Gavieras.	 Aurora Luque. Visor. Precio: 12 €.
Gavieras. Aurora Luque.
Visor. Precio: 12 €.

«Ahora solo amaso los recuerdos / de aquel hacer las noches mías antes».

Con estos dos versos, Aurora Luque encadena su último libro, Gavieras, que obtuvo el premio Loewe de poesía, con Carpe noctem, antepenúltimo de los suyos.

Aunque ya nos hablan de momentos guardados en esa memoria «que funciona como escarcha» para cuando llegase el «glaciar de la vejez», reflejan no tanto melancolía de una juventud que ya ha quedado atrás, como constatación de un viraje en el «temario» que ha tomado su poesía, una transformación que ha sido paulatina, no súbita, pues desde siempre alguno de los asuntos mayores con los que se confronta la autora ya habían ido dejando migas en todos sus libros previos. La reivindicación de lo femenino, el afán de libertad personal y una firme apuesta por la lentitud, en un mundo acelerado y neoliberal.

El impulso del poemario inmediatamente anterior, Personal & político, se prolonga en buena medida en muchas de las composiciones nuevas, combatiendo roles y estereotipos y postulando una igualdad que, aunque evidente, no es real en nuestras sociedades. Todo lo personal es político y lo político es personal, sostenía Luque, reclamando espacio público para la mujer. Igualmente, ya se posicionaba contra el vértigo de nuestras sociedades y el presente inmediato, sin espacio para disfrutar los sabores de la vida a través de unos sentidos embotados por la velocidad. Pocos poetas más epicúreos que Aurora Luque en nuestro panorama lírico actual. Nos parece entender, además, que ese abogar por la lentitud es hacerlo por la contemplación y, en último término, por la poesía, que enriquece la experiencia vital.

Gavieras se inicia con un caligrama que sugiere la forma de un barco, el horizonte visto desde la costa o el oleaje que alcanza a una playa. El vocabulario marítimo, la metáfora del mar mitológico como espacio de libertad sobrevuela todo el libro, como lo hacen la invitación al viaje —la primera sección del libro se titula «Deambulares»— y la negación de la prisa. Son cantos a la existencia, al goce de vivir con detenimiento los placeres a nuestro alcance, danzas celebratorias de la vida. En «Lenguajes vegetales de mi país viciado» nos propone renovar nuestros vínculos con la tierra de los dioses arcaicos, con la naturaleza, mediante rituales de fuego y bailes nocturnales. A través de esa voz personal que conjuga lo clásico con lo contemporáneo, la cultura con la vida, nos invita a renovar los ciclos del huerto y «celebrar la segunda existencia de las cosas» recogiendo los descartes de la cosecha del mundo, esos restos en el borde del plato, las manzanas olvidadas en las ramas, las horas malvividas y las palabras averiadas. Es, además de una propuesta vital, una nueva economía afectiva.

Expresada, en la mayoría de las composiciones, con voz de mujer. Devolver el protagonismo a esta —las gavieras del título son «las que atienden al horizonte» y ven más allá de lo que está a la vista en lontananza— se realiza mediante versos en los que aparecen Safo, Poimenia, Isabel Oyarzábal, Eleonora Fonseca o el modelo de las venus siempre esteatopigias: una galería de personajes femeninos, aunque más que galería habría que hablar de instantes de mujeres que supusieron momentos de ruptura. Se trata de una visión feminista, que confronta «el barbado destino» que ha escrito las páginas que nos han contado de la historia. Es hora de un nuevo relato y de seguir otra estrella. Una estela en la que la mujer no sufra imposibilidad de ser por el hecho de ser mujer, que gane espacios en la vida ciudadana y su lugar en el orden social, sin límites heredados ni esquemas prejuiciosos. Un poema como «Anfitrite», dedicado a la diosa marítima y tranquila que está en su albedrío, quien, a diferencia de Poseidón, «no aterrorizas: bañas», pone el foco sobre el asunto central: «Estar serenamente. Coexistir. / ¿Y si aprendiéramos de ti / una forma de estar en el lenguaje». Tomar de su ejemplo «la ética serena / que aleje a los feroces».

Ética y estética en una poesía que invita a encontrarse a uno mismo, hombre o mujer, a disfrutar el instante sin desdeñar la sensualidad, a vivir sin miedo ni hipocresías, a un ritmo diferente al que dispone como modelo una sociedad basada en la competitividad, cultivando el huerto interior y ponderando sus frutos.

Aproar
Vino la poesía de improviso.
A mí, que me sentía
malquerida por ella
—porque yo no la quise a su capricho—
me dijo: Túmbate y mira al cielo.
Vuelve al ciclo del huerto,
vuelve al mar mitológico.
¿No adorabas de niña las mochilas?
Da la espalda al vecino vertedero
de datos, ruido y prosa.
Traduce —a ver si puedes—
esa gracia del mundo
que es aullido y sonrisa.
Métete ya en un barco
con proa de dragón.
Fuiste vikinga, sí,
aunque no lo sepas.
Así que bebe océano,
come islas y duerme ya en los bosques
que metí entre tus sueños
de once años.

Mimnermiana
La vida avanza a broncos
momentos corrosivos
de guerra entre el amor y entre la muerte.
Cada cual, su armadura.
Yo le presto metálicas palabras
y escudos al amor. Tan pobre es mi discurso
que la muerte lo vence con muy poco.
Al final de la noche
me deja derrotada
con mi copa ritual medio bebida. 

Esto era envejecer.
Déjate de teatros y telones.

No es noche
Te vas quedando sola en el camino.
La vida ya no está donde solía.
Pierde timbres de voz.
De pronto falta el ancla
a bordo de la nave
y eres buque incapaz de fondear.
—Amigas, esperadme. Antes de que los rumbos
enloquezcan, bebamos
un buen vino.
                   —Amigos:
cae la tarde y es tarde.
Y la noche no es noche
al modo antiguo.

Aurora Luque

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