Oficio de mirar (Andanzas de un cuentista, 1970-2000). Antonio Pereira. Pre-Textos. Precio: 30 €.
Oficio de mirar (Andanzas de un cuentista, 1970-2000). Antonio Pereira.
Pre-Textos. Precio: 30 €.

Hay un oficio de volar y un oficio de contar en la obra de Antonio Pereira.

En Oficio de mirar vemos tomar cuerpo al autor consciente del futuro de su obra, al que está pendiente de la suerte crítica de sus libros.

Además de ser títulos que colocó a algunas de sus obras, diríase que esa reincidencia en considerar la naturaleza de su escritura como un empeño vital personal es una pulsión tan fuerte que ha trascendido a su existencia y llega hasta nosotros ahora, en las páginas de este diario póstumo de tres décadas de la historia de España, con la nitidez exacta: oficio de escritor por encima de todas las cosas, también sobrepuesto a la actividad laboral con la que se ganó la vida.

Al exitoso y trabajador empresario del sector de la electricidad, fueron muchos los que se sorprendieron descubriéndolo, como también competente, en el ramo de la poesía. Pereira fue un cualificado comerciante al que en otro tiempo no habría sido imposible imaginárselo en zapatillas, alrededor de una mesa camilla con brasero, pidiendo recado de escribir para ponerse a pergeñar mientras la tarde apura su último resol unos folios con la historia entre salaz y bienhumorada de unas altivas peras con vino.

Oficio de escritor fue el suyo, sobre todas las cosas, disperso entre poemas, artículos, novelas y relatos breves, género este en el que es tenido por unanimidad como uno de los maestros de la literatura española. Otra cosa no quiso ser. Si acaso, como se desprende de estas anotaciones íntimas, le habría gustado que su obra poética se hubiese valorado algo más en un país en el que, como alguien dijo, nunca se puede ser dos cosas a la vez. Este volumen que se edita a través de las gestiones de la fundación que lleva su nombre nos descubre a un nuevo Pereira, al que ejerce el oficio de ver, de enfocar desde detrás de los cristales de sus gafas el mundo que transcurría ante sus ojos, fuera laboral o literario, a través del matiz ahorrativo de la ironía, esa sorna a la vez leonesa y tan suya que sembró tantos de sus relatos de sonrisas torcidas.

Él mismo es consciente de esa amabilidad de su prosa destinada a no ser publicada hasta después de su muerte cuando escribe: «No hago sangre, a lo más me quedo en la ironía sin llegar al sarcasmo, en mi propia biografía no hay desviaciones sexuales ni grandes escándalos. Y para colmo, escribo bien». Hallamos en esta selección noticia de tertulias literarias, actos sociales, viajes al extranjero, apreciaciones sobre libros y multitud de referencias a autores de la época: las andanzas de un cuentista, como refleja el subtítulo, entre los años inmediatos a la muerte de Franco y el fin de siglo. No falta el humor, la dulce ironía que se mueve entre la risa y la lágrima del carácter hipocondriaco, como cuando escribe: «Estoy deprimido. No tengo depresión. Son dos cosas distintas». La ironía que se afila al pasar por el esmeril de las tertulias: «En la “mesa de los poetas” del Gijón no he oído jamás hablar de poesía». La que viene a parar en divertido microrrelato sobre el día de su patrono por el hecho de que «San Antonio de Padua no era de Padua sino de Lisboa, no era frailecillo franciscano sino canónigo, y ya para colmo, no se llamaba Antonio, que se llamaba Fernando», aunque no pierde la fe en el magnate bancario que cada año le manda por esa fecha una felicitación manuscrita de su puño y letra. La ironía, en fin, que se resuelve en poesía y nostalgia de su Villafranca del Bierzo natal, como cuando, en pleno agosto malagueño, anota apenas: «En este mediodía de cegador verano mis sueños son la sombra espesa de una colegiata».

Con el pasar de las páginas y de los años, vemos tomar cuerpo al autor consciente del futuro de su obra, al que está pendiente de la suerte crítica de sus libros ―comenta, por ejemplo, que de su volumen de relatos Los brazos de la i griega «salen bastantes reseñas, pero pocas críticas verdaderas»―, al que advierte en su «estatus de personaje» cierto ascenso al pasar a recibir invitaciones de las embajadas en vez de las casas regionales. Con el autor que asume plenamente el oficio de escritor, por fortuna, no desaparece el Pereira que preferimos, el premeditadamente provinciano en ocasiones, el de la pulsión universalista a través de una mirada hacia lo local sin fronteras, el que no separaba la vida de la ficción.

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