un cielo. Cada doctrina impregna un barrio con su sensibilidad.

Todas comparten el plano de la ciudad, convertido en una rosa de los vientos que guía al navegante entre aquilones, sirocos, levantes y céfiros hasta los puertos -no siempre seguros y resguardados- de la trascendencia y la espiritualidad, en un proceloso océano global llamado París.

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