Hay que dudar de que exista una literatura femenina o una literatura escrita para mujeres.

Bajo la frase: “son las mujeres las que leen”, se esconden evidencias que conviene mostrar con cautela.

La actualidad de los últimos meses ha estado copada por las mujeres y los políticos. De estos últimos no voy a hablar; ya tienen bastante para sí mismos (cuando escribo esto España aún no tiene Gobierno). De mujeres sí y de mujeres escritoras y autoras de novelas y, además, mujeres con reivindicaciones y deseos.

Quiero creer que el movimiento por la igualdad entre géneros habrá logrado reblandecer algunas ideas, equivocadas o dudosas, respecto al papel de la mujer en la literatura desde el punto de vista de la autoría.

Siempre se ha tenido a la mujer, no sólo como más lectora, sino, en general, como más preocupada e interesada por la cultura. A veces se afirmaba esto con cierto retintín de perfiles machistas: como tenían más tiempo, podían disfrutar más de ciertos placeres. Ahora muchas mujeres trabajan y muchas de ellas, además, tienen hijos y los cuidan, y siguen leyendo más que los hombres, en un mismo entorno y con las mismas posibilidades de acceso a los libros. Dicho esto sin menosprecio de los lectores que en el mundo hay, que haberlos, haylos.

En otro orden, hubo un tiempo no muy lejano en el que la mujer escritora era una rara avis. Su progresiva irrupción en el territorio editorial, lenta, pero insistente, me temo que pilló por sorpresa a muchos; así pues, se buscaron términos y etiquetas que, en cierto modo, sólo buscaban reducir a fenómeno una realidad incuestionable que tomaba forma y verdad a marchas agigantadas. Literatura de mujeres o Literatura para mujeres, eran acepciones intencionadas que, en muchos casos, eximían de reflexiones más profundas. Lo que no quiere decir que no hubiera estudios serios sobre el fenómeno.

Transcurrido ese tiempo no tan lejano, se vive un momento feliz para las mujeres escritoras (algunas me dirán que “desde qué guindo me he caído”) y, mejor aún, para las escritoras de novelas. La queja es un arma imprescindible en cualquier proceso de reivindicación. No es extraño, por lo tanto, que en el de la lucha por la igualdad de géneros y una mayor visibilidad de la mujer en todos los órdenes sociales, partieran del colectivo de mujeres escritoras quejas referentes a las desigualdades que sufrían respecto a sus congéneres masculinos en el tratamiento editorial.

Quejas lógicas, en tanto en cuanto, obedecen a un deseo que ya estaba en los principios de la lucha por el derecho a la igualdad. La verdad, que no contradice para nada al deseo de conseguir cada vez más derechos, es que si se mira en el apartado de novedades de las editoriales (me refiero a novela) se comprueba que también se ha conseguido mucho en ese terreno. No digamos ya en una hipotética lista de libros más vendidos.

Lo que sí se puede demostrar es que las novelas de mujeres son tan distintas y tan parecidas a las de los hombres, como a las de ellas entre sí o las de los hombres entre sí. En un mundo editorial donde manda el mercado y se olvida el estilo personal a favor de un planteamiento único, creo que borrar las etiquetas puede reportarnos un soplo de aire fresco. Luego, ya veremos.

Por lo pronto, como aportación a la variedad de posturas ante el oficio de escribir, recordaré diez novelas que son el fruto otras tantas escritoras que nos han visitado los últimos meses y vuelven a visitarnos en este verano cuyo epíteto es tortura de calor. Escritoras y novelas.

Florencia Etcheves:

“Errantes es novela para leer con pausa, pues contiene más de lo que va contando y es mucho lo que cuenta en pocas páginas.”

 

Clara Sánchez:

“El amante silencioso es una historia de sectas en la que Clara Sánchez disecciona el funcionamiento de una secta, donde nadie es lo que parece y sonde rápidamente se puede llegar a la sumisión sexual.”

 

Paloma Sánchez Garnica:

“La sospecha de Sofía aborda el asunto de la identidad y la suplantación desde tantas perspectivas como rincones tiene la novela.”

 

Camilla Läckberg:

“La bruja destaca la habilidad de la autora para fundir el tiempo en historias paralelas que confluyen en un mismo escenario.”

 

María Dueñas:

“Las hijas del capitán: sigue Dueñas buscando y rebuscando en el pasado escenarios reales para sembrar en ellos la semilla de su propio mundo literario.”

 

Sara Mesa:

“Cara de pan no se despeña por gratuitas escabrosidades, pero sí es una narración a contrapelo, inquietante y nada complaciente ni políticamente correcta.”

 

Reyes Calderón:

“Clave Matisse: La historia del siglo XX empieza a despertar el apetito de escritores cuyo afán es dar una vuelta de tuerca a los acontecimientos que, los hayan vivido o no, extienden sus tentáculos hacia lo que ahora somos o pretendemos ser.”

 

Lucía Berlin:

“Una noche en el paraíso no es en puridad una novela, si bien Berlin engarza de tal manera sus relatos, propios de un mundo donde se funden realidad y memoria para formar un solo mundo, que parece un todo: la novela de muchas historias vividas. Es nuestra excepción.”

 

Carmen Posadas:

“La maestra de títeres: Posadas reivindica  la identidad propia, la suya y, como consecuencia, la de otras muchas personas, sin discriminación de sexo, a través de la literatura y, a fe mía, que lo ha conseguido.”

 

Ayanta Barilli:

“Un mar violeta oscuro se atreve a destapar los secretos de varias generaciones de mujeres, cuya línea más próxima recae en la propia autora. La última en llegar, con fuerza.”

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