Esperé al puente de primeros de diciembre para llevar a cabo mi experimento, necesitaba unos días libres y no me apetecía pedir permiso en el conservatorio. No quería ni desorganizar a mis alumnos ni dar pistas sobre lo que podía parecer una locura.

Y llegó el momento. El día antes de la prueba busqué una caja de cartón lo más grande posible y la dejé escondida en un lugar seguro. Pasaría a ser uno de mis bienes más preciados ya que su función sería protegerme del frío de la noche. Me abrigué todo lo que pude y salí de mi casa con miedo, pero ilusionada. Era sábado y hasta el miércoles no tenía que volver a mi trabajo como docente. Metí en un saco de plástico un pequeño cojín, una mantita y un poco de fruta. Me costó mucho dejar los auriculares (abandonar a Malher, Rachmaninov, Prokofiev, Shostakovich…), a punto estuve de atarlos al cojín, pero la nueva experiencia tenía que ser lo más real posible, y necesitaba llevarla a cabo tal y como la había planeado.

Con una mirada que no reconocía, me fijé en todos los detalles que me rodeaban, y en los que nunca había reparado. Todo recobró diferentes dimensiones, mis ojos comenzaron a funcionar de otro modo, y el aroma que desprendía mi camino era desconocido a pesar de haberlo recorrido a diario durante mucho tiempo. De momento no llamaba la atención, acababa de empezar mi aventura y todavía estaba fresca y lozana. Caminando durante todo el día no me decidí a sentarme en el suelo para pedir limosna, aunque lo intenté varias veces sin conseguirlo. Comencé a sentir hambre, pero estiré mi ayuno sin plantearme nada que no fuera caminar y alejarme de mí misma.

Hacía un día frío y luminoso. Mis pies se iban agotando a la vez que desaparecía el sol. Llegaba la noche y con la incertidumbre de no saber lo que iba a ser de mí, sentí miedo aunque nunca me desanimé, la fuerza todavía me acompañaba. Estaba segura de lo que hacía, necesitaba ver la vida de otro color para comprender algunas lagunas que me habían atrapado.  Observé cómo las luces de las casas se iban encendiendo mientras yo me iba apagando. La soledad y la tristeza se apoderaron de mí. Pude comprobar que aunque todavía había gente caminando y conversando, el silencio me invadía porque estaba dentro de mí. Un silencio triste, solitario y poco placentero, nada que ver con el que siempre había buscado.

Pasé la primera noche acurrucada dentro de mi caja sin que nadie reparara en mí, algo que agradecí profundamente. El tiempo transcurrió con tanta lentitud, que la espera de la luz del día se me hizo eterna. Domingo por la mañana, nada de desayuno, nada de ducha, frío, mucho frío. Y con un aspecto que me iba delatando me animé por primera vez y por necesidad a sentarme en el suelo para pedir. Me impresionó comprobar cómo desde abajo todo se ve muy grande, mientras uno se siente muy pequeño. El frío va subiendo y la mirada va bajando, no es vergüenza, es incomprensión. La gente me miraba sin verme, ahora era un ser invisible. Respiré y me concentré para no olvidar nunca esa  sensación.

Estuve dos días más inmersa en ese mundo desconocido, y me fui deteriorando como si hubieran pasado dos meses. Con dolor por todo el cuerpo caminé con lentitud, encorvada, y con el saco lleno de experiencias me fui dirigiendo hacia mi barrio antes de lo previsto, necesitaba más tiempo del que había calculado para aterrizar de nuevo en  mi vida de siempre.

Pero ya nunca fue la misma.

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