Contra tiempo. Avelino Fierro.
Eolas editorial. Precio: 18 €.

Las rutinas, que mantienen el espejismo de una vida regular, son materia de trabajo de todos los diaristas.

Crónica de bares, amistad y libros. Músicas compartidas, pensamientos, evocaciones.

«Ya han vuelto los pájaros a los árboles del parque». Hay frases que nada más leídas nos hacen pensar en su autor. Quizá porque resumen el mundo desde el que nos habla, si se trata de un diarista, como es el caso, Avelino Fierro, un autor que irrumpió adulto en la república de las letras y que tras apenas cuatro volúmenes, todos ellos fielmente publicados en la misma editorial, Eolas, se ha hecho un hueco entre los grandes practicantes de este género, que tiene entre sus filas a autores de la estatura de José Jiménez Lozano, Andrés Trapiello, José Luis García Martín, José Carlos Llop, Iñaki Uriarte, José Luna Borge o Hilario Barrero. Una frase, además, que sus lectores sabemos dictada en una tarde de viernes, al final de la semana laboral, en uno de los pocos momentos que el desempeño de su trabajo se lo permite, desde una mesa rodeada de libros y frente a un ventanal desde el que se contemplan unas nubes pasajeras que acaso terminen atrapadas en un dibujo a lápiz sobre la página del último volumen de poemas que el autor tiene entre las manos.

Las rutinas, que mantienen el espejismo de una vida regular, son materia de trabajo de todos los diaristas: el ritornelo que hace que destaquen como extrañas flores las excepciones que puntúan, también regularmente, la existencia de cualquiera. Un viaje con loro, por ejemplo, puede venir así a romper la vida reglada y monótona de ese personaje, algo hipocondríaco, que reparte sus días entre un oficio que se le ha vuelto mecánico y unas noches promisorias en las que convive con artistas, músicos y otras gentes de un «mal vivir» amable y provinciano. La tensión entre esas dos vidas, entre la realidad y el ideal, es una característica presente en toda la escritura confesional de nuestro autor, uno de los motores que la animan y en parte le diferencian de otros diaristas, junto al humor. Ambos recursos combaten el cansancio del ser confrontado con el siglo que le ha tocado en suerte, que encuentra una válvula de escape en el arte, un refugio en la ilusión momentánea de otras vidas posibles.

La media vida de la noche —la vida a medias con que tituló una de sus anteriores entregas y que a alguno confundió— protagoniza muchas de las páginas de estos dos diarios pertenecientes a 2017 y 2018. A diferencia de lo que ocurría en los anteriores, las entradas han dejado de aparecer correlativamente numeradas. Contra tiempo, desde su título se posiciona a favor del instante que ocurre o que se ensueña desde una buhardilla frente a cuyas ventanas altas pasan otoños turistas y atardeceres de alas rotas que son descritos con precisión de poeta desde ese «diminuto teatro» de una habitación propia repleta de libros. El fiel lector de alguna de las anteriores entregas —Una habitación en Europa, Ciudad de sombra y La vida a medias— ya sabe lo que va a hallar, porque el propio autor ha ido descubriendo sus cartas y con total sinceridad crítica ha definido su tarea: «Me abastezco de lecturas, del enamoramiento hacia las cosas, de una atmósfera que las envuelve, de un estado de ánimo, de un matiz de sombra, de un desorden que quiero interpretar o fijar con las palabras». Recuerdo y también olvido en unos textos en los que, al pasar las páginas, va pasando la vida, como nos confirma el propio autor: «Estas últimas jornadas han sido intensas y han estado lle­nas de momentos sobre los que quizá un diarista que se pre­cie tendría que haber escrito. Muchos de esos instantes los he olvidado».

Lecturas, «amores», atmósferas y desórdenes son lo que va cambiando en estas páginas que siempre logran sorprendernos o emocionarnos mediante el recurso         —nada fácil— de lograr capturar la vida. Hemos dicho antes que uno pasa páginas y pasa la vida. Julio Llamazares, en su prólogo, destaca lo mismo y le añade un matiz: «ese fulgor de los días normales que se van como las nubes por el cielo un día detrás de otro y que se marchita en las fotografías».

Crónica de bares, amistad y libros. Músicas compartidas, pensamientos, evocaciones. Itinerancias y garitas ante la cristalera del alba, paseando con los pies descalzos para notar las impurezas del suelo de madera, regresos de madrugada con el zurrón repleto de conversaciones y belleza capturada en instantáneas apenas entrevistas en un vagón de tren, en una melodía, en el sonido de unos versos que son atrapados y después se escapan como agua entre los dedos de la sed. Tesoros que van perfilando al hombre que los describe, reacio al uso de la tecnología digital, fiscal de profesión y lector impenitente, conferenciante literario, paseante y amigo de sus amigos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *