Maniobras de evasión. Pedro Mairal.
Libros del Asteroide. Precio: 19,95 €.

Ramillete de textos que van conformando, a partir de su manera de ser y ver el mundo, una suerte de autobiografía velada.

Mairal nos ofrece siempre, “como dándole agua a mi hijo en medio de la noche”, literatura en estado puro.

Después de la soberana lección narrativa de La uruguaya, que no se olvida fácilmente, Libros del Asteroide rescató Una noche con Sabrina Love, con la que Pedro Mairal obtuvo el primer premio Clarín, con Bioy Casares, Cabrera Infante y Roa Bastos como jurado de lujo, a sus veintiocho añitos. Ahora nos presenta en Maniobras de evasión, seleccionados por la brillante articulista de El País Leila Guerriero, una serie de textos cortos y artículos, la mayoría publicados previamente en revistas colombianas, mejicanas, francesas y argentinas. Alguno, procedente de ciclos o festivales. Bastantes, de su blog El Señor de Abajo –tras pasarse a escribir en internet confiesa que hasta le cuesta pensar en libros de papel–. Nueve de ellos, inéditos. No conocía ninguno, salvo el ejemplar “El sobrino de Bioy”, que la editorial utilizó acertadamente como proemio de la edición española de su premiada opera prima.

En el segundo texto del volumen –el primero se titula, no menos sintomáticamente, desde el inigualable cholo Vallejo “Quiero escribir pero me sale espuma”– Mairal levanta acta de la imposibilidad de ponerse en serio con una novela en medio del tráfago de congresos y ferias, empalmados mediante vuelos de avión y trayectos en taxi o minibús. En realidad, se declara simulador de la escritura, una forma de zafarse para sobrevivir que aprendió, frente a la cruel prepotencia de la virilidad, en la escuela, lo que no quita, como letraherido contumaz, para que desconfíe de “la vida, ese juego tan raro que practican los demás”.

Por suerte, esa impotencia pasajera ante la ficción larga    –al poco fraguó La uruguaya– nos ha deparado este ramillete de textos que van conformando, a partir de su manera de ser y ver el mundo, cuanto lo rodea, una suerte de autobiografía velada: desde la evocación de su madre antes de perder la cabeza a sus traumas infantiles, la experiencia iniciática en un campamento escolar o de los libritos porno de kiosko, los primeros escarceos sexuales en un autobús durante una excursión estudiantil o sus amoríos de divorciado. Sin olvidar los viajes como plumífero por el caribe portorriqueño, un helado y helador Wisconsin o los bajos fondos y lupanares de Bogotá.

Entre otras soledades, su orfandad futbolera –aunque practique el balompié canchero como terapia grupal– lo convierte en un extraño en su propia tierra. Justamente el desamparo y la extrañeza son dos de las palancas básicas de su escritura, junto al asombro constante frente al “gran guionista del mundo”, frente a las “novelas que están sucediendo todo el tiempo por todos lados”, determinante para plasmar una forma de mirar que me atrapa. En cuanto a los referentes literarios, con Chéjov y Cortázar como baluartes de base y fondo, entre sus páginas aparece su colega Fabián Casas, al que se da un aire en su expresión suelta, inesperada y tocada por la gracia, y algún otro miembro de su generación, como los poetas Santiago Llach y Cucurto o la premiada narradora Samanta Schweblin, que empieza a asomar la cabeza por Europa.

El volumen es un cajón desastre, por lo dispar de las piezas y lo hipocondriaco de su forjador, donde igual cabe la crónica rasa de una ruta como copiloto de un camionero que la estancia, simultánea a la carrera de Letras, en un peculiar taller literario cuyos miembros acaban obsesionándose con un poeta secreto y transformándose en apóstoles de su inabarcable obra inédita a tiempo completo; un plano secuencia de una farra demencial en un piso que el cuadro de la fiesta en su agencia barcelonesa en la que se codeó y alternó con Vila-Matas y una rubia muy peligrosa.

En cualquiera de los episodios –su fuerte son los eróticos, aquí, sobre todo, “El culo de una arquitecta” y “Ensayo sobre las tetas”, en los que sopesa y coteja ambos atributos femeninos– Mairal demuestra ser un escritor como la copa de un ombú, a pesar de que su máxima ilusión sea “no tener ganas de escribir ni culpa porque no escribo”. Da gusto cómo se expresa, con ese rumor porteño en la dicción percutiendo suavemente en sus palabras, cómo articula y monta –su prosa es de siempre muy cinematográfica– “esa vaguedad sintáctica del fluir de la conciencia” que precede al texto, cómo aploma, con qué ligereza –y es otra especie de contradicción en su estilo, como el suave percutir, que me subyuga–, “la secuencia orgánica de la frase”, cómo nos deja, listos y expectantes, a la entrada de sus elipsis. En definitiva, Mairal nos ofrece siempre, “como dándole agua a mi hijo en medio de la noche”, literatura, palabra que con buen criterio prefiere evitar, en estado puro.

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