El país de las ranas. Pina Rota Fo.
Errata Naturae. Precio: 15 €.

El país de las ranas es el resultado de más de una década de trabajo de Pina Rota, la madre de Darío Fo.

Es su única narración y un homenaje a sus progenitores.

Al parecer, durante más de una década, la madre del Nobel Darío Fo, Pina Rota, decidió revivir por escrito su niñez y el resultado es El país de las ranas, su única narración. Se presenta en ella como una niña «irritable, pesada, cargante», que para colmo se cría enclenque en un ambiente entregado a la fuerza bruta, a tal punto que le ponen un collar de ajos para espantar las enfermedades, uno de los motivos fundamentales de la historia, bien sea la gripe española, la enterocolitis, el moquillo de las gallinas o la fiebre aftosa de las vacas, porque en el campo la existencia humana y la animal se igualan y bien puede recetar el veterinario «una cucharada de aceite de ricino a palo seco» como remedio universal: «era la única medicina que conocíamos».

Si bien el libro, más allá de la mera reminiscencia, acaba siendo un homenaje a sus progenitores, tan distintos entre sí. Mientras que la sufrida madre, ocho partos, el último de gemelos que murieron a los pocos días, harta de padecimientos, odia el terruño, aunque luego sólo aguante dos días en la ciudad cuando visita a su hija, el padre intransigente, de origen piamontés, todo un personaje, desopilante, felliniano, amante de contar alocadas historias estrambóticas a sus hijos, tiene una obsesión enfermiza por la tierra, pese a saber «mejor que nadie que el labrador que la trabaja escupe sudor y sangre». No le queda más remedio, sin embargo, que vender al cabo la granja, todo, para «llevar la vida del perezoso: comer, beber y paseos ociosos», camino del demorado y espléndido desenlace de la narración, con los hermanos reunidos en torno a su persona, que repite con estoicismo labriego: «La tierra nos da y la tierra nos recibe».

El título procede de uno de los lamentos de la abnegada madre: «En este pueblo no hay más que ranas, se te meten hasta en casa, ¿sabéis que las ranas fueron una de las plagas de Egipto?», indicativo de la secular pobreza campesina, de las vidas miserables y las privaciones y fatigas que acogotan a los paisanos, tan bien recreadas, igual que sus supersticiones y caracteres, por Rita Fo. En esas condiciones tan penosas es lógico que la aspiración de todos los jóvenes sea escapar de ellas y emigrar, para no sentirse de paso inferiores, como de hecho hizo la protagonista-narradora, que se marchó a Milán tras casarse con un ferroviario. Deslomados sobre la tierra, sometidos a labores manuales como la escarda o el ordeño, la mayoría ve con buenos ojos, como es natural, la llegada de los tractores y la maquinaria, la tecnificación que a la postre acabaría con el campesinado. Por si esto fuera poco, como telón de fondo, tienen que sobrellevar como buenamente pueden los embates de las dos guerras mundiales y los desmanes de las cuadrillas fascistas.

Con esa difícil sencillez, muy decantada, al alcance de muy pocos, pongamos, por arrimarla a dos narradores compatriotas, Cesare Pavese por la parte campestre y Natalia Ginzburg por la familiar, levanta el mundo de su infancia con un verismo que parece heredero del gran Giovanni Verga, de la asimilación de su escueto realismo sin paños calientes. Por este neorrealismo tan italiano y debido a que el lugar donde transcurre la acción, la Baja Lomellina, entre el Piamonte y la Lombardía, dedica en gran medida su terreno al cultivo del arroz, la editorial, con un criterio acertado, emparenta El país de las ranas con la inolvidable película de Giuseppe de Santis Arroz amargo y con su protagonista, la pletórica y sensual Silvana Mangano, de la que se traza un espléndido retrato en el colofón. A la verosimilitud se une además una ligereza narrativa tan conseguida que, como se dice de la muerte, la lectura se hace «liviana con el soplo de una canción».

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