“La realidad se está desmoronando, no por un caos repentino, sino porque todos los factores que la sostienen en frágil equilibrio han ido cayendo como fichas de dominó.”

Parábola de una realidad contada desde el 20 de julio de 2024 que Octavia E. Butler publicó en 1993. La distopía se hace presente. 

Cuando empezó el confinamiento duro de marzo del año pasado, con el fin de buscar algo de luz sobre el tiempo presente, me puse a leer En el corazón del bosque de Jean Hegland, criada en un pueblecillo de Idaho, novelón en el que el mundo tal y como lo conocemos, tras un periodo de incertidumbre en el suministro de energía, ha colapsado progresivamente. La causa de la hecatombe es que el ultracapitalismo y el ultraconsumismo se han extremado a tal punto que se han vuelto autodestructivos. Ahora, por las mismas fechas, he vuelto, supongo que no por casualidad sino llevado por el mismo motivo, a otra distopía tremebunda, La parábola del sembrador, también de una norteamericana, en este caso negra, Octavia E. Butler. Ambas pueden encuadrarse en el subgénero de novela de anticipación, en teoría a corto plazo además que, a su vez, algunos críticos consideran un subtipo de la ciencia ficción.

La parábola del sembrador, alusión bíblica con la que se cierra el relato, considerada novela afrofuturista, es la primera parte —la segunda, la secuela La parábola de los talentos no ha sido traducida aún al español, creo— de una trilogía que, al parecer, Butler no pudo por desgracia culminar debido a su muerte cuando planeaba la tercera entrega, ‘Parábola del embaucador’, en la que la comunidad que se forma aquí hacia el desenlace lucha por sobrevivir en otro planeta, porque la Tierra ha dejado de ser habitable, posibilidad insinuada ya en varios pasajes de esta narración y en el versículo-leitmotiv «enraizar en las estrellas».

La parábola del sembrador. Octavia E. Butler. Capitán Swing. Precio: 20 €.
La parábola del sembrador. Octavia E. Butler.
Capitán Swing. Precio: 20 €.

Gloria Steinem, la famosa feminista de Toledo, Ohio, autora de Mi vida en la carretera, muy recomendable, comienza el prólogo a la edición con un aserto taxativo: «si hay algo más aterrador que una novela distópica sobre el futuro, es una novela distópica sobre el futuro que se escribió en el pasado y que ya ha empezado a hacerse realidad». Así sucede con esta novela concebida como un diario que inicia el 20 de julio de 2024, unos treinta años después de cuando fue escrita, pues el original fue publicado en 1993, en Robledo, California, a unos treinta kilómetros de Los Ángeles, ciudad devastada, una quinceañera llamada Lauren, hija de un pastor baptista, que padece un peligroso, dadas las circunstancias, síndrome de hiperempatía, pues compartir el dolor es el más expuesto signo de debilidad. Vive «confinada en un barrio-pecera minúsculo, rodeado de muros y sin salida», atrincherada en un enclave de once viviendas en permanente amenaza de asalto, pese a la fortificación perimetral, pues más temprano que tarde se intuye que será arrasado por las hordas salteadoras del exterior.   

Este estado de cosas se debe a que «todo iba a peor: el clima, la economía, la delincuencia, las drogas». Nuestra civilización se ha desmoronado, no por un caos repentino o un cataclismo, sino porque todos los factores que la sostienen en frágil equilibrio han ido cayendo como fichas de dominó: «la situación está descomponiéndose, desintegrándose pedacito a pedacito». No hay casi electricidad ni gasolina, apenas agua potable. El miedo, el hambre y la furia campan a sus anchas, como jaurías de perros salvajes o de infrahumanos, verdaderos carroñeros apodados «coyotes», aficionados al descuartizamiento y al canibalismo. Todos los sobrevivientes que pueden van armados, porque la violencia extrema es generalizada, continuos los incendios provocados, alentados por una especie de narcótico del fuego (flash, fuego solar, piro…), así como los robos, saqueos y pillajes, sin orden, con la lucha por el poder y la supervivencia como única realidad u horizonte.

Butler recurre a una acción trepidante, a tal punto que a veces recuerda a películas tipo Mad Max, con lo que el subgénero anticipatorio se refuerza a medida que avanza la trama con el de aventuras, hasta convertirse en una especie de road movie descacharrada con una muchedumbre vagabunda, mugrienta, maligna y amenazante huyendo hacia ninguna parte, en un éxodo espectral, inútil, por las autopistas y la costa, incluso con atisbos de bildungsroman en lo que atañe a la adolescente que va descubriendo los secretos de la vida y del amor, ya desde el principio, cuando la protagonista sueña que está aprendiendo a volar. La narradora empalma el sueño con un flashback en el que rememora una escena con su madrastra hispana mirando las estrellas, muy apropiado para crear atmósfera. Luego, la autora contrapesa la crueldad instintiva e implacable que obliga a salvar el pellejo de continuo, con un asunto paralelo con sesgo metafísico, pararreligioso, que prevalece al cabo, en un lugar bautizado Bellota, como idea motriz de resistencia de lo humano. Esta vertiente de la novela se centra en un texto, titulado Semilla Terrestre: los libros de los vivos, que Lauren va escribiendo, dando forma a delirios irracionales sobre comunidades, medio sectas, que arraiguen en otros sistemas solares, según se desarrolla la acción y cuyos fragmentos, a modo de autocitas, encabezan los capítulos.

La novela en su conjunto, desoladora, más allá del argumento, alerta sobre la inexorabilidad del desastre toda vez que el sistema, una vez engrasado y acelerado, lo que parece evidente con la globalización desaforada a lomos de la tecnología, sin otro horizonte que el lucro, no puede detenerse. Y no sólo eso, sino que piensa que cuando se empiece a producir, como ahora es probable que suceda con la gasolina del coronavirus, todo el mundo se adaptará, nos adaptaremos, a los cambios e incluso haya una mayoría a la que le resulte atractiva la coyuntura y trate de aprovecharse aún más de sus semejantes provocando la vuelta, sin marcha atrás, a la única ley del más fuerte.

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