¿Alguna vez te has parado a pensar cómo se vive la Navidad en otras partes del mundo?

Al igual que tienen sus propias recetas, canciones y costumbres navideñas, también tienen sus particularidades a la hora de decorar la casa.

El árbol de Navidad es casi el tema universal del globo, quizás porque no está clara su simbología religiosa. Lo mejor de este elemento es la personalización que admite, desde el predominio del plateado al rojo, pasando por el dorado y los mil tipos de adornos y luces que se le pueden sumar, convirtiéndolo en algo único de cada casa. Por si fuese poco, además, en algunos países es tradición poner objetos un tanto peculiares; por ejemplo, en Ucrania se añaden adornos de arañas y telarañas porque dicen que trae buena suerte, y en Alemania se esconde una figura con forma de pepinillo que dejará un regalo extra al niño que lo encuentre la mañana del 25.

En Filipinas se celebra la Navidad desde septiembre hasta enero y en las calles las luces son las protagonistas. Para muchas familias resulta costoso tener un abeto, por lo que suelen recurrir a árboles hechos a mano con celofán, bambú o incluso papel de arroz. El objeto navideño más representativo en este país es el Parol, un farol, similar en funciones a la estrella de Oriente, que se coloca en las ventanas para que los Reyes Magos no se pierdan.

Los mexicanos viven con mucha emoción la decoración del Belén o Nacimiento, y no se limitan a colocar las figuras principales en una cueva de piedra, sino que podemos encontrar tamaleros, indígenas, ríos, puentes, magueyes, nopales, guajolotes y algunos animales que, aunque no existían en Jerusalén, evocan al ambiente rural.

Los rusos se ponen las botas con 12 platos en la cena de Nochebuena, uno por cada apóstol, por lo que deben tener una vajilla muy completa y extensa. Ded Moroz, el Papa Noel ruso, es el encargado el día de Año Nuevo de repartir a los niños sus regalos, galletas y las preciosas muñecas Matriuskas.

Al igual que aquí tenemos la flor de Pascua, en países anglosajones no hay hogar que no tenga colgada una rama de muérdago en el dintel de la puerta. Esta planta parasitaria ha sido venerada por muchas culturas, y cada una le ha ido añadiendo un toque de misticismo. En el siglo XVIII, los ingleses le dieron un punto romántico al permitir que las chicas jóvenes pudieran ser besadas bajo esta planta durante la Navidad. Por cierto, en Reino Unido los calcetines no se cuelgan de la chimenea, sino a los pies de la cama.

El pueblo hebreo saca brillo a sus candelabros de ocho velas (Menorah) para celebrar Hanukkah, el Festival de las Luces. La tradición dice que se debe encender una lámpara todas las noches durante esta festividad en la que la comunidad judía se reúne y comparte regalos y comidas. Cabe decir que Hanukkah no es la versión judía de la Navidad, aunque en ambas se celebra un milagro.

Las casas japonesas son las que más ganan en estas fechas, y es que para recibir el nuevo año realizan una limpieza en profundidad de cada rincón del hogar, descartando lo que ya no quieren y dejando espacio a todo lo nuevo que traiga el año entrante. No solo sucede en las casas, sino que es algo habitual en escuelas, oficinas o templos.

Está claro que la época navideña despierta ese punto de magia e ilusión que nos lleva a acabar con la casa llena de decoraciones típicas, – y por qué no decirlo, con un punto horterilla-, pero que nos recuerdan que las tradiciones hay que vivirlas, recrearlas y compartirlas, pasándolas de generación en generación, perdurando, así, a través de la historia.

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