El ozono es un gas de color azul pálido, irritante  picante, formado por tres átomos de oxígeno (O3). Normalmente se concentra en la llamada “capa de ozono” que se sitúa en la estratosfera, entre los 20 y los 30 kilómetros de altitud, pero puede aparecer en las capas bajas de la atmósfera (la troposfera).

Entonces se le denomina “ozono troposférico” y se convierte en un contaminante, el “ozono malo” que provoca daños en la salud y el medio ambiente y ya no ejerce ninguna función protectora sino que resulta perjudicial para la salud.

Ataca a la vegetación al depositarse sobre los tallos y las hojas y deteriora los tejidos vegetales impidiendo el crecimiento y la reproducción. Es un fuerte oxidante que ataca superficies y otros materiales como el caucho y los metales. A las personas les causa patologías relacionadas con el aparato respiratorio (irritación de mucosas, asma o disminución de la capacidad pulmonar); este ozono es capaz de llegar hasta los alvéolos pulmonares y provocar su inflamación impidiendo el intercambio gaseoso. También provoca alteraciones del sistema inmune.

Como he dicho, es un gran oxidante. En presencia de luz solar y en condiciones de poca humedad ambiente, mediante un proceso de fotooxidación, el ozono forma otros oxidantes fotoquímicos como el nitrato de peroxiacetilo  (PAN). Este es un contaminante atmosférico que, combinado con ozonoóxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles y la acción de la radiación solar provoca el fenómeno del smog fotoquímico (nieblas muy contaminantes e irritantes en condiciones de baja humedad atmosférica). Los PAN son tóxicos e irritantes, ya que se disuelven más fácilmente en agua que el ozono. Son lacrimógenos, causando irritación en los ojos en concentraciones muy bajas. En concentraciones más altas causan grandes daños a la vegetación. Se dice que son mutagénicos y pueden ser un factor causante de cáncer de piel.

 A partir de los óxidos de nitrógeno y azufre la acción del ozono provoca la formación de ácido nítrico (HNO3) y ácido sulfúrico (H2SO4) que unidos al agua de lluvia originan la lluvia ácida de efectos dañinos tanto sobre la vegetación como sobre construcciones de piedra y otros materiales

El ozono troposférico puede ser de origen natural o producto de actividades humanas.

El ozono troposférico de origen natural procede de descensos del ozono estratosférico. Se forma por las descargas eléctricas de las tormentas, que alteran el oxígeno atmosférico, o aparece a partir de actividades naturales como el vulcanismo. Su incidencia no es muy determinante en los valores habituales que se miden en la ciudades.

No así el ozono troposférico producido por las actividades humanas que se origina en las zonas industriales y en las grandes ciudades, por las combustiones que producen óxido de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles (precursores del ozono) y también a partir de los gases de los automóviles o de las calefacciones, cuando el monóxido de carbono o los hidrocarburos (HxCx, sobre todo H4C) son oxidados en presencia de grandes cantidades de óxidos de nitrógeno (NOx) y de fuerte radiación solar.

Este ozono producido por al actividad humana es un contaminante secundario que resulta bastante nocivo para la salud humana y su presencia en las ciudades y sus áreas de influencia ha de ser controlada, sobre todo cuando se dan las condiciones atmosféricas idóneas para su formación. La quema de combustibles fósiles, el fuerte calor y una elevada insolación (por eso sus altos picos de aparición en verano) desencadenan su formación. Además el ozono tiende a descomponerse en las zonas en las que existe una gran concentración de óxidos de nitrógeno, por lo que, paradójicamente, su presencia en el centro de las grandes ciudades suele ser más baja que en los cinturones metropolitanos y en las áreas rurales circundantes.

La normativa europea  establece que no se deben superar los 120 microgramos por metro cúbico de aire durante un periodo de ocho horas, y que esto no debe suceder más de 25 días al año. Pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha rebajado esta cifra a los 100 microgramos. Para ello se recomienda limitar el tráfico, principal emisor de los contaminantes precursores del ozono y se señala también a las grandes centrales térmicas (termoeléctricas) que queman carbón o hidrocarburos como responsables de emisiones perjudiciales. También se recomienda a la población que limite la actividad física al aire libre en las horas centrales del día, cuando mayor es la radiación solar y al atardecer, cuando los niveles de ozono son más elevados.

Los menores, las personas mayores, las mujeres embarazadas y personas con enfermedades respiratorias o cardiovasculares forman la población de riesgo, independientemente de su actividad física, y deben extremar sus precauciones cuando se producen estos picos en la concentración de ozono troposférico.

Y es que las administraciones y muy en especial las autoridades autonómicas y locales, que poseen los medios para hacerlo y son las más cercanas a los ciudadanos, tienen la obligación legal de informarles sobre los niveles de ozono, los riesgos y sobre cómo protegerse.

El umbral de información está en 180 microgramos (μg) por metro cúbico (promedio horario) y el umbral de alerta a la población en 240 μg / m3 (promedio horario) lo que requiere la adopción de medidas inmediatas para resolver la situación, cosa que no sucede habitualmente porque las medidas para resolver el problema son complejas y las fluctuaciones de este contaminante difíciles, en ocasiones, de prever. Los ayuntamientos, servicios medioambientales autonómicos y otras agencias suelen ofrecer datos diarios sobre la evolución de este contaminante con las que mantenerse informado.

Hasta que estas medidas no sean fáciles de adoptar y se produzcan situaciones de riesgo ya saben: eviten la exposición de la población más sensible en las horas de mayor radiación solar y procuren, y esto sirve para todo el mundo, no realizar ejercicio intenso al aire libre en las horas de mayor radiación solar, sobre todo en los días de alerta por calor.

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